Fuego, fuerza y fútbol (primera parte)

futbol

Estoy arrepentido del 99% de todo lo que hice en mi vida, pero el 1% que es el fútbol salva el resto”.

Maradona

 Setecientos trece años después el calor alcanzaba los 38 grados en Ojo de Agua, Salcedo, el lugar donde me retiré al cumplir mis 52 años y donde muchos creen que soy una bruja, una sabia, una chamana, y algunos más atrevidos hasta me llaman Anna, la maestra. 

 Vengo de una familia de negros en la que varias mujeres han sido curanderas, parteras, leedoras de cartas, y hacedoras de limpias y despojos.  Los últimos 22 años de mi vida los he dedicado a todo tipo de artes sanadoras, lo que me ha dado muchas satisfacciones y me permite disfrutar de una cierta reputación, que me impulsó a dar un giro a mi carrera y dedicarme a escribir.

 Hace un mes, elegí este lugar como refugio inspirada por su singular origen. Parecía que la providencia era cómplice de mis sueños de retiro. Justo en el tiempo en que bailaba en mi cabeza la idea de vivir fuera de la ciudad, llegó a mi correo un artículo del periódico que reseñaba la historia de Juana Núñez, una negra esclava, que al parecer fue liberta de servidumbre al abolirse la esclavitud en la isla, quedando en posesión de un terreno próximo al camino que va de Moca a Macorís. 

 El lugar adquirió renombre entre los viajantes y fue conocido como Juana Núñez. Como mi bisabuela paterna llevaba por nombre Juana, era orgullosamente negra y libre, encontré en el relato la señal que me dio fuerzas para tomar una decisión y me mudé a Ojo de agua.

 Mientras recorría una de las calles de Ojo de agua durante el mediodía, sintiendo un profundo agradecimiento por la vida y sosteniendo con orgullo la mano pequeña y regordeta de mi nieto Nicolás, no podía sospechar que las incertidumbres que me acompañaron durante tantos años se convertirían en certezas.

 El sofocante calor de la hora y la ansiedad de Nico, quien a sus ocho años es fanático del fútbol, por ver la transmisión en vivo de la apertura de la XXI copa mundial FIFA Rusia 2018, hicieron que el trayecto desde la bellísima casa de un estilo vernáculo popular, que formaba parte del patrimonio arquitectónico nacional, hasta el lugar donde veríamos el esperado espectáculo pareciera un poco más largo de lo real.

Mientras mi nieto miraba con sus redondos e inteligentes ojos todo lo que podía, como si su corazón anticipara que sería testigo de un momento muy especial, y quisiera llevar un minucioso registro de todo lo ocurrido, yo disfrutaba su compañía. Me había hecho el propósito de dedicarme a él cada momento de los días que pasaríamos juntos este verano.

Tomándome muy en serio mi papel de abuela, creí oportuno hablarle de los hechos relevantes del lugar que visitaba, y mientras caminábamos le iba diciendo como en 1891, el Congreso Nacional dominicano renombró el poblado de Juana y lo llamó Salcedo, en honor de Francisco Antonio (Tito) Salcedo, héroe de la Batalla de Beller,. 

 Con la esperanza de que algún día nuestro encuentro formara parte de sus recuerdos entrañables, continué explicándole como en noviembre del 2007, el lugar cambió su nombre para llamarse provincia Hermanas Mirabal, procurando de este modo mirar con honra lo que antes fuera motivo de culpa, tristeza y vergüenza.

En ese momento, no podía interpretar el mensaje que mi cuerpo intentaba enviarme, y le achaqué al sofocante calor mis manos húmedas y una ligera, aunque extraña, sensación de mareo que insistí en ignorar.

Luego de unos 15 minutos de caminata, unos hermosos mosaicos mostraban  la entrada del comedor “Las Mariposas”, que a esa hora ya estaba atestado de gente. De manera para mí inexplicable, en Ojo de Agua el fútbol goza de más popularidad que el base ball, que es considerado deporte nacional, y si hay un buen lugar para ver los partidos sin lugar a dudas era éste, conocido por ser acogedor y familiar, además de tener en el menú unos exquisitos platillos galardonados por la gastronomía internacional.

Cuando entré al tradicional negocio acompañada de Nicolás, mis ansiedades encontraron una calma momentánea en el agradable ambiente. El espacio estaba inundado por una emocionante atmósfera mezcla de arte, fiesta, pasión y culto a la diversidad. Las paredes decoradas con grandes calderos y cucharones de cobre, hacían lo posible por amortiguar el sonido de las numerosas voces que se elevaban por la pasión de los fanáticos defendiendo sus equipos y especulando sobre los grupos que pasarían a las finales.

 El lugar que habitualmente mostraba una decoración característica de las posadas antiguas de Barcelona y Aragón, estaba vestido de fiesta con motivos ibéricos que combinaban con la calidez de la madera y los ladrillos del lugar, y mostraban los detalles que delataban el buen gusto de Eric, el dueño y administrador que iba de un lado a otro intercambiando sonrisas y palabras con los presentes, haciéndolos sentirse acogidos tanto por él, como por el lugar.

 A nadie extrañó por tanto que saliera a nuestro encuentro tan pronto notó nuestra presencia, moviendo con gracia su atlético y estilizado cuerpo. En cambio para mí, sus ojos negros como azabaches eran profundamente perturbadores. Sentía que me dejaban totalmente expuesta y vulnerable ante su mirada penetrante y curiosa. De nuevo el mareo me asaltó. Esta vez creí que se debía a la diferencia de temperatura entre el calor de la calle y los 21 grados que generaban los acondicionadores de aire. 

 Me excusé y dejé a Nico con Eric para ir al baño. Mojé mis sudadas manos y mi rostro con el agua fresca que salía del grifo del lavamanos antiguo, procurando re-encontrar mi acostumbrada seguridad. Arreglé un poco con mis dedos los rebeldes rizos que parecían ir en todas las direcciones de mi confundida cabeza. 

 Acomodé en mis hombros la blusa del fresco algodón color crema que combinaba con la amplia falda de un extraño -aunque hermoso- estampado de motivos africanos que regularmente acentuaba mi singularidad. Miré mis pies calzados con unas cómodas sandalias de tiras de cuero color marrón, como si quisiera infundirles ánimo para que se movieran y paso seguido volví al comedor.

 Cuando regresé ya Nicolás estaba sentado con Eric en una estratégica mesa, saboreando con deleite el mofongo relleno de lambí, una de las especialidades del lugar cuya fama me hizo llegar por primera vez a Ojo de Agua. En esa ocasión, el lugar tenía un ambiente festivo similar al de hoy. 

 Era la mañana de un domingo 31 de agosto en que amanecí de un excelente humor y me pareció una interesante aventura salir de la ciudad a comer en el restaurante que tanto me recomendaron. Luego de manejar durante dos horas, llegué al famoso lugar para encontrarme con que ¡no cabía ni una aguja!  

 En el momento en que me disponía a irme segura de que había hecho el viaje en balde, me encontré con unos amigos que me invitaron a su mesa. Tan pronto tomé asiento, la presencia de ese hombre alto, bronceado y sonriente acaparó toda mi atención. Mientras movía el hielo de su whiskey, hablaba con una contagiosa pasión de las ollas que había traído desde Chipre y la alquimia de los alimentos. 

 En ese momento supe que los calderos combinaban las cuatro energías elementales para la transmutación mística: la tierra (cobre), el agua (alimentos), el fuego (llama) y el aire (vapor), que la olla era una imagen del vientre materno -el origen de la vida- que a través de su seno aportaba la fuerza que da nacimiento al mundo. 

 Alguien le dijo que yo estaba muy interesada en esos temas, y él solicitó mi tarjeta de negocios prometiéndome que me llamaría cuando fuera a Santo Domingo para entregarme una copia de un antiguo manuscrito templario que perteneció a su abuelo.  Luego me enteré que el interesante hombre que tenía fascinados a todos con su conversación, era el dueño de “Las mariposas”. 

 Muchas cosas habían pasado en la vida de Eric y en la mía desde que nos conocimos hace diez años. A veces, pasábamos mucho tiempo sin saber el uno del otro, y de repente ¡pum! retomábamos nuestra entrañable amistad como si el tiempo y la distancia no tuvieran poder sobre nosotros. 

 En las ocasiones en que hice referencia a la extraña relación que compartíamos, Eric me decía de manera enigmática: “Llegará el día en que lo comprendas Anna, no importa lo que ocurra, la providencia se encarga de reunir a quienes han vivido destinos difíciles sin separar sus corazones”.   

 Aunque de fútbol conozco lo mismo que de mecánica automotriz, me pareció una magnifica idea aceptar la invitación de Eric para que Nico y yo viésemos el espectáculo con él. Después de todo, compartirlo con alguien que afirma convencido que la pasión provocada por el fútbol proviene de la fuerza de reconectar con el origen, debía ser cuando menos una experiencia memorable. 

 En varias ocasiones lo había escuchado decir que el fútbol es más que un juego, y hasta lo comparó con la travesía arquetípica del héroe que refiere el mitólogo Joseph Campbell.

 Así que ahí estaba yo, viendo con muda diversión la complicidad que se genera entre aquellos que comparten una pasión, y para los fines da igual si uno es un niño de ocho años, y el otro un hombre de poco más de cincuenta. Eric le contaba a Nico cómo habían cambiado las cosas, desde 1986 cuando llegó de España a Ojo de Agua para dedicarse al negocio familiar.

 Por aquella época la copa del mundo se celebraba en México, mientras en Santiago, la segunda capital de la isla, se disputaban los juegos centroamericanos y del caribe. Nico lo miraba atento como si lo comprendiera, lo que motivaba a Eric a continuar el curso de sus ideas, olvidando la edad de su interlocutor. 

Recuerda que el triunfo es un juego de imposición social pequeño, le decía. Todo el que hace lo que tiene que hacer de forma impecable, dando el máximo potencial que tiene disponible, se convierte en un héroe para su propia historia. Más tarde o más temprano, descubrimos que el juego de la vida no se trata de perder o ganar, sino de llevar con dignidad y honor la camiseta que representamos. 

 En cada jugada, sudamos para honrar a los que no pudieron hacerlo antes que nosotros, o para agradecer a los que hicieron su trabajo facilitándonos hoy día nuestro camino, terminó diciéndole.

 (Continuará).


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