Hegel en pambiche lento

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Fernando Ferrán ha dedicado una magnífica serie de artículos al pensamiento de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y su importancia para entender los procesos de construcción nacional en el Caribe. Tras analizar los vaivenes históricos de las luchas de los dominicanos por su independencia -que van desde la independencia efímera a la dominación haitiana, de la separación de Haití en 1844 a la anexión a España en 1861, sin contar la Restauración en 1865, los continuos intentos de anexionismo (que no terminan sino en 1873 cuando para Pedro Henríquez Ureña se asienta verdaderamente la nacionalidad dominicana) y la lucha armada contra las dos intervenciones militares estadounidenses (1916-1924 y 1965)-; las contradicciones entre y dentro de los líderes de la independencia –un día independistas, al otro, anexionistas-; y las dudas permanentes de nuestra intelectualidad acerca de la viabilidad de un Estado dominicano, a quien Américo Lugo se refería despectivamente como ‘‘un Estado dentro de una canoa’’ y de un pueblo que, como el dominicano, el mismo Lugo pensaba que la historia demostraba que “no constituye una nación”, Ferrán concluye afirmando:
“Aquellas contradicciones históricas, un día libre y otro dependiente, un día heroico y otro abyecto y servil, no son propias de ningún rasgo de pesimismo. La dominicanidad no es pesimismo, pues entonces no gozaría de momentos de libertad y de heroísmo; tampoco pura alegría y optimismo, porque no deja de buscarse a sí misma. Por el contrario, en el peregrinaje fenomenológico de la formación de la conciencia, la dominicana más bien representa la figura hegeliana del ‘escepticismo’. La conciencia escéptica antecede en la formación del yo subjetivo a la conciencia infeliz. En tanto que escéptica, lo que hace lo deshace en una continua refutación de sí misma. A decir de Hegel, la conciencia escéptica se automanifiesta y experimenta como una conciencia intrínsecamente contradictoria porque no deja de duplicarse, actuando y dudando de sí misma”. (“República Dominicana y la conciencia escéptica hegeliana”, Hoy, 29 de abril de 2017).
Ese pensamiento nacional contradictorio llegó al extremo no solo de “cuestionar las virtudes e idoneidad de aquel mismo pueblo que luchó por su independencia y por su restauración”, sino, lo que es más importante, también a definir al pueblo dominicano en términos raciales -en contradicción a su herencia cultural afroamericana-, en oposición a Haití y a lo haitiano y en permanente negación cultural de sí mismo como nación. A ello contribuyeron varios factores.
El primero de estos factores es que, como advierte Silvio Torres-Saillant, las potencias occidentales, beneficiarias por siglos de la esclavitud y “comprometidas con un credo racial negro-fóbico”, como condición para el reconocimiento de la República Dominicana por la comunidad internacional y su inserción en el orden mundial, fomentaron en las elites dominicanas su anti-haitianismo: una ideología de un Occidente que siempre vio a nuestro país como la nación que evitaría, en palabras del senador estadounidense John C. Calhoun, defensor de la esclavitud, “un mayor crecimiento de la influencia negra en el Caribe”, a pesar de que la República Dominicana todavía hoy es “una sociedad con un largo historial de criollización que resta vigencia a la construcción de la identidad social a partir de parámetros estrictamente raciales”.
El segundo factor es el arielismo. Aunque este permitió cohesionar la lucha contra el imperialismo estadounidense, sentido en carne propia dominicana a partir de la intervención de 1916, no es posible soslayar el influjo del elitismo autoritario de José Enrique Rodó y su “Ariel” en la conformación de la mentalidad que serviría de base al trujillismo.
El tercer factor es el hispanismo, es decir, la creencia de que Iberia y Latinoamérica forman una raza separada, idea que cobra fuerza con la derrota de España en la guerra con Estados Unidos en 1898 y la conversión del hispanismo en instrumento de la política exterior de España bajo Franco.
El último factor, caldo de cultivo ideal para la matanza haitiana de 1937, es la importación de las ideas racistas prevalecientes en Europa y los Estados Unidos, tal como ejemplifica “La realidad dominicana” de Joaquín Balaguer, donde asume todos los supuestos de la biología evolucionista de la segunda mitad del siglo XIX, que legitimó la esclavitud y el imperialismo de las potencias occidentales. Ese “salvajismo intelectual” (Juanma Sánchez Arteaga) postuló la superioridad evolutiva del “hombre blanco”, concibió al indígena como pariente moderno del “eslabón perdido”, justificó la dominación de los grupos más aptos sobre las razas “degradadas, primitivas y salvajes”, y legitimó el ejercicio sistemático del genocidio y del exterminio racial.
Paradójicamente, el discurso nacionalista anti-haitiano de las elites dominicanas -y el racismo que lo funda- es importación de Occidente e imposición imperial, para lo cual –eso sí- ya estaban preparados nuestros intelectuales, gracias al arielismo –recogido, tal como indica Diógenes Céspedes, en la plataforma programática del Partido Nacionalista de Lugo y Peña Batlle, plataforma que, a su vez, como bien demuestra Euclides Gutiérrez Félix en “Trujillo: Monarca sin Corona”, asume totalmente el sátrapa a partir de 1930- y al hispanismo, que enseñaron a ver en el indio, el negro y el mestizo una amenaza a la América hispana y un obstáculo para la cultura. A este pecado original del pensamiento occidental y de donde se nutre el pensamiento dominicano no escapa Hegel, quien consideró a África “fuera de la historia” y a los habitantes originales de nuestra América simples “niños”. El pensador alemán, pese a haberse inspirado en la Revolución haitiana para su dialéctica del amo y el esclavo, como demuestra Susan Buck-Morss en su excelente libro “Hegel y Haití” –basándose a su vez en el trabajo precursor del historiador africano Pierre Franklin Tavarès- nunca reconoció este hecho, como tampoco lo hizo ninguno de los miembros de la escuela hegeliana.


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