Hablemos de depresión

Manauri Jorge

La conozco de cerca, mi familia la tiene de vecina. Mi papá la sufrió tan fuerte que decidió derrotarla opacándose el aliento. Cuando tuve un romance con ella los síntomas eran agobiantes, acariciaba el azufre en cada crisis, pero me he mantenido a flote gracias a la ayuda de terceros y la comprensión del problema. Lo acepto, lo analizo, busco soluciones y las aplico. Así logré rebasar los ataques de ansiedad y cuando siento taquicardia -todavía- fortalezco mis debilidades emocionales para que las secuelas no salgan de su tumba.

La depresión ataca a más de 300 millones de personas en el mundo, la mitad de ellas con pensamientos suicidas. En los últimos 10 años ha crecido cerca de un 19% y cada año se cobra la vida de 788,000 personas o más. Casi cinco de cada 100 personas en República Dominicana padece o ha padecido esta enfermedad, que es una patología como cualquier otra -o peor- porque se enclava en la parte más importante de ti: tu mente.

La depresión es tan maldita que no pulula sola, arrastra tanta ansiedad que requieres de ansiolíticos para controlar los síntomas. Cuando se diagnostica requieres de ayuda psicológica y psiquiátrica, no porque estés loco -como pensaba mi papá- sino porque tu cerebro tiene deficiencias bioquímicas que exigen compensación para reponerse, lo que se acompaña con terapias y ejercicios que te trabajen el nido del problema.

Una de las sufridas es Kiara Romero, dominicana brillante con el micrófono, excelente comunicadora y actriz. Siempre ha sido buena consejera con sus amigos y seguidores en las redes sociales, pero frágil en la soledad. Fue víctima de un padrastro de bragueta alegre que la usó como probeta para satisfacer sus asquerosas necesidades fálicas. Ese episodio la marcó tanto que acumulaba penas y las guardaba detrás de un post bien maquillada.

La última vez que Kiara intentó suicidarse casi lo logra, está viva por el avance de la ciencia, aunque no sé si realmente es lo que ella quiere. La entiendo, ella anhela que el dolor emocional salga, aunque eso conlleve dejar de respirar. ¿Es lo ideal? Claro que no, pero para ella y todos los que sufren este trastorno no ven panacea, su única salida es acabar con todo y ya. ¿Recuerdan a Robin Williams?

Hablemos de depresión entonces, hablemos de mi experiencia. No recuerdo cuántas veces insistí a mi papá para que fuéramos donde un especialista, pero siempre rechazaba la petición. Por momentos se animaba y bajaba a jugar dominó con los muchachos del barrio, quizás una o dos veces al mes. El resto del tiempo se la pasaba sentado en la galería, ya físicamente descuidado y en silencio, como quien espera la llegada de un desenlace fatal. Todos le insistimos en que, pese a su lesión permanente en la columna por las décadas detrás de un timón, su mente podía producir ideas brillantes y ayudarnos sin hacer fuerza. Él no lo veía así, sentía que ya no valía nada y que si moría nos liberaría de la carga física.

Y así lo hizo…

En la madrugada del 5 de junio de 2012 recibí la llamada más fuerte hasta ahora. Era mi mamá avisando que mi papá la había dejado viuda. Ese día no tuve tiempo de reflexionar al respecto porque me tocó asumir la gestión fúnebre. Para cuando todo estaba resuelto lloré en mi espacio para no contaminar el ánimo del resto y no lo he vuelto a hacer, no porque no me duela, sino porque enfoco su partida desde otro tópico que sabrán más abajo.

Comprenderlo ha sido amargo, y más cuando un día antes de esa llamada hablé con él frente a frente para expresarle lo que él significaba para mí que fui el último retoño y el de mayor cercanía. Ese día también le agradeció a mi mamá -la mujer más fuerte de la bolita- por su apoyo en 32 años de matrimonio. ¿Se estaba despidiendo? Quizás sí, pero nunca pensamos que lo hiciera porque argumentaba que no era hombre de eso. Quería convencerse de que no era capaz de algo así, sin embargo, en su soledad la depresión siempre le hacía capicúa.

¿Quién era mi papá? Domingo -Goliat, de infancia- era un hombre de casi seis pies de estatura y cerca de 300 libras. De voz estruendosa, carácter de roble y sensibilidad social probada. Un líder sindical y referente en geografía mundial. Siempre trabajó duro, tanto como pudo hasta que las hernias comenzaron a sentirse y dos operaciones posteriores le obligaban estar tranquilo, retirado de cualquier fuerza. Eso le tumbó, más que el ánimo de trabajar, las ganas de vivir; un hombre con siluetas machistas no soporta dejar de ser el proveedor hogareño, no importó que su capacidad cognitiva estaba al tope, para su crianza los músculos son esenciales.

Mi papá no comprendió la importancia de que estuviera con nosotros, aunque dejó de estarlo mucho antes de morir porque su pensamiento estaba ajeno a la realidad, sus neuronas estaban contaminadas por la pena. Su dolor era tan hondo que su única salida era llevárselo con él. Mis hermanos lo juzgan, yo prefiero pensar que lo hizo convencido de que su ausencia era más favorable para los vivos, aunque sabemos que no es así, sobre todo para mi mamá que durante el día es la matriarca, pero en lo ancho de su cama se espanta con sueños donde él aparece.

¿Kiara intentará suicidarse otra vez? Hace mucho tiempo que ella se siente muerta, cuando se baja el telón y se encierra en su soledad emocional el dolor le carcome las ganas de vivir. Sufre una batalla entre lo que quiere y lo que puede; ella quiere ser luz, pero no puede ni podrá salir si no se encuentra con la mejor versión de sí misma. Su salud física está en quirófanos, pero el bisturí no llega tan profundo como para extirpar la depresión que circula por sus entrañas. Lo que más necesita es identificar razones para sonreír desde dentro con una reafirmación del valor de la vida. Esto depende de ella, necesita quererlo y poderlo, tiene que convencerse de que el sentido está en seguir respirando. Mi papá no pudo, pero ella podrá, ella podrá.