Ese inescrutable espíritu de partido

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Vivimos la época de la incertidumbre, de la crisis, con claros signos de quiebra de las instituciones básicas que daban seguridad al ser humano: el seno familiar y la educación que socializaban al individuo para una convivencia con el prójimo forjada en el respeto y los valores, las iglesias en el plano de la fe, los grandes modelos de sociedad que prometían la redención de la humanidad, y los partidos y/o religiones que impulsarían u organizaban las luchas por esa redención. Todas esas instituciones sociales han sido los pilares básicos en que ha descansado la sociedad moderna, particularmente los partidos, que durante el discurrir de los dos últimos siglos han sido las mediaciones fundamentales para la acción política.

Paradójicamente, en ciencias sociales se ha establecido como sentido común que todas las instituciones son esencialmente conservadoras. En tal sentido, es socorrido el dicho de que la práctica, o liturgia es lo esencial para la permanencia de cualquier institución. En el caso de los partidos y de algunas religiones, a fines prácticos, lo más importante no son los objetivos que estas persiguen, sino la búsqueda esos objetivos a través del ritual, el cual que da permanencia a la institución. El culto se puede ajustar a los requerimientos del momento, pero es tarea de la institución mantener unida su grey en la búsqueda del fin. Ha sido siempre ese el papel de las religiones y desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX y el de los partidos políticos, fundamentalmente.

En el caso de los partidos, la conservación de la institución termina convirtiéndose en el objetivo final. Y es que la pertenencia a una grey es lo que da seguridad y hasta significado a la vida tanto del militante político, como del feligrés. Por eso, en su práctica, muchas veces el primero se confunde con el segundo. Pero no es solo seguridad lo que produce la pertenencia a un partido, sino las posibilidades de movilidad social que puede lograrse a través la política, una actividad que se ha mercantilizado. El poder permite acceso a bienes materiales, pero también el estatus, por eso es en extremo débil la diferencia entre el militante de un partido grande o de mucho poder y el militante de un partido pequeño de poco o ningún poder, pero que da un estatus a sus militantes que le proporciona cierta autoridad.

Cuando bienes materiales y estatus se combinan con la seguridad del sentido de pertenencia a un grupo, se produce un fortalecimiento del espíritu de cuerpo, el cual bloquea la confrontación positiva con otros partidos y otras organizaciones de la sociedad civil. Pensar o asumir las posiciones nuevas que obligan los nuevos tiempos resulta embarazoso para algunos máximos dirigentes de partidos que se reclaman de una determinada ideología, porque siendo conscientes de la pertinencia de algunas ideas nuevas, sobre todo relativas a su credo, no las asumen públicamente porque se les desgranaría el grupo.

El espíritu de grupo condiciona las direcciones partidarias, enroscando los partidos e impermeabilizándolos frente a otros partidos y la sociedad civil, dándole razones a esta para sus prejuicios sobre aquellos. Es el lastre de la política moderna.


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