Historia de Santo Domingo, de Gustavo Adolfo Mejía Ricart

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(Primero)
Cuarenta años han transcurrido tras la honradora petición que me hicieran Marcio y Tirso de escribir unas palabras dedicadas a su padre, el reconocido intelectual Gustavo Adolfo Mejía Ricart, en ocasión de una exposición de su obra literaria y, básicamente, sobre su extenso quehacer acerca de la historia del pueblo dominicano. Aceptada la encomienda, fue en el marco del Ateneo Dominicano, cuya directiva había decidido rendir homenaje al prolífico hombre de letras, donde tuvo lugar la ceremonia. Allí se exhibían más de medio centenar de sus escritos entre obras publicadas y los originales que daban continuidad al Tomo VIII de su Historia de Santo Domingo, originales que han venido siendo editados gracias a la dedicación de sus descendientes, sobre todo a la de su hijo Tirso, quien estuvo a cargo de dar a la luz pública en el año 2005 el tomo IX.
Entrañables y honradores, los Mejía Ricart me han solicitado participar en la introducción de este X volumen de esa magna investigación. La demanda la precisó Tirso, quien, adjunto a los manuscritos, me entregó una copia de lo expresado por mí en el Ateneo Dominicano hace cuatro décadas. Y lo hizo advirtiéndome lo siguiente: Deseamos publicar este volumen en la oportunidad de la celebración de la Feria Internacional del Libro en este próximo septiembre de 2017. Te he traído las palabras que pronunciaste en aquel entonces porque estoy convencido de que un prólogo sobre el tema desarrollado en este libro exige mayor tiempo de reflexión. Aquellas consideraciones tuyas acerca de mi padre nunca han sido publicadas y mi familia y yo deseamos que ellas aparezcan en este ejemplar. Y agregó: Si quieres revísalas.
Debo confesar que ante la advertencia de Tirso, fijándome plazo para la inclusión de los juicios expresados sobre su padre hace tantos años me provocó algunas dudas acerca de lo pertinente de la aceptación del ofrecimiento. Y aunque me dio el tiempo necesario para su repaso, me hizo pensar que el tema merecía un prólogo que sobrepasara las exigencias de aquel acto en el Ateneo Dominicano. Me duelo desde ya por no contar con el lapso necesario que impone el análisis de una obra centrada en “La Separación” de Haití, vale decir, en el período de la Independencia de 1844.
Sin embargo, el aprecio a mi persona que conlleva la demanda de los Mejía Ricart vence la presunción de poder ir más lejos en el justiprecio de la vida y la labor de historiador de Gustavo Adolfo Mejía Ricart, y me aconseja aceptar el privilegio que expresa la propuesta. Es decir, ante la situación, debo confesar que experimento una suerte de envanecido agradecimiento.
Valga, pues, hoy día, la reiteración de lo dicho en aquel momento:
“Agradezco a la familia Mejía Ricart, el honor de solicitarme exponer unas palabras en recordación de quien fuera uno de nuestros más altos valores intelectuales del Siglo Veinte. Este acto, que por justiciero se torna emocionante, anima en mí la frase con que Anatole France iniciara su homenaje póstumo a aquel gran escritor francés que fue Emilio Zola: “No es con quejas y lamentaciones que conviene hablar de aquellos que dejan una gran memoria, sino con viriles exaltaciones y a través de la sincera imagen de su obra y de su vida”.
“Y resulta fácilmente entendible que Anatole France deseara acentuar con esa oración que la vida de los ciudadanos meritorios se dignifica y crece fundamentalmente en situaciones sociales precisas, sobre todo en aquellas en que se corre el riesgo del atropello moral o físico. Emile Zola merecía sobradamente aquel veredicto por su constante defensa de la verdad y de los derechos humanos en circunstancias en que la sociedad francesa requería, para su sosiego moral y la confirmación de sus virtudes democráticas, de quienes fueran capaces de dar un paso al frente. Permítame entonces señalar, en primer lugar, la integridad ejemplarizadora de la vida de Gustavo Adolfo Mejía Ricart. Y permítanme, asimismo, hacerlo con los recuerdos personales que de este personaje guardo en mi memoria. En la adolescencia tuve el privilegio de escuchar de boca de mi padre la narración de episodios del ayer que marcaron el devenir del proceso histórico de la República Dominicana en el Siglo Veinte y la actuación que en ellos caracterizó la conducta de determinados ciudadanos. Uno de esos sucesos lo fue la primera intervención norteamericana a nuestra Patria en 1916, haciendo mención de los nombres de todo un grupo de dominicanos que tuvieron la entereza de repudiar la afrenta. De allí, de escuchar el nombre Gustavo Adolfo Mejía Ricart surgió en primera instancia, mi respeto y mi admiración”.
“Esos sentimientos se redoblaron al paso del tiempo, cuando pude apreciar su dedicación a la investigación histórica. A mitad de la década de 1940 a 1950, mientras cursaba los estudios del bachillerato, unas veces visitando en la calle José Reyes a los Mejía Ricart, en razón de la amistad familiar existente, y otras desde el hogar de unos compañeros de estudio que vivían justo al frente, observaba a Gustavo Adolfo Mejía Ricart escribiendo de manera incansable”.
“Apresurados por la fecha de los exámenes, atrasados en algunas asignaturas desdeñadas en el curso del año, estudiábamos hasta altas horas de la noche. En ese silencio majestuoso, en aquel barrio mitad colonial y mitad mozárabe, donde la arquitectura isabelina se alza majestuosa en la cúpula de la Iglesia Regina Angelorum, solo un articulado e insistente sonido interrumpía apenas la placidez de aquel vecindario. Noche tras noche, sin cesar, apresuradamente, como si estuviera ganándole tiempo a la vida, se dejaba oír el teclear de Gustavo Adolfo Mejía Ricart en su máquina de escribir. Cuando el ligero y monótono golpeteo cesaba, dirigía mi mirada hacia el ventanal multicolor que dejaba transparentar la figura del historiador y mostraba que aquella pausa se debía a la necesidad de una consulta en la biblioteca que circundaba su estudio, para luego recomenzar incasable hasta el alba”.
“Más tarde, ya estudiante de la universidad, cuando la eventualidad me retenía en horas tardías de la noche por la calle José Reyes, al pasar frente a la morada de los Mejía Ricart, volvía a escuchar, tesonero y sistemático, el tecleo sentencioso. Es decir, al recuerdo del nacionalismo de Gustavo Adolfo Mejía Ricart, se conjugaba mi fascinación por aquel amor al trabajo intelectual, por aquella manifiesta convicción de que era preciso no descansar en la faena de abrirle camino a la conciencia de los dominicanos acerca de la formación de su identidad histórica”.
“Aquí, en esta impresionante exposición de uno de los historiadores dominicanos más fecundos, se encierra, entre lo conocido y lo inédito, un caudal de sabiduría y un esfuerzo humano de inestimable valor”.
“Las características de esta exhibición, abarcadora de más de cincuenta obras publicadas por Gustavo Adolfo Mejía Ricart, obliga a una valoración de conjunto a fin de subrayar los fundamentos definitorios de la orientación ideológica del autor. Es decir, en la aproximación de todo intelectual al análisis de un tema es inevitable el predominio de determinadas normas que desvelan su orientación filosófica”.
“En el historiador se evidencia su concepción liberal a partir de los postulados de la Ilustración y, en particular, al influjo de las ideas positivistas de Hostos en cuanto ellas respondieron a las demandas de instrucción racional de los pueblos latinoamericanos. Racionalismo que en el estudio de las ciencias sociales y el conocimiento de la naturaleza partió de lo concreto, rechazando toda interpretación concebida a partir de un escolasticismo patrocinado por las herencias coloniales. Positivismo el de Hostos que propugnaba por la meditación objetiva frente a los fenómenos históricos y frente a la realidad circundante”.
“A fines del siglo XIX la juventud liberal dominicana encontró en la doctrina de Hostos los conocimientos que les posibilitarían deshacerse, consciente o inconscientemente, del idealismo de aquel escolasticismo instrumentado como ideología de la dominación colonial. La continuidad de una doctrina basada en la interpretación de los fenómenos sociales a partir de principios y contenidos pedagógicos que no correspondían al desarrollo de una sociedad que apuntaba hacia el encuentro de su auténtica identidad nacional, hizo del positivismo hostosiano un método que auspiciaba la aproximación de manera clarividente al conocimiento del origen y las causas de los fenómenos sociales y de la naturaleza”.