Historia de Santo Domingo, de Gustavo Adolfo Mejía Ricart

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(ULTIMA PARTE)

El amplio curso de la conspiración que llevó a la separación muestra cómo los partidarios de la autonomía plena, Duarte el primero, y los que aspiraban a la independencia como un simple intermedio para poder negociar al país entregándolo a la tutela extranjera, supieron aprovechar las discordancias políticas haitianas para llevar a buen término el propósito liberador. Aun conociendo sus discrepancias fueron capaces de postergarlas, en aras de la necesidad de crear un frente compacto en el objetivo prioritario de la independencia.
Los sectores conservador y liberal mencionados en el texto del volumen IX como actores principales en el propósito independentista de Núñez de Cáceres son los mismos que actuarían en la concreción de ese objetivo en el pronunciamiento del 27 de febrero, pero esta vez con mayor precisión y sin el lastre de la existencia de la esclavitud, abolida en 1822 por Boyer.
Los afrancesados habían comenzado su labor antinacional desde hacía años, pero fue a partir del 1843, cuando redoblaron abiertamente las gestiones para lograr el protectorado o la entrega total de la isla a Francia. Ningún otro historiador dominicano se había asomado con tanta minuciosidad a todos los ardides de esa conspiración, tanto en el plano nacional como internacional. Y es de señalar que Gustavo Adolfo Mejía Ricart dilucida y enfatiza, documentación en mano, la ingrata actividad de Pedro Santana, Buenaventura Báez y Tomás Bobadilla, poniendo al corriente al propio presidente de Haití, Guerrier, sucesor de Boyer, de los planes independentistas y solicitando su ayuda. Naturalmente, a cambio de esa connivencia el Presidente haitiano solicitaba la prohibición de la reinstauración de la esclavitud en la parte del Este. El mandatario haitiano fue prontamente derrocado por Charles Herard, pero es tarea pendiente profundizar en este suceso porque de él se pueden derivar interesantes conclusiones sobre la preocupación de algunos sectores haitianos acerca del temor al regreso de la esclavitud frente a una Francia que añoraba su dominio colonial sobre Haití. La insistencia de ciertos políticos dominicanos de la época en torno a la definitiva prohibición de la esclavitud en suelo dominicano no era gratuita, sino una imperiosa necesidad de hacerse creíbles ante quienes habiendo alcanzado su libertad con la ocupación haitiana, vivían temerosos de que una ocupación extranjera les retornara a la esclavitud.
Es preciso señalar que no fueron aquellas las únicas gestiones que en este sentido hicieron los afrancesados en determinados núcleos de la política haitiana. Frente a tanta hipocresía, Gustavo Adolfo Mejía Ricart apunta: “Era mucha verdad que este patriotismo conservador era algo convencional y de la ley del medio, lleno de intereses y repulsas al idealismo y abnegación diáfanos del otro bando duartista que lo daba todo en el empeño de la tierra libre…”
En razón del plazo fatal que tengo para dejar mi opinión acerca de este texto, debo hacer hincapié en el clima observado por Gustavo Adolfo Mejía Ricart entre dominicanos y haitianos en los momentos en que culminó el empeño trinitario de una Nación independiente. Tras el pronunciamiento del 27 de febrero y la rendición del ocupante, el historiador da cuenta de la situación existente: “En esta capitulación no campea ni mucho menos, el espíritu de un vencedor que impone su ley al vencido, como en similares tratados de esta índole, pues en realidad, no hubo pugna afectiva hasta este momento entre los dos bandos opuestos que componían el haitiano que dominaba allí, y el oriundo que derrocaba su poder, y por espontánea y muy deliberada reacción, abolía el Gobierno implantando por aquel en la parte oriental de la isla”. La coincidencia de este juicio con los expuestos en la citada Manifestación de los pueblos del Este es por demás ratificadora de la relación existente entre haitianos y dominicanos en 1822 y 1844.
Es irrebatible que la ocupación haitiana de 1844 fue un hecho verdaderamente doloroso para la gran mayoría de los dominicanos. Y esto así, porque si bien las circunstancias hicieron partícipe de ello a no pocos sectores dominicanos, estoy convencido, y deseo repetirlo, que cuando Gustavo Adolfo Mejía Ricart concluye que no es cierto que la ocupación haitiana fuera aclamada por todos los dominicanos está diciendo una verdad que se evidenciaría veintidós años más tarde.
La ocupación haitiana conllevó desmanes y violaciones a los derechos de los dominicanos, pero no fue la sangrienta jornada que durante veintidós años de criminalidad llenó de luto a la familia dominicana y avergonzó a las madres por la violación sistemática de sus hijas. Las vírgenes de Galindo de César Nicolás Penzon son producto de una imaginación fértil pero dañina, sembradora de odios gratuitos entre pueblos que precisan de una hermandad y una comprensión que les permita acrecentar la solidaridad, el respeto y el desarrollo mutuos.
No se debe confundir, y así lo evoca Gustavo Adolfo Mejía Ricart cuando trata el tema de las guerras provocadas por Haití contra la República Dominicana, la ambición de presidentes y políticos haitianos con la actitud del pueblo llano. No deja de ser demostrativa y reveladora la conducta de miles de soldados haitianos desertando de las filas de su ejército a fin de no secundar las apetencias de sus altos mandos y la determinación de no luchar por intereses que les eran ajenos.
En cuanto a los dominicanos, hay necesidad de repetir que no era para favorecer a la hipocresía antinacional de Santana, de Báez, de Bobadilla y otros que los dominicanos combatían para defender la soberanía nacional, sino porque estaban convencidos de que en la independencia encontraban la libertad, podían alcanzar la igualdad ante la ley y ejercer sus derechos en la plenitud que ofrece una Nación soberana. El pueblo iba a la guerra henchido de pasión por su patria, por su terruño, su familia, vale decir, por su ciudadanía y el orgullo de su identidad con la tierra y el proceso cultural que les atribuía un perfil propio. Y así como sus antecesores habían luchado y derrotado al inglés en el siglo XVII y al francés que pretendió desposeerlo de todo su territorio, lucharon y derrotaron al haitiano, como más tarde, a partir de 1861, lucharían y derrotarían al español invasor.
Es indudable que Duarte fue, tal y como lo define Gustavo Adolfo Mejía Ricart “el más excepcional de los próceres del período embrionario, presumido es que sea el más puro de los hombres políticos…” A esas virtudes hay que agregar la clarividencia de haber sido el dominicano que desde el inicio de la ocupación haitiana percibió que el pueblo dominicano comenzaba a intuir la madurez del desarrollo de su personalidad histórica, hecho que marcaba toda una diferencia frente a la Nación haitiana, pero también frente a las demás naciones, puesto que la sociedad dominicana había cuajado su propia originalidad y se encaminaba con sus propios pasos hacia su independencia nacional. Duarte comprendió que las particularidades del desarrollo cultural haitiano no propiciaban la posibilidad de fusión y unidad de las dos naciones, que aquellos eran dos pueblos cuyas experiencias históricas les habían llevado a la forja de dos nacionalidades distintas y que, por tanto, en los dominicanos, aherrojados por Haití, se fue creando una voluntad patriótica que solo podía desembocar en la separación.
La diferencia no era un problema de color, y así lo vio Duarte y lo escribió, puesto que comprendió que era evidente la concreción nacional en la parte del Este, la cual tenía su linaje en todo un proceso que desde el fondo colonial venía prolongando sus raíces en una evolución que apuntaba a la configuración de una sociedad con un perfil y una identidad definitivamente singulares.
Desde la primera rebelión de esclavos en 1522, desde el grito de Enriquillo, desde la libertad de hecho en los manieles, desde la defensa contra piratas y corsarios, desde las protestas por la necesidad del libre comercio, desde las despoblaciones de Osorio, desde Penn y Venables, desde las luchas contra la ocupación francesa de la parte oriental de la isla, desde la guerra de la Reconquista, desde la independencia de 1821 venía, paulatina pero vigorosamente, el alma dominicana nutriéndose, en gestos y costumbres, en necesidades y ambiciones, en luchas contra intolerantes, en libertades y soberanía. Y ya en 1844, en los 22 años de ocupación haitiana, se aglomeraron todas aquellas hazañas y todas las esperanzas en una coincidencia generalizada de todos los elementos forjadores del carácter nacional.
No deja Gustavo Adolfo Mejía Ricart de señalar esos hechos cuando esboza la idea siguiente: “En esa realidad de la idea hecha ya acción: unos, los patriotas sinceros, los independientes de raza, dieron la materia prima del ideal, la parte luminosa del concepto patriótico brotado de la niebla misma del alma nacional dormida en letárgico sueño de opresión durante veintidós años…”
La lógica reflexión histórica evidencia que esos veintidós años de opresión aglutinaron el proceso de intelección del concepto nacional en los dominicanos a partir de específicas transformaciones materiales de la sociedad y de las contradicciones en el proceso creador de la identidad dominicana frente a la ocupación haitiana. La reacción del pueblo dominicano en las guerras contra Haití son pruebas irrebatibles de esa realidad. La respuesta dominicana a la traición de Santana en 1861 es también testimonio indiscutible de la sedimentación en los dominicanos de los valores que aglutinan la conformación nacional de un pueblo.


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