Gestos inentendibles

En el marco de las inconsistencias humanas, el sentido del límite se desborda, honras se quiebran, dignidades desaparecen y queda el sabor amargo de observadores asqueados por gestos inentendibles. Ahora, que la política no encuentra referentes éticos y que procurar una candidatura constituye una dislocada carrera hacia la indecencia debo repetir la frase del legendario Pedro Henríquez Ureña, evocando a José Martí, a su llegada en diciembre de 1931: “Yo solo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota, mi tierra no es para triunfo sino agonía”.
Paladión era una expresión del arielismo químicamente puro, el sello distintivo de sus integrantes consistió en una formación intelectual al servicio de las mejores causas sociales. Aunque creado en 1918, la brillantez de Virgilio Díaz Ordóñez, Julio Alberto Cuello, Armando Oscar Pacheco y Rafael Paíno Pichardo, le dieron los niveles de respetabilidad en la sociedad para luego terminar en la degradación de pasar a las filas del trujillismo militante. Todos ingresaron a la nómina oficial desde febrero de 1930.
Debo validar las excepciones que confirman la esencia decorosa en medio del fango. Así como gente de lucidez cayó en las redes del ventarrón que nos gobernó por 31 años, un puñado de jóvenes anclados en la Unión Patriótica Revolucionaria como Viriato Fiallo, Antinoe Fiallo, Gilberto Sánchez Lustrino, Carlos Larrazábal Blanco y Machado González, nunca entregaron sus talentos a cambio de la gracia del poder.
Esa incapacidad de resistirse a la pompa del gobierno no tiene precedentes porque coloca a gente de catadura de pasar de lo sublime a lo ridículo. Zenón Castillo de Aza promovió otorgar el título de Benefactor de la Iglesia al dictador. Víctor Garrido planteó que se modificara el patriciado tradicional para incorporar al generalísimo a esa categoría excepcional. Y cuando el afán por distanciarnos étnicamente de los vecinos, con posterioridad a la matanza de 1937, Fabio A. Mota arguyó que “ancestralmente somos blanco”.
Admito la validez de revisar conceptos, resistirse a mantenerse anclado a ideas en desuso y legítimamente cambiar. Pasa en los ámbitos académicos, deportivos, religiosos, políticos y económicos. En la fase de revisarlo todo, es justo transformarse y reajustar visiones. Ahora bien, esa tendencia a no cuidar las formas, desdecirse, asumir posturas totalmente contrarias a las sostenidas por años tienden a no ser entendidas. Y en esos cambios bruscos, se debe tener el cuidado de no caer en la desvergüenza.
Cercos íntimos, relaciones privadas y vínculos de familiaridad pueden conducir por los caminos de gestos inexplicables. Cuando Horacio Julio Ornes escribió Trujillo, el pequeño César del Caribe, nunca le pasó por la cabeza que su hermano, Germán Emilio, desde las páginas de El Caribe era co –responsable de un instrumento vil como el foro público. Isabel Mayer, un símbolo del fanatismo trujillista, nunca pensó que su hogar se constituyó en el punto de partida para la toma de conciencia de Manuel Aurelio Tavárez Justo. Y un dato que se olvida, es la actitud de Fausto Caamaño, padre de Francisco Alberto, que firmó el documento del 12 de febrero de 1973, bajo el título de Reservas de las Fuerzas Armadas y la Policía nacional donde 108 jubilados condenaban al grupo subversivo instalado en las montañas de San José de Ocoa.

Ramón Lorenzo Perelló, desde las páginas de Baluarte Cívico se inventó la frase de Balaguer “muñequito de papel” y terminó leyéndole todos los documentos al líder reformista. Guaroa Liranzo junto a la gente que salió del reformismo acompañando a Augusto Lora, inicialmente conspiró duramente contra el hombre que le sirvió como financista y constructor exitoso.

En los últimos veinte años de vida política los saltos se “entienden” porque una parte importante de ellos no se desarrollan gratuitamente. Y la gente lo sabe debido a que los transformados no guardan las formas.

Hasta las elecciones del 15 de mayo, todo es posible. Será tarea de los que entiendan que el país no termina ese día, allanar los caminos para devolverle la racionalidad a la lucha política. Lo que estamos viendo da asco y espanta.