El sistema monetario en la
Primera República 1844 1861

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14 enero, 2008 12:00 am Sé el primero en comentar

FERNANDO PELLERANO MORILLA
Desde febrero de 1844 hasta marzo de 1861 se sucedieron 23 gobiernos entre los que predominaron los de Pedro Santana y Buenaventura Báez. En dicho período las características principales de la economía dominicana eran: predominio de la pequeña y mediana producción mercantil simple de bienes agrícolas y de la industria ligera; la concentración de las exportaciones en unos pocos productos agrícolas (tabaco, café y cacao); dependencia de los ingresos tributarios de una muy limitada base, casi exclusivamente de los impuestos a las importaciones y exportaciones.

Se vivía una economía de guerra por las constantes amenazas e intentos de invasión por parte del ejército haitiano. Esto significaba que el gobierno, además del presupuesto normal para necesidades civiles y de obras públicas, debía incurrir en un importante gasto militar para mantener el ejército y cubrir sus requerimientos de recursos. Esta última circunstancia generaba una demanda adicional sobre la oferta de alimentos agrícolas y las importaciones, que al no poder ser satisfecha en el corto plazo por lo limitada de la producción y las exportaciones, producía una tendencia a una elevación de los precios de mercado, por un lado, y a una depreciación de la moneda local con relación a la moneda fuerte (peso fuerte).

Como las exportaciones eran independientes de la demanda interna (o en el peor de los casos, tenían una relación inversa), y los ingresos corrientes del gobierno dependían casi en su totalidad de los impuestos al comercio exterior, las finanzas públicas arrojaban un déficit presupuestal crónico. De ahí que el gobierno debía recurrir constantemente al endeudamiento.

El endeudamiento público se manejaba operativamente a través de dos mecanismos: primero, la emisión de obligaciones, vales o pagarés con comerciantes e importadores, en otras palabras, instrumentos de deuda; y segundo, la emisión de papel moneda por parte del Tesoro Nacional. En ese contexto institucional, la política fiscal y la política monetaria estaban unidas en la Hacienda Pública.

Los gobiernos que se sucedían acostumbraban a realizar nuevas emisiones de papel moneda modificando el tipo de cambio (respecto al peso fuerte o al contenido en oro o plata de la moneda) e introduciendo más altas denominaciones de los nuevos billetes emitidos, con relación a los billetes en circulación emitidos por gobiernos anteriores. Luego, se procedía a retirar los billetes en circulación por los nuevos billetes, pero con una tasa de conversión oficial depreciada o apreciada, según la conveniencia política. Si la tasa de conversión oficial estaba apreciada cumplía la función de aumentar los impuestos y de impago de parte de la deuda publica: si el Estado cogió prestado a 4 y paga a 2, dejó de pagar 2; si exportó a 2 y exige luego que le paguen impuestos a 4, duplicó los impuestos. Eso equivalía a cambiar el valor nominal de la deuda, lo cual generaba desconfianza entre contribuyentes y acreedores del gobierno.

Por tanto, no era raro que coexistieran en circulación al mismo tiempo varios billetes con diferentes tipos de cambio nominal. No nos referimos a que existían cambios múltiples, sino que además de éstos también existían monedas múltiples. Esta circunstancia dificultaba la función de unidad de cuenta del dinero, tan importante en el funcionamiento de contratos de deuda y crédito, y en la determinación de los precios de mercado.

Si un gobierno no acepta el instrumento monetario que él mismo ha emitido para hacer pagos al gobierno al valor nominal convenido, entonces el valor de esos instrumentos monetarios bajará a sus valores como mercancías. En el caso del papel moneda este valor real es cero. Por otro lado, sin una unidad de cuenta claramente establecida por una autoridad central, los instrumentos de deuda no pueden convertirse en instrumentos monetarios. Los créditos y deudas no pueden ser registrados en una unidad de cuenta generalizada sino solo como deuda especifica.

Entonces, no fueron ni la supuesta excesiva emisión de papel moneda ni la recurrencia al endeudamiento público per se, las principales causas de la desventura de la Primera República, como afirmara M. A. Peña Batlle (1926). Sin estas medidas hubiésemos vuelto a caer bajo la dominación haitiana. Fue el mal manejo del sistema monetario por parte de los gobiernos la causa eficiente.

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