Haciendo y deshaciendo

El Estado debería emplear al mismo tiempo dos certeros brazos para la edificación de obras y proyectos y para, con éxito similar, conservar en condiciones estructurales y funcionales las realizaciones. Ahora mismo se está en presencia simultánea de motivos para celebrar hospitales nuevos y de razones para criticar la decadencia de otros. Cortes de cinta con bombos y platillos en un escenario; y en otro lugar una concurrida marcha de médicos y demás personal que pegan el grito al cielo por el deterioro del hospital Gautier, que en sus largos años de existencia ha prestado importantes servicios sin dejar por ello de caerse cíclicamente por desaciertos oficiales.
Los retrocesos de lo asistencial han persistido de manera particular por el propio ejercicio constructor que en ocasiones menoscaba hospitales por reconstrucciones coincidentes con actividades médicas, y en otras por lo masivo y demorado de la intervención. El efecto paralelo de hacer y deshacer se expresa también con equipos de alto costo para los contribuyentes. Unos adquiridos en nombre del progreso pero con tardanza en usarlos a riesgo de dañarse a veces sin haberlos instalado, y otros que sin llegar a viejo dejan de funcionar por falta de mantenimiento. En este país las incongruencias pueden ser tan desgraciadas como las enfermedades. Puede que un novedoso protocolo parezca la salvación. Pero puede también que la falta de rigor para aplicarlo cause muertes.

Unas píldoras doradas a medias

Con todo y su diplomático estilo de mezclar recetas duras con elogios floridos de protocolo, el FMI lanzó un cajetazo sin desperdicios: la mejoría de recaudaciones no bastaría con sus logros para equilibrar fiscalmente al país haciendo sostenible el endeudamiento, ya imprescindible para que Estado se mueva. Se trata de una inferencia con fundamento. Para seguir dando señal de dinamismo hacedor el Gobierno tendría que mantener el mismo compás para endeudarse hasta la coronilla, a menos que enfrente la realidad de que debe pactar con la sociedad la creación de más impuestos con disciplina de gasto (de cuyo costo político huye) o dejar en herencia un paquete de cuentas por pagar más grande que el que encontró. Ante las críticas a sus gruesos compromisos crediticios, el Estado opta por actuar como quien oye llover y no reacciona.