Golpe bajo

Manauri Jorge

Reconocido por la multitud como el mejor luchador del circuito. ¡La Parca, La Parca!, vociferaban los fanáticos al verme cruzar las cuerdas y hacer mi ritual. Era el ídolo del cuadrilátero con 34 peleas ganadas, incluyendo 11 por abandono y tres asaltos cuyos oponentes nunca llegaron. En mis 9 años como atleta nunca me vi forzado a tirar la toalla, sin embargo, el más insignificante contendor me sacó de competencia con un inesperado “golpe bajo”…

Además de ser el emperador entre las cuerdas, las alocadas y frenéticas aventuras me delataban. Si en combate era rudo, en el sexo no tenía parangón. Bastaba con ser mujer para ensuciar condones. Mi sello original era estar con todas y no estar con ningunas.

Pero, como todo masculino, de tantas faldas que levantaba había una diferente. La única mujer que podía abrazar después del acto. Mara, neófita amante con instinto de veterana. Ella, la trigueña de pelo corto y perfectas curvas, calmaba mi apetito sexual con dos minutos de gemidos.

Tres meses de kamasutra fueron suficientes para darle la llave de mi apartamento. La tenía en la palma de mi mano y sus múltiples orgasmos lo acreditaban. No había ocasión en que lo hiciéramos y no quedara complacida, hasta el punto que siempre se iba al baño y se duchaba por lo cansada que la dejaba.

-¿Irás esta noche a verme?-, pregunté mientras me vestía.

-No lo sé. Si salgo temprano del trabajo paso por allá. Aunque siempre ganas mi vida, no sé para qué quieres te vea avergonzando otros luchadores-, respondió Mara desde la bañera.

-Cualquier cosa me avisas. Ya me voy, cierra al salir-, anuncié mientras me colocaba la máscara de La Parca. Reconozco que cuando cambiaba de rostro también intercambiaba de espíritu. Siendo el ídolo me sentía lo máximo con los puños, sin disfraz me sentía el rey con “el puño”.

Como había vaticinado mi concubina, gané nueva vez el asalto. Mientras me cambiaba en el camerino pensé pasar por el club de la plaza popular, pero de seguro mi seudomujer estaría en el apartamento esperándome para cumplir con mis deberes de hombre. Supuse que ella podría aguantarse un par de horas mientras me divertía un rato.

Después de una hora de tragos y acariciar las nudistas que alegraban el ambiente, salí caliente hasta mi apartamento donde, de seguro, Mara estaría dispuesta a bajar las ganas que otras levantaron.

Mientras hurgaba en mis bolsillos las llaves de mi morada, leves gemidos aniquilaron el conato de borrachera que traía.

-¡hum, hum, hummmmm…!-, escuchaba continuamente tras la puerta. Confieso que un sin número de culpables me llegaron a la cabeza.

-A mí. El hombre que le da todo. Tiene hasta la llave de mi apartamento. Nunca la he maltratado y, sobretodo, soy una fiera en la cama. Pero por qué me hace esto-, me preguntaba sin encontrar respuesta.

Entonces me vino a la mente la conversación que escuché tres meses atrás y la que pensé había sido un error auditivo de mi parte. Ahora puedo atar los cabos y darme cuenta de la falaz, ruin y desconsideraba mujer que tantas veces me succionó el néctar vital.

-¿Tú crees que eso estaría bien?, preguntó Mara a la voz del otro lado del teléfono, mientras yo me hacía el dormido en aquella ocasión.

Supongo su asesor o asesora la indujo a serme infiel porque finalizó la charla diciendo: -pues está bien, lo haré-.

-Y todo este tiempo estuvo con otro hombre. Pero cómo, por qué, cuándo. Yo la escuchaba gritar de placer mientras estaba conmigo, buscaba posiciones y hasta me pedía parar porque no me aguantaba. Yo soy un hombre fuerte en todos los aspectos-, me cuestionaba detrás de la puerta con un monólogo digno de cualquier tabloncillo.

La ira me llegó hasta la parte occipital de mi cerebro y no pude contenerme más. Estaba dispuesto a cruzar la puerta y enfrentarme con el más grande, fuerte o viril de los hombres que invadía mi territorio. Abrí la puerta y corrí hasta la habitación, era el momento de desenmascarar a Mara con su falsa.

La cama estaba intacta. La sala, cocina y habitación no presentaron rastros de espermas. En ese momento quise ser un CSI cualquiera para no manchar las pistas de un crimen pasional, pero estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de darme a respetar.

Cansado de buscar el amante de mi amante confirmo que los placeres salen desde el baño. En segundos salgo de la habitación y me paró sigilosamente frente a la puerta del baño.

-¡Sí, sí, síiiii… Dios!-, exclamó Mara mientras su acompañante me estrujaba que no era el único en darle orgasmos. No podía seguir escuchando los gritos del pecado y al violar su privacidad noté que su enérgico amante llevaba un sello en la parte inferior: made in China.

-¿Mara qué haces?-, pregunté sosprendido.

Ella solo contestó: -Lo mismo que he hecho desde que fui la primera vez al baño. Pero no te molestes, solo sigo el consejo de tus otras insatisfechas mujeres-. Entonces supe que los gritos no eran por placer, sino para que le diera el chance al verdadero amante.