Hubo una vez

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Jabones, frutas, adornos para la casa, se convertían en ofrenda cada 30 de junio. Composiciones para elogiar el trabajo de esos hombres y mujeres, forjadores de carácter, ejemplos de dignidad, coraje, sapiencia. Coincidía el día con el fin del año escolar y la esperada entrega de notas. Temor, cariño y esperanza, se aunaban. Los responsables de enseñar merecían respeto de las familias que encomendaban su prole al centro educativo, tanto, como el profesado por los estudiantes. El maestro era referente. Ejemplos de vida aquellos ciudadanos. El patrimonio que ostentaban estaba colmado de decencia y dedicación a su labor. La consideración trascendía los límites del aula, del plantel. La reverencia procedía al cruzar la esquina o si había coincidencia en cualquier lugar. Algunos, en momentos cruciales de la vida nacional demostraron su talante. El miedo signó su conducta y se convirtieron en delatores, espías, empero, muchos se erigieron en protectores de una muchachada perseguida sin culpas, solo por el parentesco con opositores. ¿Dónde y cuándo aprendieron esos seres excepcionales? ¿Cuándo decidieron ser émulos de Martí y Hostos, de María Montessori, Gabriela Mistral? Leían y releían el Diccionario Enciclopédico Salvat, El Tesoro de la Juventud, El Libro Mantilla, El Manual de Carreño, Billiken. Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Góngora, parecían cercanos. El conocimiento de Calderón de la Barca permitía decir sin decir, insinuar en época difícil: “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando…”
Dioses y monoteísmo unidos, ninfas, faunos, infierno, paraíso. Música, estrofas de poemas en la conversación cotidiana, versos para corregir. El título que colgaba en la pared de sus casas, al lado de una imagen del Corazón de Jesús o del paisaje de algún lugar ignoto, era de bachiller y en ocasiones, ningún papel avalaba el saber. La ley preveía la enmienda a la ausencia de título, tanto para impartir educación primaria, como secundaria, urbana, rural: “Mientras no se disponga de un número suficiente de maestros titulares, en cada una de las ramas de la educación, el Poder Ejecutivo, por recomendación de la Secretaría de Estado de Educación y Bellas Artes, podrá designar para el ejercicio de la docencia a personas que no posean los títulos requeridos siempre que reúnan las condiciones de capacidad y experiencia necesarias” – Ley 2909-51-. La masiva formación de maestros estaba pendiente. La Escuela Normal creada por Eugenio María de Hostos, inspiró a Salomé Ureña Díaz y en el 1881 inaugura el Instituto de Señoritas. El legado de los dos había sido más que fructífero. En el año 1887, el Instituto creado por la “madre de la Educación dominicana” entregó al país seis dominicanas aptas para educar. Los nombres de las seguidoras de sus enseñanzas estaban por doquier, pero el número era insuficiente. Comenzó entonces la reproducción del modelo. Haber pertenecido a esa estirpe que multiplicó el método de Hostos, replicado por Salomé, sentirse educado por la segunda o tercera generación de las egresadas de esa Escuela se convirtió en seña de identidad. En Santiago, Puerto Plata, La Vega, San Pedro de Macorís, la impronta enaltecía. Leyendas como Ercilia Pepín, Antera Mota, ratificaban el acierto de una formación exigente. Existía “La Escuela Vocacional Complementaria Técnica Artística”. El conocimiento de taquigrafía, mecanografía, de oficios especializados, de habilidades consideradas femeninas, desarrolladas en las escuelas de Economía Doméstica, permitían el desempeño en una sociedad aldeana, cercada por la represión, con élites ilustradas. Hubo un tiempo con maestros. No es nostalgia ni anhelo de lo imposible, es realidad. Sembradores en el campo de la vida, como reza el poema de Román de Saavedra, sin pensar en el fruto sin soñar con la flor. Maestros con apremios, optimistas, que cincelaron vidas. Expuestos al escarnio como el protagonista del entrañable texto de Manuel Rivas “La Lengua de las Mariposas”. Seres que enseñaron a pensar, discutir, a descubrir el valor en la derrota. No les importaba transitar con “el alma en una nube y el cuerpo como un lamento”. Vocación y misión. Hubo una vez.


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