Historia de vida -Graciela Azcárate Marina Montoya Vélez: daños colaterales

Marina Montoya Pérez

Hace unos días, (cuaderno de notas, 28 de septiembre 2016) en la prensa de España se publicó un texto del intelectual mejicano Enrique Krauze sobre el desafío que significa Donald Trump y cómo debemos enfrentarlo con nuestra larga tradición, como latinoamericanos de una cultura milenaria, llena de valores y riqueza intangible.
Pensé como buena escritora latinoamericana del Cono Sur que debía hacer eso que dijo Marguerite Yourcenar, eso de que cuando nos tiran un guante a la cara, no debemos enfurecer sino escribir del guante y de la persona que lo arrojó.
Desde hace unos años, estoy escribiendo todos los días para mí en cuadernos para niños.
Como una suerte de sanación por la literatura anoto, recorto, pego, menciono los periódicos, busco las fechas de nacimiento y los pronósticos astrológicos chinos para cada una de las generaciones, y en general, la historia contemporánea me desafía a indagar en los problemas del planeta.
Exploro y trato de acostumbrarme a ese territorio desconocido que es la vejez. Y sobre todo observo cómo se muere la gente, vieja y joven, de distintas formas, de manera prematura, violentamente o dulcemente como una anciana sabia.
Tengo una larga colección de muertes. Hace meses, me llegaron unas noticias de España, del Museo del Pueblo Asturiano donde unas ancianas de manera oral contaban su vida. Las copié en mis archivos, escribí unas historias de vida y por esas cosas mágicas de Internet me hice amiga del director del museo y de un periodista español, editor de una revista que publicaba historias sobre derechos humanos en Latinoamérica.
Publiqué dos historias y el periodista, que participaba en los acuerdos de paz de las FARC y el Gobierno colombiano desapareció de mi universo, nunca más me contestó y tampoco incluyó las historias de vida que habíamos programado.
Como una perra abandonada en la ruta, como eso que dijo lacónicamente Marguerite Duras de la familia y el silencio: “Nunca he escrito, creyendo hacerlo, nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada”, como la frase dicha por la señora Curren en “La edad de piedra” de John Maxwell Coetze me dije: “Te reprocho haberme abandonado”.
Apelé al humor. Me escribí una historia de vida titulada “La señora Curren mueve la cola” e inventé las aventuras de una perra vieja que la dejan abandonada. Ella, intrépida, toma como un desafío ese nuevo abandono y se da a la tarea de explorarlo.
No escribí nada vengativo, furibundo ni al estilo antiguo. No. Me quedé calladita, de bajo perfil, revisé mis historias de vida que están guardadas en la memoria del periódico HOY y las historias que publiqué en la prensa digital donde colaboré. Las releí, las saqué de mis archivos y apelé a la magia de Internet y como en una suerte de activismo cultural, participé en los acontecimientos del mundo.
Bajé mis libros, leí la prensa, y seguí con mucha atención lo que pasaba en Colombia, con el presidente Santos y como al trasluz, en escorzo se aparecieron mujeres.
Mujeres desaparecidas, muertas, “invisibilizadas” como dijo ese editor español perdido en las selvas colombianas. En la prensa española, apareció la mención de un reportaje hecho por Gabriel García Márquez, sobre el relato de unas familias desaparecidas.
Hice memoria. Busqué en mi biblioteca de los colombianos, ahí estaba el libro “Noticia de un secuestro”. Tiene fecha de 1996 y está editado por Editora Taller.
Cuando lo releí, a mí no me importó el relato de los testigos privilegiados sino esa Marina Montoya Vélez, que fue secuestrada con sesenta y cuatro años, que la dieron por muerta, porque era vieja, porque nadie la buscó ni reclamó, y que vivió en cautiverio hasta que una madrugada, su cuidador, un jovencito entrenado por los narcotraficantes de Medellín, que le decía abuela la sacó del bulo donde la tenían secuestrada, le destrozó la cara a tiros y la dejó tirada en la calle como a una perra realenga.
Ahí quedó Marina Montoya Vélez, vieja, invisible, con sesenta años y su hermosa cara acribillada a tiros. Un daño colateral dirían los norteamericanos, de la guerra que desde 1965 se libra en Colombia. Donde la guerrilla, los narcotraficantes y asesinos a sueldo se confunden.
Hoy jueves, 9 de febrero del 2017, en uno de los periódicos nacionales sale la foto del presidente Santos, con una paloma de la paz en la mano y con una acusación de corrupción en el caso Odebretch.
Recordé los últimos meses del 2016 y aquella reunión de presidentes en Cartagena de Indias para apoyar al presidente Santos en la desmovilización de las FARC. Me resultó inquietante ver la foto de Raúl Castro, recibido por la canciller colombiana, en Cartagena como aval del acuerdo con la guerrilla colombiana.
Entonces, se me apareció la cara de Marina Montoya Vélez y me acordé de la asturiana que llora “que se le ha perdido el mundo” y que no sabe cómo pudieron sufrir tanto y aguantarlo y recuerdo a mi editor virtual que me hizo sentir que a pesar de vieja todavía podía dar cosas a la gente a través de la escritura, y sin más abrí mi laptop, busqué mis archivos, saqué la foto de Marina Montoya, escaneé la foto de Santos, de Raúl Castro y la portada del libro y me puse a escribir con una estrofa de la polaca Wyslaba Symborska que dice: “El tiempo apremia: escribo” y ardí mansamente con la frase de la austríaca Ingeborg Bachman : “ Palabra mía, sálvame”.
Marina Montoya Vélez de Pérez nació en 1929, en Antioquia. Fue asesinada por orden del grupo Los Extraditables, brazo armado del Cartel de Medellín que la tenía secuestrada desde hacia tiempo y al estallar el escándalo del secuestro y muerte de Diana Turbay ordenaron su muerte.
“El 16 de diciembre de 1989 Los Extraditables habían secuestrado a Álvaro Diego Montoya, hijo mayor del entonces Secretario General de la Presidencia, Germán Montoya Vélez, hermano de Marina Montoya.
(…) Los Extraditables creyeron haber obtenido en virtud de los diálogos entre Montoya y los interlocutores del Cartel que el proceso de acuerdo despegara. No fue así. Después de la liberación de los rehenes del Cartel incluido el hijo de Germán Montoya, el Gobierno recrudeció los operativos antidrogas y en Cartagena, durante la cumbre presidencial reafirmó su disposición de combatir frontalmente a los traficantes y a sus actividades ilegales”.
Los narcos lo vivieron como traición y Marina Montoya fue el blanco para ejecutar la venganza contra la familia.
Eso encontré en el Archivo Centro de Información Periodística CIP. Pero en el trasfondo lo que debe ser narrado es “la mala muerte” de Marina Montoya Vélez. Murió vieja, sola, aterrada, abandonada por los suyos, por la sociedad hipócrita y patriarcal, por el Gobierno y los políticos, por los guerrilleros de la libertad, tiroteada en su hermosa cara, tirada como una perra realenga en unos terrenos abandonados.
Fue arrojada en una tumba colectiva de NN sin identificación. El hijo fue al hospital donde la habían llevado, rastreó su calvario, recorrió la fosa común y reconoció a su madre por las manos hermosas, pulidas y cuidadas, desnuda, al lado de un niño.

Santo Domingo, viernes, 11 de agosto 2017.


COMENTARIOS