Fermín Ceballos: despojos sin desperdicios…

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Nuevamente, una pequeña exposición se vuelve una gran exposición. La muestra de Fermín Ceballos, “Despojos”, que actualmente presenta el Museo Fernando Peña Defilló, en dos salas y una tercera dedicada al video de un “performance”, tiene una magnitud conceptual, expresiva y técnica, raras veces alcanzada.

Si encontramos en la primera habitación cuatro pinturas, muy especiales e impactantes, de autoría inconfundible, es en la segunda donde las miradas quedan absortas y se desprenden difícilmente de aquel grandioso panel transversal, a la vez único y portador de varias decenas de obras.
Percibimos primero una superficie dinámica y ritmada como un todo intensamente plástico, una construcción iconográfica e instalación mural…. Hasta ahí, se impone un conjunto de geometría sensible que nos intriga en su composición de mosaico irregular. Pero, muy pronto, la visión se multiplica inconteniblemente, y surgen 170 cuadros, pluridimensionales… con una ejecución de miniatura.
La exposición. Se trata de un procesamiento pictórico que Fermín Ceballos dedica a los 206 huesos del esqueleto humano adulto. Solamente 36 le faltan, pero ¿quién se daría cuenta, asombrado por la abundancia de formas y de tamaños, seducido por la casi naturalista representación de cada hueso o huesito, cuyo volumen sugerido reposa, su sombra incluida, en un soporte oscuro, como si fueran relicarios? Tampoco dejaríamos de pensar en exvotos: Stephen Kaplan, el “gurú” de Altos de Chavón, calificaba por cierto trabajos de Fermín, “obras de purificación”.
Los espectadores sienten una fascinación unánime ante esta pintura neo-clásica que domina tanto la pincelada como la línea, el objeto sobresaliente y casi ilusionista como un fondo vital e impecable. Así, se aprecia y se valora el arte contemporáneo, dentro de la tradición dominicana de “lo bello” –no nos cansaremos de afirmarlo–. Y esta calidad llega a la sensibilidad de todos, por trágico o cruel que sea el tema de los “Despojos”, dos veces naturalezas muertas por su neoclasicismo y por su simbología.
Aquí trasciende un respeto absoluto, una suerte de tributo a la memoria, anónima y totalizante, de quienes se fueron y a sus restos. Ahora bien, la lectura es abierta y participativa, la meditación llega por el sujeto y por la estética. Pueden suceder otras respuestas, sicológicas y emocionales, dependiendo del momento vivido y ligadas aun a la tragedia: fue primero la nuestra… y el mismo Fermín Ceballos no descarta una evocación de la violencia.
Hay –pues– oficio, inteligencia, contemporaneidad, y tampoco se descarta la referencia histórica, a discreción del contemplador. Recordamos la “vanitas”, esa representación del cráneo desde el siglo XV, aludiendo a la vanidad de la vida, advertida por el Antiguo Testamento (…“vanidad de vanidades, todo es vanidad”). Ahora bien, Fermín Ceballos no pinta ni pintará la caja ósea, sino por fragmentación: filosóficamente no pretende aleccionar ni tampoco instalar un gabinete de curiosidades.
Y si mencionamos que esqueleto y cráneo habían ingresado al arte dominicano, en particular con Soucy de Pellerano y sus radiografías, Inés Tolentino y sus “vanités”, Jorge Pineda y su impresionante osario áureo, de nuevo subrayamos la diferencia con la muy personal (re)presentación de Fermín Ceballos. Toda obra excelente se asocia a uno o varios tiempos, a un contexto local y universal.
Insólitos maniquíes y “performance”. La primera sala expone a desmembrados maniquíes de Fermín Ceballos, a partes del cuerpo que la habilidad pictórica plasmó, yaciendo sobre un fondo negro, como si las hubieran desenterrado o jamás enterrado… Cuatro obras, y basta para que suceda un cuestionamiento acerca de estos cuadros, más perturbadores aun cuando solamente figuran una mano o un brazo.
¿Serán sobrantes de una exhibición de moda, juego de material plástico, o –nosotros lo creemos– una representación más dramática a la que han interpretado como obra “catártica”? La esmerada ejecución pictórica y el dibujo inmejorable son sellos del autor … ¡el mensaje nos pertenece!
De la artista Annette Messager, que suele colgar miríadas de recuerdos, hubo un período de títeres, articulados y desarticulados, pero su visión era pesimista. Fermín Ceballos propone una especie de “trans-formación”, y nos sentimos dispuestos a tratar de recomponer mentalmente la entidad… aunque, en lo estético, perdería sus seducciones de ritmo, contraste y espacio. El negro para Henri Matisse era un color fundamental, así lo maneja Fermín.
En la tercera sala –que siempre el visitante debe descubrir–, un video de alta calidad permite disfrutar el último “performance”, a la vez divertido y alarmante. Fermín Ceballos lanza al aire paletadas de tierra, cavando obviamente una fosa, cada vez más profunda hasta que él desaparezca… Felizmente, en lugar de un suplicio fanático o de un enterramiento ritual, se nos devuelve a Fermín, sano y salvo: el artista, bien vivo, nos regresa, dispuesto a otros “performances”, a otras instalaciones y pinturas, ¡desconcertantes casi siempre y que así queremos!