Frutos del chantaje nuclear de Kim Jon-un

Ubi Rivas.

El gobernante del planeta y César del último gran imperio, Donald Trump, y el líder de la hereditaria dictadura de Corea del Norte, “venerado camarada” Kim Jon-un, se reunieron en Singapur el día 12 de este mes, formalizando un penacho de acuerdos aún no divulgados, desactivando una generalizada psicosis bélica, disuelta en ofertas y contraofertas, donde el protagonismo económico y la clausura de un proyecto nuclear logró retornar el sosiego geopolítico y mundial.
Desde ya, dos diputados noruegos Nrk Per y Willy Amundsen, iniciaron la tanda de nominar al presidente Trump como Nobel de la Paz, y les faltó incluir a Kim Jon-un, y así será, en un Donald Trump que toca a rebato los tambores de guerra, y ondea luego la bandera blanca de la tregua, en su secuencia impredecible, pero que le reditúa, abriendo una embajada de facto en Taipei, cuando por Pekín fue que se produjo el encuentro con Kim Jon-un.
En ese cosmos impredecible de la Era Trump, no es descartable ver a Trump huésped de Kim en Mar a lago, que antecedió Xi Yin-ping.
Kim es un gran estratega, porque mediante el chantaje, el aguaje, el tremendismo verbal, construía artefactos nucleares en el reactor de Yongbiong, y lanzaba misiles en actitud circense, para impresionar, y obtener lo imposible en un régimen comunista, el progreso económico y la autosuficiencia alimentaria, que ahora vendrá grande en inversiones, ayudas humanitarias, sobre todo, alimentos, sabido de la terrible hambruna que padecen los norcoreanos, silenciada por el conocido cabestro a la libre información del totalitarismo comunista.
Sin un tiro, sin un insulto, la paz fue sellada, principio de la reunificación de las dos Corea, que vendrá por ósmosis del bienestar del sur al norte, porque es la dinámica de la historia.