El Recodo ha perdido su encanto

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En sus frentes, patios y jardines había uvas, higos, pajuiles, tortugas, guayabas, guanábanas, mangos, ciruelas, cerezas, cajuiles, árnica, eucalipto, “jarandas”…
Las casas eran tan enormes que Mrs. Robin, una norteamericana casada “con el coronel Duvergé”, abrió una escuela de inglés en el segundo piso de su residencia, para chicos del barrio, luego se agregaron los padres en una tanda nocturna, inició también un maternal y la enseñanza elemental y llamó al naciente centro “George Washington” que creció tanto que debieron mudarse.
El Recodo era un remanso de vecinos que adquirieron sus propiedades antes de que se construyera el parque Mirador. La calle era de tierra y fue pavimentada cuando comenzaron a levantar el Condominio Embajador en 1976.
Pese a ser tan aparentemente pequeña, existía en ella una factoría francesa que procesaba perfumes, dos salones de belleza, la embajada de Israel, “siempre con cámaras de seguridad, verja alta de alambres de púas” y militares, una farmacia de los esposos Carlos Cordero Arias y Eunice Castillo Pillier, el laboratorio “Hiroca”, de productos para salones de belleza…
Las viviendas eran amplias, de una planta, con techo plano y enormes patios y jardines.
Niños y niñas volaban chichiguas en el Mirador, que era como su inmenso patio, montaban bicicleta con libertad, colocaban una manta y merendaban a la sombra de los árboles y en días escolares formaban entre ellos un trencito para ir al Instituto San Juan Bautista. El improvisado ferrocarril humano lo integraban Cynthia, Carlitos y Claudio Cordero, a los que se sumaban Enrique Cruz Stark, Amadeo y Carla Conde Pichardo.
Cynthia Cordero Castillo y Carla, hijas de los primeros habitantes, rememoran con nostalgia el acontecer de sus vidas en esa vía que comenzó a transformarse con la erección de condominios y torres. Hoy son exitosas profesionales residentes en Estados Unidos y Alemania, pero El Recodo cuenta con un espacio inmenso en sus memorias y recorren en sus mentes la cotidianidad de sus días en ese sitio de sus añoranzas.
Primeros pobladores. La reconocida abogada Deidamia Pichardo Grullón, exsubadministradora de Corde que fue prestigiosa jueza de Santiago, es la madre de Carla y es un símbolo de El Recodo, al igual que lo fueron Carlos y Eunice Cordero, contador público autorizado y doctora en farmacia. Estos llegaron a la calle en 1966 “cuando todo el entorno era monte y había que revisar las habitaciones antes de dormir por si acaso habían entrado alimañas”, cuenta Cynthia, que creció allí junto a sus hermanos Carlos y Claudio.
“Mamá dejó de trabajar fuera de la casa y abrió su propia farmacia en un local que construyó modificando el garaje. Se llamó “Farmacia Embajador”.
Cynthia recorre por números las casas y ubica a sus moradores. “Los vecinos originales eran don Lalo y doña Emma, con su hijo Ambiórix, dueño de “La pizza”, que comenzó con un chimichurri. Al lado de ellos vivían los Maldonado. Les seguían “don Luis y doña Fedora Ruiz, padres de Ángeles, Yudelka, Mayra, Tito y Fedorita. Eran dueños de dos salones de belleza”. Vivía “un general retirado”, cuya identidad no recuerda; le seguían María y Miguel Fuentes, de origen español, y sus hijos Juan Félix y Maité; después había “una casona preciosa de la cual fueron primeros dueños Milena de Saldaña y su larga familia”, que después vendieron al ya nombrado “coronel Duvergé” casado con Mrs. Robin que trajo a su hijo Erik Molnar.
Residía “doña Nena Grullón, de San Francisco de Macorís, en una casa muy grande, con muchas habitaciones que a veces alquilaba a ejecutivos”.
“Donde hoy queda el edificio Monte Mirador vivían don Carlos y doña Celia y su hija, Alelís. El jardín era hermoso, con una pareja de pavos reales sueltos y nos extasiábamos viéndolos cruzar a nuestro jardín”.
Estaban doña Nena y don César, venezolanos, él ejecutivo de una línea aérea, y tenían una tortuga. Después de un solar vacío quedaba la casa de los Cordero Castillo.

Llegada de los apartamentos. En los años 70 la fisonomía de El Recodo comenzó a cambiar con la construcción de apartamentos inaugurados a finales de 1978.
Deidamia Pichardo y sus hijos llegaron a principios de 1979 y fueron los primeros en mudarse al Condominio Embajador II. “Ya era una calle nueva, con aceras anchas con bordes plantados de grama”, relata Carla.
Su edificio “es uno de tres proyectos habitacionales construidos por el Estado en las cercanías del hotel El Embajador. Está formado por 11 edificios, cada uno con tres apartamentos, cinco tienen acceso a la vía pública por El Recodo, es decir, 15 apartamentos acceden a sus parqueos desde esta calle”.
El costo del apartamento de su familia era de 60 mil pesos, con un depósito de 10 mil y facilidades de pago a 20 años. La cuota mensual era de 250 pesos, narra.
Su vecino más cercano era el historiador y abogado Julio Genaro Campillo Pérez, “quien tenía dos apartamentos, uno lo usaba como vivienda y otro como biblioteca y oficina. Era muy amable y amigo de mi mamá desde Santiago. Fue de los primeros que comenzó a tumbar y añadir paredes, cambiando la estructura del edificio. Relata que “construyó una cocina arriba de la habitación de mis hermanos, es de imaginarse el desastre. Mamá jamás le dijo nada”.
Recuerda que Campillo “trajo semillas de jaranda de Buenos Aires y la planta era muy linda cuando estaba llena de flores moradas. Además, bautizó el edificio 4 con el nombre de Pabellón Vestalia”. Otros vecinos que recuerda eran Prim Pujals, José Miguel Soto Jiménez, “doña Amelia y doña Floralba”.
Lamenta que hoy “la calle se ha llenado de negocios y las casas originales fueron destruidas. Es triste ver lo que ha sucedido en el Condominio Mirador II: al no respetar la Ley de condominios muchos copropietarios han destruido áreas verdes comunes y el diseño de los edificios. A pesar de que es un condominio habitacional lo han llenado de negocios”.
“La calle ha perdido parte de su encanto, ya no es tan tranquila. Muchas personas la utilizan para evitar los tapones entre las avenidas Sarasota y Jimenes Moya”, expresa Carla.
Cynthia recuerda “la llegada a El Recodo del avión DC4, el proyecto más loco que cualquier ciudad pudo haber aprobado: ¡Usar terreno del parque para hacer un restaurante y night club!, pero al fin y al cabo fracasó”.


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