Género y pedagogía

Género y pedagogía

Sistema de tensiones en la en la universidad

Las estadísticas de ingreso y egreso a los centros de educación superior revelan una presencia masiva de las mujeres; ¿es esta presencia síntoma de igualdades? ¿Puede señalarse, a ciencia cierta, que esta incorporación refleja los cambios sociales anhelados?

Es la Universidad un terreno patriarcal? Si se observa la feminización de la matrícula, la presencia de profesoras, las estadísticas que dan cuenta de que las egresadas superan a los egresados y los honores que las graduadas acuñan; la presencia de mujeres en rangos directivos en la supervisión de la docencia y en la administración de los recursos la respuesta evidente podría ser: «La Universidad no es territorio patriarcal».

Al profundizar la mirada hacia la visibilidad de las mujeres en esta entidad que se origina en el Medioevo occidental, es decir al analizar la lista de profesiones que se han feminizado, el nivel de concientización sobre género y los cuestionamientos que se hacen sobre su condición las docentes, la posición que ocupan las egresadas en el terreno laboral donde ejercen la profesión que estudiaron; los «modelos masculinos» o los arquetipos viriles persistentes, latentes y legitimados en la supervisión y la administración…El tenaz ocultamiento de las contribuciones femeninas en las diversas áreas del conocimiento, bibliografías de autoras escasas o inexistentes, es evidente que la respuesta al dilema de si la Universidad es un terreno patriarcal sería: «Aún la Universidad continúa teniendo signos opuestos al entendimiento entre hombres y mujeres». La presencia pomposa y espectacular que proyectan las estadísticas es una «presencia blanda» no solo de la existencia de las mujeres, también de sus aportes sistemáticos al conocimiento.

TENSIÓN EN EL DISCURSO: AMBIGÜEDAD GENÉRICA ENSEÑA Y MANTIENE EL SILENCIO

¿Cuál es la procedencia del pensamiento que se transmite al estudiantado? ¿Cuál es el lenguaje que se utiliza? ¿Cómo se refleja la realidad, el diario vivir? ¿Cómo la palabra atribuye acciones, conquistas, aportaciones a un Ser únicamente masculino? Las respuestas de estas interrogantes develan el arquetipo, el ideal, el modelo al que hombres y mujeres deben emular, parecerse, imaginario que es transmitido a través del discurso –escrito y oral- utilizado en la Universidad y que tiene como cláusula el genérico masculino. Las presuntas causas: nombrar con este a toda la Humanidad y ser neutral en los enjuiciamientos, descubrimientos, hallazgos, encuentros.
La profesora de Historia de la Comunicación de la Universidad Autonoma de Barcelona Amparo Moreno Sardá analizó textos académicos del área de las ciencias sociales, en los cuales se evidencia cómo a través de los discursos que estos contienen se construye el pensamiento androcéntrico y se enseña al alumnado universitario a mirar al mundo desde y con la perspectiva androcentrista, por ende a reproducirlo, entenderlo, reflexionarlo y hasta construir cambios y transformaciones solo desde un enfoque de lo masculino.

TENSIÓN EN LA PRESENCIA: DISTANCIAS ENTRE PARIDAD E IGUALDAD

En el ocaso del siglo XX, la profesora estadounidense Sandra Acker consideró que el aumento de las mujeres en las universidades, de los estudios feministas sobre el currículo y la presencia de mujeres dentro del propio gobierno [universitario] como esencias de un «cambio que viene lentamente».

En la primera década del siglo XXI, la discusión se centra en cuáles carreras se han visto pobladas de mujeres; es decir, se han feminizado, y cómo estas han extrapolado las subordinaciones que de manera estructural, histórica y perpetua constituyen una falsa feminidad.

Las profesiones femeninas también preocupan a la pedagoga catalana Emilia Moreno: «Las opciones que eligen las chicas son aquellas relacionadas con las áreas asistenciales, estando socialmente más reconocidas y valoradas las que eligen los hombres». Aunque la investigadora dominicana Isis Duarte vislumbra como un avance la elección hecha por las mujeres dominicanas en las consideradas carreras «claves del conocimiento» (ingenierías en general y la tecnología de punta), lo cierto es que el Índice de Feminidad es más alto en las carreras que Moreno Sardá y Moreno llaman «femeninas», las cuales pertenecen a las áreas de Humanidades, Educación, Ciencias de la Salud, Artes, Administración, Economía, Negocios y Ciencias Sociales.

Duarte precisa que el Índice de feminidad calculado con los datos del primer semestre del cuatrienio 2009 es de 179 mujeres matriculadas en las universidades dominicanas (públicas y privadas) por cada 100 hombres.
El informe «Mujer dominicana en cifras 2000-2012», Duarte también evidencia que hay más docentes hombres que mujeres en  los centros de educación superior del país: «El índice de feminidad promedio, del 2006 al 2009, fue de 67 mujeres por cada 100 hombres». En cuanto a las posiciones gerenciales se establece: «En el máximo nivel gerencial, el de la rectoría, el índice de feminidad es de 19 mujeres por cada 100 hombres».

La feminización no emprende camino a la igualdad, se acerca más a la pretensión de paridad en la que prevalece la idea aumentar cifras no presencias. Es por esto que se explica que el fenómeno de masificación de la matrícula aún no provoque rupturas en el currículo ni en los libros de texto que exponen el discurso androcéntrico. En definitiva, la visibilización de las mujeres y la construcción de roles emancipadores de hombres y mujeres desde la Universidad aún está pendiente en República Dominicana.

TENSIÓN DE LA VISIBILIDAD: EL SIGNO FEMENINO PERMANECE OCULTO
El androcentrismo tiene otra conjugación en la Universidad explica la mexicana Pilar Añaños Bedriñana: «Hace invisible la contribución de las mujeres a la cultura y no las considera como fuente de conocimiento».

¿Invisibles? ¿Negadas? ¿Silenciadas? ¿Ocultadas? ¿Obviadas? El orden masculino –de los hombres de poder, de los colectivos de la hegemonía- convierte en insignificantes las aportaciones de las mujeres tanto para el cuerpo docente como para el estudiantado de la Universidad.

Esta invisibilidad estructural de la Universidad genera la desagregación del pensamiento de las mujeres, provoca la creencia de dependencia intelectual (todo lo que se investiga siempre estuvo antecedido por el hombre de poder) y reproduce un perfil de «raras» a las mujeres que logran trascender con la creación o demostración de teorías propias y axiomas, puesto que al evadir los linderos del rol de profesora al cual se le ha asignado, construido con las indicaciones del poder hegemónico androcentrista, se le cuestiona –incluso- que descuide otros roles del ámbito privado.
Uno de los recursos de la negación es la inducida desaparición de las mujeres en los libros de texto, por ende, en las referencias bibliográficas, lo que dificulta establecer qué es y cómo se manifiesta el conocimiento femenino. Las mujeres, aún en la Universidad, han tenido que borrar el proceso de construcción de su pensamiento, para adoptar esquemas, narrativas y lenguajes existentes y predominantes. Acker escribe: «Los hombres imponen sus conceptualizaciones del mundo de las mujeres, cuya propia experiencia se puede considerar menos válida, menos convincente, menos basada científicamente para su entendimiento».

La feminización no emprende camino a la igualdad, se acerca más a la pretensión de paridad en la que prevalece la idea aumentar cifras no presencias. Es por esto que se explica que el fenómeno de masificación de la matrícula aún no provoque rupturas en el currículo ni en los libros de textos que exponen el discurso androcéntrico. En definitiva, la visibilización de las mujeres y la construcción de roles emancipadores de hombres y mujeres desde la Universidad aún está pendiente en República Dominicana.
TENSIÓN DE LA VISIBILIDAD: EL SIGNO FEMENINO PERMANECE OCULTO

El androcentrismo tiene otra conjugación en la Universidad explica la mexicana Pilar Añaños Bedriñana: «Hace invisible la contribución de las mujeres a la cultura y no las considera como fuente de conocimiento».

¿Invisibles? ¿Negadas? ¿Silenciadas? ¿Ocultadas? ¿Obviadas? El orden masculino –de los hombres de poder, de los colectivos de la hegemonía- convierte en insignificantes las aportaciones de las mujeres tanto para el cuerpo docente como para el estudiantado de la Universidad.

Esta invisibilidad estructural de la Universidad genera la desagregación del pensamiento de las mujeres, provoca la creencia de dependencia intelectual (todo lo que se investiga siempre estuvo antecedido por el hombre de poder) y reproduce un perfil de «raras» a las mujeres que logran trascender con la creación o demostración de teorías propias y axiomas, puesto que al evadir los linderos del rol de profesora al cual se le ha asignado, construido con las indicaciones del poder hegemónico androcentrista, se le cuestiona –incluso- que descuide otros roles del ámbito privado.
Uno de los recursos de la negación es la inducida desaparición de las mujeres en los libros de texto, por ende, en las referencias bibliográficas, lo que dificulta establecer qué es y cómo se manifiesta el conocimiento femenino. Las mujeres, aún en la Universidad, han tenido que borrar el proceso de construcción de su pensamiento, para adoptar esquemas, narrativas y lenguajes existentes y predominantes. Acker escribe: «Los hombres imponen sus conceptualizaciones del mundo de las mujeres, cuya propia experiencia se puede considerar menos válida, menos convincente, menos basada científicamente para su entendimiento».
TENSIÓN DE LA IDENTIDAD: AUTO-REFLEXIÓN Y CURRÍCULUM

La Universidad es una entidad que tiene su génesis entre el ocaso del patriarcado familiar burocrático y antes del patriarcado tecnocrático familiar. Apenas pasados tres años de la instauración del patriarcado tecnocrático multinacional, exhibe cifras halagadoras de la presencia de mujeres en sus aulas, pero no se ha cuestionado sobre si su discurso las incluye; tampoco se pregunta si el sistema de valores creado para normalizar a los hombres es el apropiado para establecer relaciones en armonía entre hombres y mujeres.

La difusión del sistema de valores es transmitido por el profesorado al alumnado a través de dos currículos que no están consignados en los planes de los gobiernos académicos, pues son el resultado de la amalgama de la socialización, la experiencia previa –se incluye también el aprendizaje previo-, las creencias y culturas asumidas. Moreno se refiere a uno de estos currículos. El currículo oculto: “(…) No podemos olvidar que el papel de los y las enseñantes es fundamental. Son ellos y ellas quienes, con sus prácticas, con los contenidos que seleccionan y con el currículo oculto que transmiten, se constituyen en modelos de socialización”.

Sobre el otro currículo (el obviado), que pesa con igual intensidad y transcurre igual de desapercibido, María Quirós expresa: «El currículo obviado son los temas no tratados, el ignorar interrogantes que se plantean los/as participantes respecto a temas que no siempre tienen que ver con la materia, ignorar sentimientos, necesidades, intereses, experiencias, conocimientos, etc. de hombres y mujeres».
Al profesorado –como otros profesionales- puede costarle desvincularse del entramado de estereotipos, valores del arquetipo viril y rutinas aprendidas del sexismo, que es el falso universal que guía y predomina. Quitarse el traje y el vestido con el que ha sido cincelado desde las esferas de poder patriarcal puede ser difícil y es normal que provoque resistencias ante las consideradas «iniciativas anti-sexistas», aún sean estas innovadoras, pues ameritará de una autocrítica a la labor que realiza desde hace años y la adopción de nuevas estrategias, fundamentadas en una desconstrucción profunda del rol que desempeña y contestando a los dilemas que plantea una práctica docente que ha estado construida con la ideología del androcentrismo que aúpa un falso universal.

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