El recurso de la definición tardía

Reponer la reelección es la jugada política más envuelta en ocultamientos con activistas promoviéndola desde los beneficios que reciben e indicios de que son otros los que podrían estar moviendo sus hilos entre bastidores a pesar de los ostensibles resultados negativos de las prolongaciones en el poder. Es habitual confrontación entre quienes desean instituciones fuertes con alternancia en la administración del Estado para sus mejores fines y quienes seducidos por el disfrute de las mieles de los altos cargos buscan la forma de quedarse nucleados mesiánicamente.
La historia de siempre es promoverse como imprescindibles. Los amarres para tomar por sorpresa a la opinión pública aparentando reconocer con una retórica ambigua que el anti-reeleccionismo conviene a la democracia, hacen más necesario que la reelección siga condenada históricamente. Es por ello que los interesados optan por no autodefinirse partidarios de ella hasta el último momento; solo después de haber atado cabos solapadamente con generosidades para captar adeptos insospechados. La nocturnidad es inherente a la reelección criolla, y por ello dos prominencias políticas contemporáneas que armaron la forma de reponerla constitucionalmente desde el poder se abstuvieron de sacar de la chistera y poner a la luz el mucho amor que sentían por la causa que más intensamente abominaron execrándola con los peores calificativos.

Tierra fértil para la mañosería

La sinuosa forma del convicto Pedro Alejandro Paniagua, alias Quirinito, para escapar de la cárcel borrando espectacularmente las huellas que pudieran servir para recapturarlo representa el triunfo de un encadenamiento para colocar al servicio de la fuga a una diversidad de entes y gentes. Exhibición de poder del “oro corruptor” con la moraleja de que en este país con “cuartos” se lograría que las piedras se movieran solas o lloviera para arriba. La fertilidad para lo mal hecho podría ser aprovechada incluso para actos más graves contra la sociedad. Se podría descubrir (valga la hipérbole) que ya la bahía de Samaná no pertenece a República Dominicana por malas artes que al final dieron resultado. Cualquier auditoría post mortem confirmaría con pelos y señales que muchos patrimonios del Estado han sido depredados con ayuda de esa “fertilidad”.