Historia de Santo Domingo, de Gustavo Adolfo Mejía Ricart

Gustavo Adolfo Mejía Ricart, historiador

‘‘Y aunque en la doctrina hostosiana subyacía un personalismo elitista, herencia del tomismo escolasticista, lo que condujo a algunos intelectuales a la creencia de que para encontrar el camino del desarrollo social los dominicanos debían ser guiados por los poseedores de una formación cultural superior, es innegable que en el Santo Domingo del último cuarto de ese siglo, la enseñanza hostosiana, orientada hacia una educación cimentada en un profundo sentido de la libertad y en la búsqueda de la verdad a partir de la investigación y la observación de los hechos concretos, abría las puertas al descubrimiento de valores enderezados a la creación razonada de un Estado Nación que respondiera a las características y a las exigencias de la sociedad dominicana”.

Cuando Hostos dirigió sus reflexiones hacia el análisis de la historia de los pueblos latinoamericanos no solo tomó en consideración la necesidad de desacralizar la visión sociológica de los fenómenos y hechos causales de la convivencia social, sino que encaminó su labor didáctica basado en la enseñanza que encerraba la naturaleza, como aspecto a tomar en cuenta también en la formación de la educación de los seres humanos”.
“En su obra “Historia General del Derecho” que fuera texto en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Gustavo Adolfo Mejía Ricart se refiere a la génesis del derecho con frases que secundan la concepción global del enfoque científico de las instituciones sociales: “El Derecho__dice__ no nació al acaso, no se fecundizó por milagro en la Historia: fue producto de la vida, y brotó hijo de la necesidad”.
“Con Hostos se reafirmó una concepción de que América, y en particular los pueblos antillanos, no debían aceptar el desarrollo histórico a partir de la concepción impuesta por los opresores sino a partir de una educación liberadora tras el examen de su propia historia. Era, en el fondo, la fórmula que encerraba la premura de secularizar el pensamiento social mediante el rechazo a las consideraciones teológicas o metafísicas y la adopción de las leyes que la propia sociedad crea en las síntesis de sus procesos contradictorios”.
“Gustavo Adolfo Mejía Ricart se distinguió, además, por su fervor americanista y por su activismo en la construcción de la unidad antillana, y en Hostos encontró fuente nutricia para dar fuerza a esas convicciones”.
“Creo firmemente que sus dos obras centrales son “El Estado Independiente Haití-Español” y la “Historia de Santo Domingo”. Ambas están profundamente razonadas a través de toda una visión ideológica favorecedora de un nacionalismo bien entendido y, por ende, progresista. Gustavo Adolfo Mejía Ricart, como ningún historiador de su tiempo, supo abominar de la tesis que se quiere verdadera con el pretendido argumento de que somos más dominicanos en la medida en que somos más antihaitianos. Rechazó con fuerza esa falsa, xenófoba y racista concepción del proceso identitario dominicano. Cuando tuvo que criticar la política haitiana, probó la certeza de sus argumentos acudiendo al documento histórico y al razonamiento despojado de prejuicios. Y cuando tuvo que rendir homenaje a la lucha por la libertad de ese pueblo hermano, fue firme y, sobre todo, honesto”.
“Ni la incultura, ni la herencia hispánica, ni el temor a Haití pudieron nunca impedir a nuestro pueblo la culminación de su vocación nacional. Desde el fondo de su historia, contra las ambiciones coloniales, en Santo Domingo se fue gestando la vocación nacional en todo un proceso de siglos, avasallador de las concepciones que se quieren certeras y concluyentes partiendo de personalismos heroicos y de odios particulares. Cuando Gustavo Adolfo Mejía Ricart analiza las razones que explican el por qué en un período como el de la Reconquista a España no se pudo lograr que el pueblo dominicano fuera una Nación independiente, lo hizo comprendiendo que frente a ese propósito estaban enfrentados, desde ya, “liberales” y “conservadores”, siendo estos últimos quienes por sus convicciones, por su predominio económico y político y por sus vinculaciones con el poder extranjero, entregaron la sociedad dominicana al colonialismo de una España liderada por un Fernando VII enemigo del movimiento reformador que inspiró la Constitución de Cádiz. Del mismo modo, con la lucidez de su pensamiento crítico, procedió en su Historia de Santo Domingo a desentrañar los resultados de la Independencia Efímera de Núñez de Cáceres”.
“Doy las gracias a la familia Mejía Ricart por darme la honrosa oportunidad de rendir merecido tributo a un hombre cuya memoria merece la exaltación que Anatole France hiciera de Emile Zola”
En el párrafo anterior finalizan las palabras que tuve a bien pronunciar en aquel acto en el Ateneo Nacional. Ante la explicable premura de Tirso expresándome que el Tomo X ya se encontraba en la imprenta en proceso de composición, consideré, aunque con cierta frustración, que hasta ese punto sería lo que podía entregar al amigo.
Pero he aquí que otra posterior llamada de Tirso me pone al corriente de que la Feria del Libro sería celebrada más adelante. “Tómate veinticuatro horas más de lo acordado, es decir, hasta pasado mañana y luego me lo envías”, fueron sus “generosas” palabras, muy a pesar de mi reclamo por un plazo mayor.
En ese tiempo he leído un tanto a la carrera lo que he podido del volumen IX y de los originales de este X de la Historia de Santo Domingo, lo cual me ha permitido reafirmar la convicción de que la obra de Gustavo Adolfo Mejía Ricart está pensada sin pasiones bastardas y sin parcialidades, con una coherencia y sinceridad a partir de una profunda investigación de los hechos y, sobre todo, con una sorprendente comprensión de las contradicciones que suscitaban las ambiciones de distintos sectores enfrentados en aquellos dos grandes acontecimientos: la ocupación haitiana y la independencia dominicana.
En el primero de ellos si bien reconoce que los argumentos y las pruebas que ofrece el historiador haitiano Jean Price Mars no carecen de veracidad en lo que toca a la aceptación de la ocupación haitiana por una parte significativa de las instituciones oficiales y de la población dominicana; sin embargo mantiene la opinión de que aquello no significó ni fue, en los hechos, la representación de la mayoría de los habitantes de la parte del Este. Aunque ese equilibrado juicio de Gustavo Adolfo Mejía debería parecerle correcto a quienes conocen de nuestro devenir histórico, sin embargo no es así, un obstinado nacionalismo, un falso orgullo y hasta una acomplejada superioridad racial ha llevado a muchos de ellos a negar de manera rotunda la autenticidad de las actas de adhesión a Haití y la falsedad absoluta de las conclusiones del historiador haitiano.
Con solo citar algunos párrafos de la “Manifestación de los pueblos de la parte Este de la isla antes española de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana”, basta para tener una idea equilibrada de la situación en que se encontraban los dominicanos en aquella encrucijada. Este documento, fechado el 16 de enero de 1844, redactado por el conocido afrancesado Tomás Bobadilla, fue firmado por más de ciento cincuenta dominicanos representantes de todos los sectores sociales, entre los que se encontraban Matías Ramón Mella, Francisco del Rosario Sánchez, Joaquín Cuello, Felipe Alfau, José María Serra, Manuel de Regla Mota y otros connotados partidarios tanto de la independencia absoluta como del protectorado francés, es prueba irrefutable de las condiciones en que se produjo la incorporación a Haití. Veamos el contenido de algunos de sus argumentos: “…cuando un pueblo que ha sido unido a otro, quisiere resumir sus derechos, reivindicarlos, y disolver sus lazos políticos, declare con franqueza y buena fe las causas que le mueven a su separación, para que no se crea que es la ambición o el espíritu de novedad que puede moverle”. Y continúa: “Veinte y dos años ha que el pueblo dominicano por una de aquellas fatalidades de la suerte está sufriendo la opresión más ignominiosa….bien sea que su caída dependiese de la ignorancia de su verdadero interés nacional, bien sea porque se dejare arrastrar del torrente de las pasiones individuales el hecho es que se le impuso un yugo más pesado y degradante que el de su antigua metrópoli”. Y agrega: “Cuando en Febrero de 1822, la parte oriental de la Isla cediendo sólo a la fuerza de las circunstancias, no se negó a recibir el ejército haitiano del General Boyer, que como amigo traspasó el límite de una y otra parte, no creyeron los Españoles Dominicanos que con tan disimulada perfidia hubiese faltado a las promesas que le sirvieron de pretexto para ocupar los pueblos, y sin las cuales, habría tenido que vencer inmensas dificultades y quizás marchar sobre nuestros cadáveres si la suerte le hubiese favorecido. Ningún dominicano le recibió entonces, sin dar muestras del deseo de simpatizar con sus conciudadanos; la parte más sencilla de los pueblos que iba ocupando saliéndole al encuentro, pensó encontrar en el que acababa de recibir en el Norte el título de pacificador, la protección que tan hipócritamente había prometido”.


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