Homenaje a Sacha Tebó

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MARIANNE DE TOLENTINO
Hay artistas de los cuales se recuerda solamente la obra. Hay otros que dejan también en la memoria un comportamiento de nobleza, de afabilidad, de generosidad.  Así lo legó para siempre Sacha Tebó. Tampoco hemos olvidado que ese creador de excepción se decía de “nacionalidad caribeña”.

Es que se sentía haitiano, dominicano, ciudadano de la isla y poblador del archipiélago antillano, por origen, convicción y residencia.

La exposición sencillamente titulada “Obras 1980-1984” propone, en el marco secular y distinguido de la Quinta Dominica, una visión muy rica y significativa de la producción de Sacha Tebó, cuando él trabajaba en pequeña y mediana escala. Una obra inconfundible por los temas tratados y la manera de tratarlos. Una obra a la vez fiel a sí misma y en metamorfosis constante. Una obra que se redescubre con igual curiosidad, placer y asombro.

Exposición. Dibujo, pintura, escultura, mural,  materiales mixtos, Sacha Tebó era un artista totalizante en el aspecto for mal como en la temática, que, de hecho abarcaba la creación, física y filosóficamente, que rendía un tributo a la vida de realidades  a mitologías e ideales. Una gran escultura-instalación, evocamos a la fascinante “Azúcar”- en el Centro León-, con sus trozos-mástiles y velas-manos tendidas, podría convertirse de galera en manifiesto personal, regional y universal,  clamando en contra de la esclavitud, reclamando justicia para todos. Pero intensa también será  una obra diminuta, algunas líneas rectas y curvas, unos puntitos… y “la familia” surge unida y enlazada. De la tierra  su creación se alzaba hacia el cielo y una cuarta dimensión. Las chiguiguas, objeto recurrente en todos tamaños y colores vivos, simbolizaban esa elevación… y el juego –sano- de los niños. Sacha Tebó quería a los pequeños y a la familia, alegoría de esperanza y armonía. Así también consideraba a la mujer, en su pureza, en su maternidad, en sus vínculos con las diosas eternas. La condición humana tomaba la forma de signos, increíble escritura casi jeroglífica, con un potencial de mutación permanente y ascendente. Varios cuadros  se refieren, total o parcialmente, a ese ambiente ontológico y palpitante, visible e invisible como las células de un tejido cósmico.

Tampoco el trascendental Sacha Tebó olvidaba “su” Caribe, las energías y  dotes populares. Los encontramos aquí en un rincón musical de una museografía difícil de realizar y a la altura de la obra. Hay pinturas como el extraordinario “Combite”, recorrido por ondas sonoras y notas personajes, animado por una enorme tambora y un percusionista tentacular. Pero, tal vez será en el “Trío de músicos de jazz”, escultura en bronce, policromada y rítmica, donde mejor escuchamos la partitura mágica del artista.

Agradecemos inmensamente a Angelina, su esposa, y a otros allegados que  hicieron posible esta exposición deleitable que, tal vez sin quererlo, nos estremece cual un homenaje  a uno de los máximos artistas del Caribe. Cada obra, por modesta que sea, atrae la mirada y ameritaria un comentario.

LAS CLAVES

Mitos

1.  “Afrodita” y “La Sirena”

En correspondencia con el uso del encáustico, pintura milenaria, están los temas  de  mitos y deidades antiguas como “Afrodita” y “La sirena” –muy presente en la exposición.

2. Una joya

En particular el “Nacimiento de una sirena” es una joya, combinando estilos, dibujo y pintura, transmutando la figura legendaria en barco… o lo contrario.

3.  Encaústico

 De nuevo recordaremos los orígenes de esta técnica: el encáustico se usaba para pintar los barcos, y el bote de remos es un motivo favorito de Sacha Tebó. El mar, mítico y real, planetario y caribeño, le inspira.

4.  Hermano Pablo

  “El Cortejo”, gestual y lírico, es una obra magistral. ¿Y qué decir de los pelícanos, ave acuática y cantada por los poetas, otro sujeto favorito del artista? Escribía el Hermano Pablo, su amigo, recordando la voz de Sacha.