El último clavo en el ataúd

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Antes de la emisión del primer boletín de la Junta Central Electoral (JCE), los centros de cómputos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) ya habían detectado la tendencia del conteo de votos: Danilo Medina, del PLD, lucía como potencial ganador de la Presidencia de la República.

Sin perder totalmente las esperanzas por un repunte de la candidatura de Hipólito Mejía, los principales especialistas del PRD intensificaron la búsqueda de posibles fraudes que explicaran la derrota que ya se veía venir.

Más de 24 horas y diez boletines de la JCE convencieron a los más incrédulos perredeístas de que no podía posponerse un minuto más que Hipólito admitiera la derrota en una cadena radiada y televisada a todo el país.

Sorpresivamente, en Santo Domingo empezó a desarrollarse entonces un alud de comunicaciones electrónicas masivas. Una avalancha de mensajes empezó a pronosticar el apocalipsis.

El Armagedón sería la capital dominicana. La JCE y otros organismos del gobierno empezaron a despachar a sus empleados antes de completar la jornada normal de trabajo.

La Policía Nacional anunció el acuartelamiento de la mitad de sus agentes y declaró una situación de predisposición combativa para las tropas especiales. La expectativa de violencia se difundió con la velocidad pasmosa que sólo una maquinaria enorme y experimentada podía lograr.

Ningún fenómeno de comunicación por generación espontánea podía ser capaz de crear un pánico colectivo como el que se forjó el martes 22 de mayo de 2012 en tan corto tiempo.

Algunos recordaban momentos semejantes en otras coyunturas electorales de la historia reciente en los que se inventaron crisis mostrando como partidario de la violencia al candidato a quien se quería perjudicar.

Por vía de consecuencia, el otro aparecía como representante de la paz. ¿No fue eso lo que se logró en 1962 para desplazar al trujillista Balaguer y colocar al “democrático” Consejo de Estado? ¿No fue un ardid semejante cuando en 1966 se identificó al intimidado Bosch como representante de la continuación de la guerra y a Balaguer como candidato de la paz? ¿Y en 1978 cuando el Comando Sur del Ejército de Estados Unidos intervino para frenar el continuismo de Balaguer y sus Generales de horca y cuchillo presentando un Guzmán pacífico? ¿O no fue lo del “camino malo” que Balaguer y el actual grupo dominante del PLD inventaron en 1996 para evitar que Peña Gómez ocupara la Presidencia de la República?

La dicotomía paz y guerra volvió a surtir efecto ahora en 2012 cuando la maquinaria comunicacional interactiva del gobierno martilló el último clavo en el ataúd político de Hipólito Mejía.

El derrotado candidato nunca pensó siquiera en lanzar sus seguidores a la calle para protestar. Pero La Maquinaria le atribuyó perversas intenciones.

La mejor prueba del comportamiento pacífico del líder perredeísta fue la candidez e ingenuidad que reflejó en su discurso.

Nunca pudo imaginar Mejía que el grupo corporativo gubernamental no se conformaría con derrotarlo gracias a la descomunal fuerza del Estado, como lamentara Danilo Medina en 2008.

El propósito de esa ofensiva era crear la impresión ante el pueblo que Hipólito era un desesperado perdedor dispuesto a utilizar la mayor violencia para apoderarse del gobierno.

El candidato perredeísta pareció ignorar entonces que la orientación del pensamiento de la cabeza del gobierno en materia de propaganda fue copiada de Walter Lippman y de la Comisión Kreel.

Aquellos genios perversos, representantes de lo peor del tradicional belicismo estadounidense, sentaron plaza en el mundo por sus respectivas capacidades para convertir una población pacifista en un rebaño histérico y belicista.

Para ellos, mentir no es pecado, siempre que responda a sus intereses del momento.

Nuestro Presidente demostró desde el poder que podía fabricar falsos consensos para lograr la aceptación de proyectos que el pueblo no había pedido ni necesitaba.

Asimismo, ha impuesto la idea de que el pueblo no sabe conceptualizar y es como un “rebaño desconcertado de cuyos pisotones y rugidos hay que protegerse”.

Definitivamente, la falsa crisis creada para “matarle el gallo en la funda” a Hipólito y presentarlo como portador de incontrolable violencia, se convirtió en el último clavo del ataúd del derrotado candidato del PRD.