Frescor y sutileza de una obra joven

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Sucedió un fenómeno inesperado. Entrando a Mamey, el ya popular centro de arte, libros y más cultura, emprendimos el ancho corredor que es un primer espacio de exposiciones. Allí, actualmente, se despliega en soportes, paredes y piso, la obra tridimensional de Julia Aurora Guzmán. La sensación inicial fue de extrañeza ante una escultura minimalista, muy distinta de lo que solemos encontrar. Nos pareció fría y difícil.

Seguimos avanzando… Poco a poco, paso a paso, nos envolvía físicamente la sensación de un descubrimiento: era la revelación de un talento, joven y prometedor. Se sucedían piezas diferentes en tamaños, materiales, diseños, perfectamente dispuestas e iluminadas.
Finalmente, aquel conjunto se convirtió en una gigantesca instalación, identificada con el lugar, pero las mismas esculturas, dotadas de una curiosa vitalidad, nos obligaron a mirarlas cuidadosamente, una a una, en sus rasgos respectivos.

Una nueva escultura. Más que la pintura, la escultura nacional ha evolucionado en conceptos, formas, procesos y materiales. Después de desaparecer los incomparables maestros, está surgiendo otra generación, tanto en el sentido de la creación como de la cronología. Obviamente, Julia Guzmán, egresada de una universidad californiana, pertenece a esta estirpe: ella es probablemente la artista profesional que más recientemente llegó a la nueva escultura dominicana.
Ya conocíamos a Julia Aurora como fotógrafa, su dominio de la luz, y vemos que, al colocar sus piezas, la escultora le ha dado una importancia fundamental, lo que permite percibir la sutileza de las formas y módulos blancos, hace apreciarlos hasta en las sombras ligeras, contribuye a su interrelación con el entorno arquitectónico, blanco también… La iluminación, a la vez difusa y precisa, es un elemento participante del circuito.
Julia Guzmán propone obras indefinidas en el sentido habitual del acercamiento a la realidad observada: su estilo abierto propicia en el espectador sus propias reflexiones, coincidiendo el bienestar estético y una grata experiencia, visual, espiritual, corporal.
Pues, desplazándonos, el movimiento incrementa y pluraliza la comunicación, con las líneas y el ritmo de las esculturas, con los contrastes de trazados, ángulos y cortes, con las texturas, las facetas y la volumetría. Aquí, el espacio –no hay vacío– se vuelve un protagonista activo, conscientemente integrado.…
Hay luego una singular riqueza matérica y cromática. El blanco y la pureza inmaculada de la tela cohabitan con el color natural de la piedra coralina, mientras el metal observa una geometría estricta de soporte negro… o se encapricha en caligrafía misteriosa, de tono cálido. Esta simbiosis de sensibilidad, minucia, refinamiento llega a causarnos hasta sorpresa en un contexto de abstracción tridimensional. Podríamos interpretar las obras en términos conocidos, sin embargo creemos preferible evitar cualquier identificación, la fruición pura se resentiría…
Julia Guzmán ha sabido abolir las jerarquías. Si unas piezas por su complejidad y formato llaman primero la atención, hay otras, modestas, pequeñas, “adscritas” al muro, cuya seducción no tiene nada que envidiar a las mayores. Sencillamente, nos preguntamos cómo la artista logra, en su mundo creativo, concentrar y coordinar procesos tan diferentes.
El título de la exposición. “How to Stand” es algo sibilino, aun para quienes manejan el inglés. ¡A decir verdad, tampoco nos fijamos en los títulos de las obras, no hacía falta! Así se preserva su encanto misterioso. Como suele ocurrir para una “opera prima”, esperamos la próxima exposición de escultura de Julia Aurora Guzmán.


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