Historia de Santo Domingo, de Gustavo Adolfo Mejía Ricart

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(TERCERO)

La pluralidad argumental del Manifiesto respondió, a la verdad histórica de 1822, a la realidad existente en 1844 acerca del repudio a la ocupación haitiana, a la evolución del crecimiento nacional dominicano y al interés de cada una de las facciones que propugnaban por la independencia. De esas variadas circunstancias y tendencias se destacan estas insinuaciones de los afrancesados en el citado Manifiesto: “Lo que hay de muy cierto es, que si la parte del Este, pertenece a una dominación, otra que la de sus propios hijos, sería a la Francia, o a la España…” La mención de Francia en primer lugar descubre las intenciones de Santana, Báez, Bobadilla y otros.
En el tomo IX de su Historia de Santo Domingo, el cual me ha interesado como contexto ilustrativo de los acontecimientos descritos en este X, Gustavo Adolfo Mejía Ricart rebate, pues, la actitud de Price Mars afirmando que aquella ocupación no contó con la voluntad mayoritaria del pueblo dominicano, aportando, a su vez, una documentación que descubre aspectos inéditos de esa coyuntura y ofrece testimonios documentales de la amplia y decisoria confrontación entre las fuerzas sociales que actuaban con indiscutible primacía en aquella encrucijada. Expresa Gustavo Adolfo Mejía Ricart refiriéndose a la división de intereses existentes en la Independencia Efímera: “…unos, los menos, guiados por nobles impulsos de libertad, pero sin pleno dominio de la realidad histórica que atravesaban, la querían libre absolutamente, y pensaban que declarada la independencia serían bastantes al país sus propios recursos para subsistir como Estado soberano; otros, más filósofos o positivos, dueños de la verdad cabal del momento, a cuya cabeza figuraba el Lic. Núñez de Cáceres, querían por el contrario, un Estado Libre, aunque formando parte del Estado Centralista de Colombia que Bolívar aceptaba de crear…” Y agrega: “Por fin una tercera división política que era entonces conservadora por razones de miseria y otras causas, consideraba que, incorporándose la parte española y luego Estado independiente, a la República de Haití, encontraría al amparo de sus instituciones y prosperidad, bajo la sombra de su poderoso Gobierno, el medro y las mejoras a que aspiraba”. Aunque a buen entendedor pocas palabras, hay que recordar que entre estos últimos se encontraban los esclavos, núcleo que reaccionó contra el propósito de Núñez de Cáceres al ver que en la declaratoria del Estado Independiente de Haití español no se les otorgaba la libertad. Este aspecto lo trata Gustavo Adolfo Mejía Ricart con plena conciencia de su significación y del daño que acarreó al intento independentista.
Cuando aborda en ese volumen IX el problema de la ausencia de compactación del sentimiento independentista y la inclinación de no pocos dominicanos a incorporarse a la República de Haití, el historiador es consciente de que se encuentra frente a un tema determinante en lo que concierne a la formación de la conciencia nacional de los dominicanos en aquel momento. Y a partir de sus propias conclusiones, deja constancia de la significación de las actas dirigidas a Boyer pidiéndole unificar la parte del Este como integrante de la República de Haití: “ Y lo real___dice Gustavo Adolfo Mejía Ricart___es que estas actas transcritas existen y fueron reflejo de la verdad histórica muy relativa de su tiempo, bien que se presuma contra ellas amaño o falsedad de parte de las autoridades haitianas o nativas que se habían comprometido con el innoble empeño anexionista: muchas veces así habló la historia por medio de artificios o engaños que tenían toda la apariencia del hecho mismo o realidad a medias”. No deja el autor de coincidir, en buena parte, con la opinión de Américo Lugo sobre el tema cuando sostiene que “…casi todas nuestras poblaciones importantes, pues, habían llamado oficialmente a Boyer antes del 30 de enero de 1822, día en que el primer cuerpo de su ejército puso el pie en territorio dominicano”.
Es verdad absoluta que desde el siglo XVII los dominicanos, sobre todo los criollos de todas las etnias, habían defendido el territorio de Santo Domingo español contra toda pretensión a ser adquirido por otras potencias coloniales. Durante el dominio colonial que corre entre los siglos XVII y XIX la mayoría de los habitantes de Santo Domingo actuó de ese modo, sin excluir a las autoridades esclavistas y principales propietarios. Ahora bien, el pueblo, en su composición social variopinto y de situación económica muy precaria, no reaccionó arriesgando su vida por un supuesto amor a Madre Patria, sino por pura conveniencia propia y distinta a la de los funcionarios y amos españoles: para salvaguardar lo ganado por su propia lucha contra la esclavitud y por la realidad social que esa lucha había creado en la colonia. Ambas razones fueron coadyuvantes de una situación que se prestaba a una ganancia de derechos y libertades que hubiese sido aniquilada de haber sido incorporada la parte española de Santo Domingo a naciones que restaurarían la esclavitud de la forma brutal en que se imponía en otras colonias antillanas. Vale decir, en Santo Domingo existía una situación muy particular, producto de toda una sucesión de hechos: rebelión de esclavos, abandono de la colonia por España, pobreza, despoblación y pérdida en manos de los franceses de más de la tercera parte de su territorio, decadencia de la esclavitud, predominancia numérica de la población mestiza libre, principalía del hato ganadero y de sus laxas relaciones sociales como institución económica, en la que no cabía la esclavitud como la existente en Cuba y Puerto Rico.
En los primeros siglos de la colonización esa actitud fue el elemento de incubación del sentimiento a la pertenencia a una sociedad con particularidades propias, alcanzadas en ese singular desarrollo de sus estructuras coloniales, diferente a otras sociedades en las que la mayoría de sus habitantes estaban sometidos a una rigurosa esclavitud. En la reivindicación y defensa por lo logrado, y muy a pesar de las pretensiones y esperanzas de algunas autoridades coloniales y propietarios esclavistas, latía tibiamente la futura formación nacional dominicana.
En el estudio en ese volumen IX acerca de la ocupación haitiana el autor da pruebas de una gran sensatez y una gran voluntad para no dejarse arrastrar por prejuicios irracionales en el enfoque de las causas de la independencia bien llamada Efímera.
Que todos los dominicanos hubieran querido ser independientes en 1821, es tesis que considero acertada a medias. Frente a las múltiples alternativas en que se encontró la mayoría del pueblo dominicano, la adhesión de Haití no puede ser pensada dejando de lado la amenaza colonial, la permanente conspiración de un sector decidido a entregar Santo Domingo en protectorado o anexión a una Nación extranjera y el temor de esclavos y sus descendientes a ser víctimas del tipo de sojuzgamiento existente en todas las islas antillanas, incluyendo Cuba y Puerto Rico.
En la lectura vertiginosa de ese tomo IX y de los originales de este tomo X, he podido apreciar, que la argumentación de Gustavo Adolfo Mejía Ricart se distingue, digámoslo así, por la ausencia de dogmatismo, facilitando al lector la posibilidad de ser su propio Juez con todas las pruebas ante sus ojos.
Temas como el de las contradicciones entre diversas facciones en el seno del gobierno haitiano, la construcción de la Trinitaria, la prédica y la actividad de Duarte y sus compañeros en el proceso de gestación de la independencia, el aprovechamiento de las circunstancias para la conspiración libertadora, son hechos que Gustavo Adolfo Mejía Ricart interpreta comprendiendo su mutua articulación causal conducente a la eclosión febrerista. Y en lo que respecta a los hombres que actuaron dando impulso a toda esa transformación, el autor describe a Duarte como “el mensajero de la diosa Libertad, el precursor de su pueblo, bien es verdad que no han faltado quienes quieran reivindicar el título para otros, quitándole al Apóstol lo que es suyo a cambio de que se advierta en él la ausencia del caudillo para caracterizar su obra en hechos y acción”. Y continúa a seguidas: “Contemplemos de semejante modo el general Francisco del Rosario Sánchez, quien tiene la indiscutible gloria de haber sido el primero en proclamar la República, no solo en el Baluarte, sino en 1861, en el momento en que se perpetraba la incorporación a la antigua metrópoli…” Y así de justo lo es con cada uno de los patriotas y los antipatriotas. A cada cual su juicio equitativo para situarlos en el pedestal que le corresponde o a ras de tierra.


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