¿Indignación o pánico?

Rafael Acevedo

Anteriormente, nuestras dictaduras jugaban al “solitario”. Cada dictador podía mantenerse relativamente al margen del acontecer mundial. Los asuntos internacionales eran temas de élites y empresarios; algo después llegaron a ser preocupación y tema obligados de las clases medias. Hemos, finalmente, llegado al tiempo en que verdaderamente, como dijera Terencio, “Nada humano nos es ajeno”; y “todos jugamos contra todos”(Hobbes). Cualquier perturbación en medio oriente nos afecta, no importa en qué rincón del mundo vivamos. “Pertenecemos” a sistemas de acuerdos, de leyes y relaciones comerciales y políticas, regionales y mundiales; nadie puede ya hacer cosas al margen de estas “nuevas realidades”. Los gobernantes del pasado podían ser caciques, caudillos o tiranos, y hasta auto-proclamarse dioses. Los isleños sabían que nadie de afuera vendría a salvarlos. En el mundo de la interdependencia todos vemos todo, y tenemos que ver con todo. Es “mundialidad”, globalización o mundialización.
Cuando jugábamos a las travesuras y a las bromas locales, pesadas o inocentes, si alguien salía dañado, la cosa se quedaba ahí, en lo local, autóctono y autónomo; que solo importaba a los extranjeros cuando afectaba sus planes colonialistas.
Élites y clases medias han jugado por siglos con demasiada libertad a costa del erario y en desmedro de la gente común. Los gobiernos recientes, imbricados (como de improviso) en el capitalismo globalizado, parecen desconocer algunas reglas fundamentales, como las de la transparencia y la contabilidad en la competencia comercial y bursátil, y la de la adecuación racional-funcional en el manejo de los recursos públicos. Han jugado a la distribución del ingreso público como si se tratase de un botín de corsario. Bajo una supuesta “paridad salarial” con el sector privado, se han auto remunerado escandalosa e inicuamente, incurriendo en extravagancias que desquician el sistema de retribución público y privado, siempre a favor de funcionarios altos y medios, en detrimento de obreros y de empleados de bajo nivel. Presionando al alza el sistema general de salarios y precios, y forzando a las clases medias a pagar más impuestos; y exacerbando imprudentemente en los pobres la “revolución de las expectativas” y el consumismo; a un grado de compulsión que no lo resisten ni el sistema salarial del país, ni los ingresos fiscales, ni el PBI. Pero muchísimo menos lo resiste el tambaleante sistema moral de auto constreñimiento tradicional de los dominicanos pobres y de la baja clase media.
El juego está por concluir, la fiesta se termina; pero aún no queda claro quién pagará la cuenta, especialmente la de acreedores foráneos. Mientras, la clase media no atina a definir si lo suyo es indignación, remordimiento o pánico. Es demasiado evidente que no se podrán mantener las nóminas de anodinos e infuncionales. Por su parte, la indignación supone valores morales.
El pánico carece de elegancia y es hereje. Pocos están libres de pecado, el mea culpa será inmenso. Los movimientos sociales tienden a producirse cuando lo que iba bien empieza a ir mal, cuando lo regular cambia para peor. Quiera Dios que autoridades y dirigentes entiendan que la situación no es en absoluto sencilla.


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