Institucionalidad auténtica

Frente a la falta de institucionalidad que hoy vive nuestra nación se hacen cada vez más escabrosos los caminos para seguir hacia adelante con la seguridad de que llegaremos a una meta satisfactoria para la ciudadanía. Ya superamos la etapa de los actos sangrientos o luchas fratricidas y hemos aceptado vivir en una famélica democracia que nació hermosa y la deformaron las ambiciones, el clientelismo y la corrupción que hoy se comportan como un cáncer social metastásico alimentado por la partidocracia oportunista.
Descartada la lucha armada, habría que ser creativos y buscar un nuevo método de selección de representantes del pueblo, utilizando herramientas que el sistema provee. Aunque nací en la ciudad capital, tuve la dicha de vivir en San Pedro de Macorís, La Romana, Barahona, Constanza, San Francisco de Macorís y Samaná por tiempo variable y breve, pero suficiente para percatarme de que en esos pueblos siempre habían ciudadanos que eran conocidos y respetados por su honestidad, fuerza moral, carisma, conducta cívica y familiar ejemplares, muy al margen de sus condiciones económicas, religión, militancia política o sexo, que en algunos coloquios o reuniones eran llamados “instituciones” por sí mismos, como individuos a los que todos admiraban.
No creo que estemos tan miserables moralmente como para haber permitido que esas “personas-instituciones” ya no existan en el país; no creo que no podamos promover un “voto libre” de ataduras partidarias o sectarias y darlo por ellos y convertirles en nuestros representantes en todas las instituciones del Estado, cambiando la entelequia seudo-democrática que tenemos por una institucionalidad real, construida con la sólida base de hombres y mujeres que, por haber sido electos por todos, sean luchadores por todos.