Fernando Peña Defilló una luz para la eternidad

21_05_2016 HOY_SABADO_210516_ ¡Vivir!1 C

Marianne de Tolentino

A Fernando Peña Defilló tal vez dedicaron las más bellas páginas que se hayan escrito sobre un creador visual dominicano. Entre tantas que armarían un libro prodigioso, brillarían estas palabras de la entrañable amiga por muchos años María Ugarte, al celebrar la residencia del artista en Jarabacoa, “donde ha encontrado la tranquilidad y el silencio que necesita en comunión con la naturaleza, identificándose con ella, aprendiendo de ella y buscando en ella el camino para acercarse a Dios”.

Acercarse a Dios… en los últimos meses, aunque nadie quería pensar en el término de su vida terrenal, Papo –como le llamaban quienes le amaban- parecía dispuesto para el gran viaje. Si no hablaba directamente del fin, tampoco dejaba de evocarlo, hasta con humor y finas metáforas, con una sonrisa dulce y discreta, muy particular. Hombre de paz y de angustias, él se dedicaba a pensar, a meditar, a recordar, tranquilo, demasiado tranquilo ciertamente ante el infinito. El lo ha escrito: “Esta vida justifica la próxima.”

Papo miraba “hacia su interior” –fueron palabras suyas traducidas a sus paisajes-, hasta cuando pintó sus cuadros postrimeros, y él pintó prácticamente hasta la despedida… Es más, le esperaban aun impresionantes telas vacías, y sus insaciables admiradores anhelaban las próximas grandes obras, egoístamente. Tan difícil se hacía pensar en un Fernando Peña Defilló, cansado de pintar, y sobre todo con derecho a descansar.

El arte de Papo era su pasión y la nuestra. Más de setenta añitos habían pasado desde que los pinceles diseñaron una vocación y su destino. ¿No se parecía Papo, en Jarabacoa, a esos pintores del lejano oriente, ermitaños retirados en montes boscosos y entregados al rigor contemplativo, viviendo allí al ritmo de su espiritualidad? Por cierto, el maestro dominicano les conocía, les había estudiado y compartía su doctrina de la sabiduría… Cuadros maravillosos, que se expusieron en “El eterno retorno”, incomparable memoria de obras trascendentales, revelaban esas afinidades. Eran parte de sus lecturas e investigaciones, de una cultura inmensa, con alcance desconocido…Este Artista, rodeado por el amor de sus familiares, con tantos amigos

conocidos y desconocidos que le hubieran deseado conocer, poseía un saber ecuménico. Lo cual abarcaba las letras, la filosofía, las religiones, y no solamente la historia del arte -toda, en el tiempo y en el espacio-. Ahora bien, el ciudadano intelectual del mundo alojó en sus lienzos, cada vez más, la República Dominicana, su atmósfera y su gente, sus mitos y sus ritos.

No dudamos de que esta exclusividad e íntima convicción, que se manifestó ya en el grupo Proyecta antes de los 70, haya surgido de una reacción personal en contra de su propio arte experimental y abstracto de los comienzos… en un país de cánones estéticos todavía anticuados, pero al cual él se sentía pertenecer. Así declaraba: “Mi evolución hacia el figurativismo formalista es el resultado necesario de la identificación con el medio, con el ambiente, que es mi país, mi raza, mi naturaleza, mi origen”.

También, ese apasionado de los museos, hablando a favor de un imprescindible museo de arte moderno –incluyendo a obras internacionales-, requería la formal integración: “No puede haber una marginación de los artistas dominicanos. Yo creo que si se cuelga por tendencia, debe mezclarse todo. Sino, sería una verdadera marginación: ¡allí lo que se hace a nivel internacional, aquí lo que se hace en el patio… casi a escondidas! No, no, no . Tienen que mostrarse a la par un cuadro de un extranjero y uno de un dominicano…”.

Aunque sea un poco extensa, esta cita muestra el juicio superior y correctamente nacionalista de Fernando Peña Defilló, que equivale -en ideas y palabras-a la vehemencia pictórica de su figuración antillana irresistible, a su estilo inconfundible, -desde neo-expresionista a casi naturalista-, en torno a la idiosincrasia de la fe y las costumbres populares. Si “Mitología criolla” titula una obra maestra, expuesta en la pasada Bienal Nacional dedicada a Fernando Peña Defilló, podría calificar buena parte su producción, agregándole la palabra “realidad”, por cierto increíblemente rural. ¿Pero finalmente aquel citadino de nacimiento y formación no habrá huido de la ciudad en busca de lo absoluto, la inocencia y el verdor?

La riqueza de propuestas temáticas, que multiplican forma y color, ritmo y espacio, plantea ilimitadas vivencias dominicanas y el anchísimo mundo caribeño de Papo. Desde la década del 70 hasta el 2016, en su creación, se juntaron y desfilaron paisajes, retratos y bodegones, totalmente reinventados, poblados de una vegetación mágica, de astros iridiscentes, de criaturas tan enigmáticas como (in)verosímiles en una imaginería fabulosa… y cotidiana. El observador apasionado supo revisar esplendorosamente la tradición.

No haremos un recuento cronológico del itinerario de Fernando Peña Defilló, porque creemos que, en su diversidad, hay una profunda unidad, y es la del genio –lo afirmamos y reiteramos -. También notables publicaciones se referirán a sus pasos biográficos. Sin embargo, se debe mencionar una fecha precisa: el 15 de marzo 2015.

Fue la inauguración del Museo Fernando Peña Defilló, primer museo de artistas en la capital, y el sueño que Papo había vislumbrado, callado y luego hecho realidad, gracias a él mismo y a la dedicada participación familiar, con una fundación que lleva su nombre. Vimos al maestro, a la vez humilde, orgulloso y alegre, intensamente feliz.

¡Cuánto lo disfrutó! Para Papo, que creía en un museo de arte dominicano, era su aporte… y que todos lo puedan aprovechar, jóvenes y estudiantes en particular. El museo es su legado al pueblo dominicano, y pronto va a ampliarse. Pero esa extensión… de su sueño, desgraciadamente el maestro no la habrá podido vivir: el corazón físico no resistió,

Ahora bien, esperamos que, desde los territorios de un firmamento que no dejó de iluminar su pintura, junto a los ángeles radiantes e inspiradores, Papo nos siga acompañando. Su familia, sus amigos, su museo serán los guardianes de su obra, imperecedera ofrenda al arte dominicano, latinoamericano y universal.