Generaciones restauradas

Uno de los discípulos le pidió a Jesús que le enseñara a orar, y entonces le dio varias instrucciones terminó diciéndoles claramente: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”. (Lucas 11:1-5, Mateo 6:14-15).
Las ofensas en griego significa paraptoma, es decir, desliz, lapso o error (intencional), transgresión (voluntaria), pecado o falta. Puede referirse también a: humillación, insulto, injuria, daño, maltrato delito o blasfemia. El ofendido puede considerarse agraviado, herido, menospreciado o despreciado; cuando considera que le han quitado su derecho o han cometido alguna injusticia, abuso o maltrato.
Gente que podían ser amigos y hasta compañeros de labores, y hasta hermanos, por alguna situación que la consideraron algún abuso o injusticia, se convierte en una ofensa, que dura años, formando generaciones dañadas y contaminadas.
Naciones y pueblos, familias, padres, hijos, hermanos, de una generación a otra, pasan a ser dañados y contaminados por causa de alguna ofensa. Jacob y Essau tuvieron un rencor por mucho tiempo, y aunque Jacob le pidió perdón a Essau (Génesis 33), los descendientes de éste (los edomitas) no dejaron pasar a los hijos de Israel (anteriormente llamado Jacob) por su territorio; y se convirtieron en unos de los más grandes enemigos que tuviera el pueblo de Israel. (Números 20:14-31).
Moisés envió embajadores adonde el rey de Edom para que le dejara pasar por su territorio; así dice Israel tu hermano. (Números 20:14); pero “No quiso, pues, Edom dejar pasar a Israel por su territorio, y se desvió Israel de él”. (Números 20:21).
Las ofensas se convierten en un dolor, que llega primero a la mente; a alguna región del cerebro; y se deposita en él; luego, pasa al corazón, a las áreas de nuestras emociones, de los sentimientos, del alma, y se convierten en un resentimiento, que provoca alguna herida. Y que solo es posible curarla mediante el perdón. La mansedumbre hace cesar la ofensa (Eclesiastés 10:4).
La falta de perdón conlleva a una raíz de amargura que afecta a todos los órganos del cuerpo; es como un líquido de iniquidad que es transmitido por cada vena del cuerpo, y se aloja en la sangre, y contamina todo el ser humano, provocando enfermedades y muerte. Pero el perdón por medio de la fe en Jesucristo, y en su sangre derramada, es posible curar la herida y restaurar generaciones. Con mucha razón, Jesús también les dijo: «Si los habitantes de un país se pelean entre ellos, el país se destruirá. Si los miembros de una familia se pelean entre sí, la familia también se destruirá. (Lucas 11:17).


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