Impromptu del presidente Antonio Guzmán

Ubi Rivas.

El día cuatro del presente mes se cumplieron 36 años de la desaparición física abrupta del presidente Antonio Guzmán, y ese episodio lacerante en la conciencia nacional y en quienes como el suscrito le amamos, concita una reflexión, aspirando insertarla en el bronco y áspero escenario político actual.
Inicio un apretado desglose de la dimensión humana de Antonio Guzmán, la vinculación que sostuve con él, y el legado luminoso que dejó en su trayecto como jefe del Estado. Fue, y es, mi único compadre del alma, padrino de mi hija Francesqua, y su esposa, mi amada Renée, mi única comadre del alma, prueba de ese hondón afectivo, es que no hay día que no los recuerde varias veces.
Confieso siempre que mi gran error fue conceptualizar que la formación académica de Salvador Jorge Blanco decantó mi opción a secundarlo, minimizando la enorme experiencia administrativa de Antonio Guzmán en sus cuatro fincas tenidas por modelos, Bohío Viejo, Cotuí, Jamao y Bobita, y los errores son humanos, recordando a mi querido CuchitoAlvarez que me decía que en el único lugar donde no hay errores es en el cementerio.
El presidente Antonio Guzmán acuñó al país el impromptu que traduce conjugar un verbo, eliminando por siempre las coyundas miserables del exilio y cárcel por motivos políticos, su mayor legado eterno. Eliminó la política en los cuarteles militares y policiales. Inició transporte colectivo. Creó cuatro politécnicos, Conani, Infotep, Conies y Departamento Aeroportuario. Impulsó 40 proyectos agropecuarios que concibió cuando fue ministro de Agricultura del presidente Juan Bosch y trajo la investigación arrocera de Taiwán a Juma.
Rechazó la reelección por principio, y de haber conservado su preciosa vida, en 1986 el país lo hubiese elegido nueva vez. Redujo al mínimo la corrupción. Referente político. Inconmensurable ser humano. Te amaré siempre. Compadre del alma.


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