Huchi y Juan B. ¿necesitan defensores?

Juan B Díaz

Me resulta una tarea pesada tener que ocuparme de defender a personas que, en buena ley, no necesitan que nadie las defienda. Huchi Lora y Juan Bolívar han estado sirviendo a las mejores causas de este país por más de 40 años, diaria e ininterrumpidamente. Antes de haber sido comentaristas de de prensa y TV, sabía de las tantas veces que arriesgaron sus vidas y recibieron maltratos de gobiernos y, no pocas veces, de opositores que creen que los comunicadores serios nunca deben darle un solo mérito al Gobierno de turno. Trabajando día a día con Huchi, nunca le conocí debilidades morales como comunicador. Con Juan he cultivado una amistad valiosa, aun por encima de momentos de incomprensión.

Uno piensa que cuando hay muchos méritos acomunalados, día por día, ya nadie tiene que salir a defender personas a quienes nadie debe denostar tan acre y desaforadamente. Aunque hayan cometido algún error o pecado, que no creo que ese sea el caso de estos comunicadores. Nunca he oído denostar a Sánchez ni a Mella por alguna vez haber participado en una actividad anexionista, ni menos a Duarte, que en una ocasión firmó, quién sabe por cuáles apremios, una carta pidiendo ayuda a un gobierno extranjero. Las personas, todas, merecen respeto. De eso se trata la democracia por la que tanta sangre se ha derramado, y de eso se trata el cristianismo, substrato de nuestra cultura.

Si a estos comunicadores, y a otros que corrientemente se oponen a atrocidades de funcionarios públicos, hay que defenderlos con manifestaciones masivas de respaldo, es porque nuestra sociedad y cultura están en gran peligro; especialmente en lo que respecta al libre albedrío y a la libertad de expresión y asociación.

No critico el celo de los ciudadanos dominicanos que tienen razones de sobra para desconfiar de sus élites políticas, empresariales e intelectuales en cuanto a defender la soberanía nacional. Los que lucharon por nuestra independencia a veces fallaron en eso, por temor al enemigo, por pragmatismo o por ambición personal. En todo caso, no tenemos derecho a irrespetar a los que piensan diferentemente: a aquellos que creen su deber defender a los hijos de extranjeros nacidos aquí y declarados por anteriores constituciones y leyes como dominicanos.

El celo dominicanista no nos debe llevar a acciones decrépitas, ni para defendernos de la eterna intromisión extranjera, ni de la inmigración pacífica de ciudadanos haitianos; ni tampoco para defender los derechos de unos que, conciudadanos o no, merecen un trato por lo menos justo y humanitario, desde todo punto de vista.

Los traidores están, seguramente, en otro lugar, y acaso hay temor de señalarlos por sus nombres. Probablemente muchos, que se sienten avergonzados y amenazados, no se atreven a plantarse frente a los poderes reales a exigirles que nos garanticen que el millón de indocumentados no será una carga ni una ni una amenaza para el país. Como muchas otras ocasiones: Seguimos enfrentando el problema que no es; o con la estrategia equivocada.


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