En la Fuente de Agua Viva

Respondió Jesús y le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. Juan 4:13-14
A dos kilómetros al este de la actual ciudad cisjordana de Nablus, existía una ciudad llamada Siquem, unos 2 mil años antes de Cristo. Y en ese lugar, Jacob compró un terreno de parte de los hijos de Hamor, padre de Siquen, por cien monedas. Y erigio allí un altar, lo llamó El-Eloe-Israel. (Génesis 33:19). En los tiempos de Jesús, ese mismo lugar se llamaba Sicar, y la identifican con Tell Balâtâh, el lugar de la antigua Siquem. (Juan 4:5-22).
Y fue exactamente en ese lugar que una samaritana se encontró con Jesús mientras él buscaba un lugar para descansar. Cuando la mujer se acercó al pozo, Jesús le pidió que le diera agua para beber. Ella, sorprendida porque los judíos y los samaritanos no se llevaban bien, cuando Jesús le dijo: Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva (Juan 4:10). No entendía; ella pensaba que Jesús se refería al agua física; pero él hablaba del agua espiritual, al manantial de la vida, como lo dice el salmista que se llama Jesucristo.
El punto central llegó a su mayor esplendor cuando Jesús le confrontó con el pecado; y le dijo, llama a tu marido y dile que venga acá; la mujer le dijo que no tenía marido; – cinco maridos has tenido y el que tienes ahora tampoco es tu marido; esto has dicho con verdad, le expresó Jesús. (Juan 4:18). Ciertamente, la mujer buscaba agua para saciar su sed. Asimismo, hoy día mucha gente deja la fuente de agua viva, y cavan y buscan en cisternas rotas que no retienen el agua. (Jeremías 2:13).
El pueblo de Israel de los tiempos del profeta Jeremías fue tras la vanidad, tras cosas que no aprovechan. Ahora como antes, la gente se acerca a ídolos y abandona al Dios verdadero; se acerca a los placeres, al dinero, a la fama, cosas que no llenan ni satisfacen la vida espiritual, no prosperan el alma, dejando de lado a Jesucristo, que es la fuente de agua viva, que salta para vida eterna. (Juan 4:14).


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