Estigma y maltrato a los adultos mayores

José Miguel Gómez
José Miguel Gómez

Llegar a la vejez en soledad es una pena; pero llegar sin dinero, enfermo y sin protección social e una verdadera desgracia humana. Casi un millón de adultos mayores confrontarán las consecuencias que existen en una sociedad inmerecida, que le estigmatiza por ser viejo, que le excluye y se angustia de tan solo verles caminar. El adulto mayor es una persona que se pasó la vida aportando con su trabajo, sus conocimientos, su esfuerzo y su optimismo; pagó los impuestos, cultivó esperanza, abrió caminos, le sirvió a las instituciones, academias, al campo, a la fábrica, a proteger derechos, crear leyes, dar salud, crear democracias y libertad, en fin, invertir su vida, derramó lágrimas y entregó su fe creyendo en el mañana con dignidad.
Pero ahora es diferente. La sociedad del entretenimiento, de la tecnología, del celular, Facebook, del chateo y la distracción, ha influenciado a la familia, a los hijos y nietos a no conversar con el adulto mayor; sencillamente no le miran, no le tocan, no le comprenden. El adulto mayor se siente solo, en silencio, consumido en su propia pena, su angustia, dolor y sufrimiento sin poder expresarlo. Las visitas se han acortado, se alarga y se prolonga en semana, meses y años. La visita al médico no es de chequeo, es cuando hay una emergencia; y lo peor, en la salud es los pacientes más maltratados, menos escuchados y menos valorados. El adulto mayor ha tenido que sobrevivir a los embates vitales de la vida: pérdida, duelo, desapego, divisiones, conflictos, divorcio, crisis familiares, muerte de amigos, decepciones, ingratitudes, acoso, etc. El viejo las ha vivido toda. Pero ahora la vive diferente; ahora no hay fuerza para volver al luchismo, al desafío ni la confrontación. Ahora es tiempo de soportar, hacer silencio, tolerar, aguantarse y sentir lo que no se ve o lo que no se escucha. Estos son tiempos del desecho, del reciclaje y de la prisa. Pero también son tiempos del “nada es para siempre”, de los valores relativos, del pragmatismo y del músculo, de los energizantes, los efervescentes y lo poco duradero. El adulto mayor no cabe, no tiene espacio, no cuenta, no se valora ni se respeta. Esa sociedad poco sintiente, deshumanizada e insolidaria, les sube los vidrios en la salud, el derecho, la recreación, la calidad y la calidez de vida, la dignidad, el afecto y el sentido de pertenencia social.
Al adulto mayor no le aplican los descuentos en teatros, cine, transportes, medicamentos, comida, etc.
Pese a que existen leyes que obligan a un mejor trato y consideración con la población envejeciente. Si esto no se cumple, ni hablar de las anémicas pensiones que reciben, la indiferencia y exclusión de programas y de la protección social para ellos y ellas. Cientos de viejos reciben maltrato físico emocional, psicológico, financiero, o por negligencias de la familia. En muchos lugares sienten el olvido, la apatía, el desamor y la falta de compromiso moral y humano. A muchos los cuestiona, les buscan y les sacan sus errores, sus desatinos o sus equivocaciones en algún momento de su vida. A otros le cobran las pensiones, se la mal administran y les consumen los ahorros y les tratan como viejos diferentes.
Dichosos y privilegiados los adultos mayores que viven en familia que les respeten, le valoren, les escuchen, les den afectos, amor y le toleran sus dolores, sus obsesividades, su repetir y general silencio. La sociedad inmerecida no construye los espacios y los derechos de los adultos mayores. Más bien se le estigmatiza, se le denigra y se les excluye de ser consultado, valorados a continuar siendo útil, para poner sus experiencias en práctica. Así como vamos se le va a tener miedo a la vejez, cuando se llegue, y se tenga que vivir la dura realidad de sentir en la propia piel de la indiferencia social. Sin embargo, la esperanza de vida va en aumento, lo que significa que más personas lograrán alcanzar más años, demandará más y mejor servicios. Toda persona quisiera llegar a ser adulto mayor; solo unos pocos logran la felicidad, el bienestar, la satisfacción y la conquista en la vejez, para socializar en familia, con amigos, en sociedad, pero con dignidad, calidad y calidez de vida.


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