¿Es verdad esa mentira?

Rosa Montero escribió que no sabe por qué lo llaman posverdad cuando se trata de una mentira, argumentando, escéptica, que quizá hay un matiz que diferencia la posverdad de la mentira. Será que no son lo mismo.
Una mentira es una afirmación que se sabe es mentira. Normalmente se está convencido de que lo afirmado escapa a la verificación. La voluntad del hablante participa explícitamente, por la razón que sea: ocultar, evadir, confundir, aprovecharse. Normalmente el que miente sabe que su ardid puede ser descubierto, y se esmera con mayor o menor esfuerzo, con más o menos inteligencia en que resulte difícil para el otro descubrir la mentira. Una mentira no es un error. Una mentira exige participación activa del mentiroso, y receptividad crédula del receptor, sea o no activo en ponerla en duda. No es, pues, mucha la diferencia que existe entre ese neologismo “posverdad” y la simple y clásica mentira.
En cuanto a las palabras en sí, mentira es un nombre femenino de uso común. Posverdad, nombre femenino, todavía no aceptado por la Real Academia, y no se refiere exactamente a lo mismo. Al referirnos a una mentira, hay implícito el conocimiento cierto de que hay una verdad. En cambio, cuando hablamos de posverdad nos estamos refiriendo a un sistema, a una acción que no sólo es de palabra que busca enturbiar, confundir, manipular. Y aunque en ocasiones la intención de la mentira es exactamente la misma que la del que usa la posverdad, en la comunicación de la mentira hay siempre la oportunidad de su desvelamiento: la evidencia de la verdad, destruye la intención mentirosa.
En la posverdad, se usan muchos mecanismos lingüísticos y no lingüísticos. En la posverdad, se busca manipular la percepción, valoración o voluntad del receptor y para ello se puede llegar al cinismo máximo de usar la verdad misma, es decir, el dato verificable e irrebatible, pero en un contexto de total opacidad o ambigüedad. La diferencia principal entre la posverdad y la mentira, es que desviste de importancia la verificación del dato. La verdad no tiene ningún rol que jugar en la posverdad, es irrelevante.
La mentira puede ser combatida con la verdad. La posverdad, también, pero el receptor juega un rol en ello. Si al que recibe una mentira se le evidencia la verdad, deja de creer la afirmación falaz. Mientras que en la posverdad, el receptor puede perfectamente dudar del dato veraz y elegir seguir creyendo lo que se le ha evidenciado no tiene valor de verdad. En la mentira, su antinómico es posible en el plano lógico y racional. Mientras que en la posverdad estamos ante una conexión emocional. Lo que trabaja no es lo afirmado, si no el medio, la forma, los recursos lingüísticos y no lingüísticos e incluso el hablante mismo (en tanto tiene o no aceptación -no exactamente credilidad- del oyente). En la posverdad el oyente está “pre-convencido” de lo que recibe como verdad irrebatible, lo quiere creer a priori.
En la forma clásica, la pregunta del oyente ante la mentira sería ¿es verdad lo que oigo, veo o leo? En la posverdad parecería que estamos condenado al dislate de preguntarnos ¿Es verdad esa mentira?


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