Inequidad social

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Thomas Anthony Harris fue un psiquiatra norteamericano nacido en 1910 en Texas, quien falleció a los 85 años en el Estado de California. Su nombre alcanzó notoriedad al final de la década de los sesenta tras la publicación del exitoso libro Yo estoy bien, Tu estás bien. El título del libro se convirtió en una frase utilizada por millones de norteamericanos para reforzar el comportamiento individualista. El tiempo y la historia se han encargado de demostrar la inexactitud de la concepción simplista de que todos los niños razonan con el clise: Yo estoy mal, tu estás bien, en tanto que los adultos maduros piensan: Yo estoy bien, tu estás bien.
El continuo desarrollo y progreso de la humanidad ha tenido mucho que ver con el espíritu gregario de la especie humana. De una forma u otra todos nos necesitamos, nadie por sí solo puede en este milenio autoabastecerse; la interdependencia entre comunidades, pueblos, naciones y continentes es fundamental para el mantenimiento del planeta. El planteamiento selvático de “sálvese quien pueda” resulta dañino para la armonía del mundo. Desde luego que aceptamos como bueno y válido el criterio de la complejidad del enjambre humano. Es innegable que la gente tiene preocupaciones, sueños y visiones distintas. Sin embargo, el hecho de convivir dentro de un espacio geográfico determinado hace que la amenaza de un huracán tropical unifique el pensamiento de millones de caribeños, en tanto que una tormenta de nieve compacta las acciones de todos los habitantes del nordeste americano. Una pandemia que recorra el globo obligaría a implementar políticas similares a nivel mundial.
John Donne, inolvidable poeta británico escribió a inicio del siglo XVII esta inmortal reflexión: “Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti”.
La revolución digital ha traído un inimaginable auge de las comunicaciones entre las personas, a tal punto que podemos ver y escuchar en tiempo real lo que acontece de uno a otro confín de la tierra, sin tener que mover la mirada más allá de la pantalla del teléfono inteligente, o de la tableta, o computadora. Comprobamos sin mucho esfuerzo la inequidad, la poca calidad y la limitada disponibilidad de bienes y servicios en los empobrecidos grupos sociales excluidos. Lo que a unos pocos les sobra a una gran mayoría les falta.
¿Cómo aceptar ética y moralmente como bueno y válido, que en pleno año 2018, una joven de extracción humilde, deambule más de dos años por distintos centros de salud nacional, quejándose de debilidad general, pérdida de peso, anemia y rápido crecimiento del abdomen, siendo tratada sintomáticamente, sin un diagnóstico, permitiendo así que su enfermedad evolucionara a la libre, hasta tornarse en un cáncer incurable, el cual pudo ser tratado con efectividad hace dos años?
¿Cuándo hemos de admitir que muchos niños, mujeres, adultos y ancianos no andamos bien y que morimos a destiempo? Una vida mejor y prolongada para todos es posible.


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