“Hay que ganársela”

Todavía se puede decir que la lealtad, se entiende como la cualidad del carácter o de la conducta de una persona cuyos actos se guían siempre por principios y por el respeto a los compromisos que adquiere. Viéndolo así, la lealtad organizacional es entonces una actitud de profundo compromiso de los empleados con la empresa y se manifiesta en las cosas a las que nuestros subordinados están dispuestos a renunciar o a hacer con sacrificio por el bien de la organización. Hablamos de la lealtad organizacional: cómo se construye la fidelidad de los empleados dentro de las empresas para conseguir que se sientan tan involucrados y afines a la organización que no escapen hacia otra oportunidad laboral.

En los comités de dirección de las empresas es frecuente dedicar tiempo a debatir cómo aumentar la lealtad de los empleados hacia la empresa. A menudo algunos índices como rotación del personal, clima organizacional y satisfacción de los empleados son considerados como factores clave para aumentar la lealtad. Pero es importante tener en cuenta que si bien es cierto que mejorar estos indicadores es conveniente, no necesariamente su impacto es directo sobre lo que llamaríamos la genuina lealtad, porque la misma solo se demuestra en las adversidades. Es cuando las cosas están mal, cuando aquellos empleados genuinamente leales nos manifiestan su aprecio mediante acciones que, en estricto sentido, no están obligados a emprender.

Me dio mucho en que pensar, cuando los otros días alguien comentaba que muchas veces en las organizaciones invertimos recursos importantes para mejorar el clima organizacional o para disminuir la rotación de los empleados, pero olvidamos que es necesario tener una tierra sana en la cual sembrar. En este sentido, la invitación es a ir más atrás, y más que invertir en capacitación, invertir en selección.

Pero otro punto importante, es tener presente que si bien efectivamente la deslealtad se controla vía exigencia, la genuina lealtad hay que ganársela. Es en este sentido que como directivos debemos revisar el trato que damos a nuestros empleados como personas. Ellos saben si nuestro trato es meramente instrumental, y perciben cuando lo único que nos interesa de ellos es su productividad y eficiencia. Si un empleado no se siente tratado como persona, es muy difícil que cuando vengan las dificultades esté dispuesto a recorrer la milla extra con nosotros. La genuina lealtad no se exige: ¡Se gana!

No obstante, a la larga, aquellas empresas que sólo se fijan en los resultados van a lograr un beneficio destructivo, y es que no basta con centrarse en la explotación de los recursos existentes sino que hay que preocuparse por la creación de valor. Y solo así, las empresas podrán retener a sus empleados al igual que a sus clientes.
La autora es psicóloga clínica