En callejones de Villa Consuelo  venden de todo

Por ARISMENDY CALDERÓN
14 septiembre, 2010 12:33 am Sé el primero en comentar

La palabra mágica es dinero, constante y sonante, en efectivo. Nada de “fiao” o tarjetas de crédito. Vendedores y clientes conocen las reglas del juego: Todo se compra, todo se vende, con regateo incluido, de ambas partes. Mucha mercancía de segunda mano se adquiere con increíbles rebajas, que en ocasiones llegan a un 50 por ciento.

La palabra mágica es dinero, contante y sonante, en efectivo. Nada de “fiao” o tarjetas de crédito. Vendedores y clientes conocen las reglas del juego: Todo se compra, todo se vende, con regateo incluido, de ambas partes. Mucha mercancía de segunda mano se adquiere con increíbles rebajas, que en ocasiones llegan a un 50 por ciento.

Los negocios se hacen rápido, a veces sin ningún protocolo. El que vende trata de obtener mejores precios.  Los que compran no suelen preguntar por el origen de la mercancía.  Así está establecido de antemano desde hace muchos años,  desde que en algunas calles del pintoresco sector de Villa Consuelo se estableció un mercado informal.

¿Le interesa una verja de hierro usada, un portón para protegerse, no importa la medida ni sus dimensiones? Búsquela en Villa Consuelo. Seguro la encontrará.  Si no se ajusta los parámetros que desea, José, Guillermo o cualquiera de los herreros le resuelven ese problema, le buscan el acarreo y van a su casa a instalarla.  Así de simple. Lo importante es que el cliente quede satisfecho.

¿Quiere comprar un inodoro, la tapa o sus accesorios, o prefiere una estufas de medio uso, en buenas condiciones, un lavamanos, vidrios, puertas, ventanas?  En Villa Consuelo, en la calle Doña Chucha, seguro la encontrará. Allí  le ofrecen soluciones prácticas, y seguro no se va con las manos vacías.

¿Va a construir y necesita madera? Caoba, Cedro, Pino, Juan Primero. En la calle Hermanos Pinzón hay una cadena de negocios que le ofertan todo en madera, preciosa o no, nueva o usada. Como complemento, en el área hay una red de negocios de ferreterías que complementan el gusto de los clientes. Hay de todo, para todos los gustos.

En el entorno del viejo y sucio mercado, construido en 1952, hay una extensa red de negocios donde los comerciantes se abastecen de mercancías frescas para revender.  Las quincallerías superan a otros comercios.

No es un mercado de pobres. La mercancía que se vende, aunque es de segunda mano, tiene una amplia clientela. 

Al “mercado de vida”  de este populoso sector capitaleño acuden personas adineradas y de clase media, medio camuflados, a comprar verjas, portones, puertas, ventanas, madera y otras variedades de artículos usados.

También acuden ingenieros y maestros constructores, albañiles, ebanistas, dueños de negocios que comercializan  vidrio, enmarcado, persianas,  ventanas; personas que venden sus camas y colchones, estufas, inodoros, lavamanos, bañeras y otros enseres del hogar. Toda la mercancía es bienvenida.

“Aquí tó se compra, tó se vende. El que viene a buscar algo, aquí lo consigue,  y lo bueno es que no engañamos al cliente”, comenta Fabio Disla de los Santos, herrero, padre de diez hijos. El joven herrero y su familia, como la mayoría de los que residen en el sector, son personas de bajos ingresos y trabajan para sobrevivir el día a día.

Es un grupo unido. Se respeta y protegen mutuamente. Evitan los malos entendidos y se cuidan de los ladrones que merodean por allí, buscando que llevarse, y de no lanzar desperdicios a la vía pública.  Todos, de una u otra manera,  tratan de no violentar las normas.

“Ladrón que viene a robar, ladrón que lo latiamos”, precisa  Rubén Paniagua.  Los fines de semana hacen “serruchos” para darle gusto al codo. El lunes siguiente, vuelven a la rutina de los negocios. 

Mercado informal

Todos viven, de una u otra manera, del mercado informal que opera en las calles del sector. Cada quien se dedica a lo suyo. Algunos jóvenes, que siguen a sus padres o quieren aprender el oficio de ebanistería o herrería, han echado dientes allí y se ganan la vida. Otros, como Guillermo Beltré, de 18 años, aprendieron rápido, se establecieron y buscaron pareja para formalizar un hogar. Beltré tiene esposa e hijo.

“Yo conchaba hace treinta años y lo dejé. Vendí el carrito que tenía y me compré una camioneta para hacer mudanzas y acarreos y de eso vivo, y me va bien. Estos muchachos son buenos y trabajadores”, apunta José Espinosa, un hombre al que todos respetan.

 Las calles Doña Chucha, Hermanos Pinzón, Osvaldo  Bazil  y Federico Velásquez son “calles de vida”. El comercio durante la semana es intenso. Unos compran o venden enseres del hogar, especialmente inodoros, hierros, camas y colchones usados, con todo y chinchas.

En área hay múltiples talleres donde dejan las camas y colchones nuevos. Muchos de estos negocios tienen “buscones” que ubican a los potenciales clientes a varios metros de distancia. Es como los tiburones cuando olfatean una gota de  sangre en el mar.

Hay pocos sectores de la gran provincia de Santo Domingo donde el comercio sea tan pujante, tan original, como en Villa Consuelo.

Los callejones del sector de Villa Consuelo, verdaderos laberintos que conducen a las cuarterías donde cientos de personas viven hacinados, tienen otra historia, un poco más compleja. En cualquier espacio aparecen ofertas de venta de “tres pasitos” para matar ratones, o para soluciones rápidas y efectivas; remedios matar cucarachas, mosquitos, comején o cualquier tipo de plaga.

En algunas paredes se puede leer las ofertas  parar curar el cáncer, la hemorroides, la próstata, la saranana, la guachipa, la raquiña, la sinusitis, la diabetes, la impotencia sexual, el ácido úrico,  los riñones,  el mal de orín, los rámpanos, el asma, el pecho apretao, el mal de ojo, el mal de amor y la “cuenca” o  “arranque” (falta de dinero).

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