Gauguin precursor multifacético Gauguin es uno de los artistas franceses que anuncia la modernidad después de la revolución que significó el movimiento impresionista para la búsqueda de nuevas luces, nuevas formas pictóricas y gráficas.

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Cézanne marcó para siempre el rosado y el malva en la Montagne Sainte Victoire, en la paleta de Paul Gauguin, un escaparate de colores intensos y directos, encienden nuestra memoria visual cuando buscamos su obra en nuestra memoria, y es entonces cuando se nos desembobina una película donde pueden surgir el amarillo azafrán, el fucsia y el negro intenso de las cabelleras de las mujeres maorís de Tahití; toda esta cromática puntualizada por el blanco de la flor del tiaré.
La exposición “Gauguin el alquimista” presentada en el Grand Palais de París en estas Navidades, invita al público y a los profesionales del arte a pensar y reflexionar la obra de un artista de finales del siglo XIX, fallecido a los cincuenta y cinco años, en la que se presentan todos los aspectos de su diversidad de medios: pintura, dibujo, escultura y cerámica, desde el punto de vista de la composición. Esta colección traída a París con la colaboración del Chicago Institute Art, abre de par en par el espacio étnico y espiritual que permitieron a Gauguin considerar el viaje a las lejanías del Pacífico como el mayor hallazgo visual y plástico de su obra. El mundo mahorí es para este artista una auténtica revolución en sí, porque es en esta organización de vida donde el pintor encontrará una coherencia espiritual e intelectual, para alimentar su rebeldía, su anticonformismo y su búsqueda de paraíso terrenal.
El encuentro con la cultura mahorí de Tahití será fundamental en toda su obra a partir de 1891, es en este medio que va a desarrollar una nueva visión del mundo, sobre todo, a través de su pasión erótica con su compañera Vahiné.
En 1892, justo un año después de su llegada, nace una obra manifiesto “The nave”, en español nave tenua, que traducido del mahorí significa tierra deliciosa. Escenifica a su amante en el rol de una Eva ancestral con figura y cuerpo, cuya desnudez evidencia los rasgos tradicionales de las esculturas rituales mahorís, insinuando el volumen de una mujer carnal y erótica cuya libertad anatómica responde a los valores comunitarios de su grupo cultural.
La desnudez en la figuración de Gauguin es el referente de un valor espiritual más que carnal, y la representación artística de este valor y pensamiento étnico lleva un tratamiento artístico de profundo pudor. El artista llegó a estas tierras exóticas atraído por la necesidad de un “ailleurs”, nuevo lugar donde descubrir, asombrarse y a la vez asociarse al misterio de otras civilizaciones. Cuando llega, su choque fue profundo y doloroso pues después de su gran entusiasmo nutrido en la lectura de “Voyagesauxiles du Grand Océan”, de Jacques Antoine Moerenhout, se encuentra con una comunidad bastante afectada por la evangelización sistemática de los grupos étnicos en general llevados al culto protestante por los misioneros.En el cuadro The nave navefenua, la mujer es su compañera y está tentada por un diablillo rojo, rodeado de flores del lugar que remplazan la manzana bíblica.
Si observamos bien la obra, el cuerpo tiene los referentes de las estatuas de la isla de Pascua y de los “totemes mahorís” es decir grandes figuras esculpidas, pues los pies y las manos están bastante desproporcionados. En la totalidad de la composición, se estremece un ambiente inquietante entre belleza y tentación, si bien observamos las flores parecen fuerzas animadas que provocan atracción hacia lo prohibido y lo desconocido, significado por una mujer distante de la civilización occidental y, sobre todo, ajena a la moral sexual del judeo-cristianismo.
Tenemos en esta pieza no solamente la representación de la atracción como pecado, sino también la atracción hacia una relación costumbrista mahorí de la pareja, fuera de los sacramentos del matrimonio cristiano.
Así como aquí los colores están encendidos, para significar la fuerza del cuerpo, en otra obra también manifiesto titulada “Manaotupapau” la escena de una mujer extendida boca abajo en su litera pone de realce los espíritus nocturnos justamente llamados “tupapaus”, que evocan las visitas de los seres fallecidos. Estos espíritus visitan de noche y en las creencias de Tahití, vienen para sugerir consejos, curar enfermedades y traer felicidad y placeres. Toda la mística de esta pintura se concentra en los colores del azul y del negro con la relevancia del blanco que agudiza la profundidad de una oscuridad animada de vida y sensualidad.
El conjunto de las obras presentadas en el Museo del Grand Palais de París ponen en evidencia la ruptura de Gauguin con la civilización moderna que se vivía Europa a finales del Siglo Veinte.
Después de un viaje en barco de más de sesenta días, el artista encontró una fuerza intelectual renovada y animada por una naturaleza que le ofrecía la fuerza de la luz solar de su entorno existencial.
En su carné de viaje, aquí expuesto por primera vez el pintor describe con emoción la naturalidad y la sencillez de la vida, transmitiendo con emoción sus caminatas, descalzo, descubriendo el placer de pisar la tierra en el sentido literal de la palabra, sintiéndose libre a través de sus andanzas por los bosques tropicales, motivado por el descubrimiento de nuevas sensaciones que le permiten…. oler el color …. y,…pintar un olor, un perfume, la sensación visual que provoca una fragancia…
Los trabajos sobre planchuelas de madera provocan en el público una sensación exquisita, donde se siente la destreza del artista surcando la madera en una tabla de palo de rosa, de sándalo, de ébano, o de cualquier otra madera preciosa del lugar, hasta lograr piezas que se inspiran de las mimas obras policrómicas de las civilizaciones ancestrales de los pobladores primeros del océano Pacífico.
Con esta exposición se puede canalizar y analizar el diálogo entre las civilizaciones primeras y la obra de un artista contemporáneo motivado por la búsqueda de lo sublime en la sencilla expresión de lo bello, desde la perspectiva de la innecesaria abundancia de recursos técnicos e intelectuales.
Lo que sedujo a Gauguin en Tahití es la sencillez natural de la belleza, la evidencia de los cuerpos, la fuerza de la luz. Una vez asimilada, la exibición nos deja con una perspectiva abierta hacia los grandes maestros que se mantienen en la tensión del límite.
Gauguin es uno de ellos y toda su obra plantea la libertad frente a los movimientos y a las tendencias porque el artista entendió la urgencia de encontrar en el viaje nuevos horizontes , nuevas formas, nuevos sujetos que le permtieron lograr la luz de toda obra.