Itinerario de nuestra oligarquía

Por DIÓGENES CÉSPEDES
07 noviembre, 2009 6:48 pm Sé el primero en comentar

El primer y único encuentro público entre Juan Bosch y los representantes de la oligarquía dominicana se produjo, paradójicamente, en el recinto de la Universidad Apec en 1994, antes de las elecciones generales de aquel año y tuvo por finalidad secreta cerrarle el paso a la presidencia de la República a José Francisco Peña Gómez, quien, acompañado de un candidato a la vicepresidencia proveniente del reformista era visto como una amenaza por el Dr. Balaguer, eterno candidato de su propio partido.

El cónclave tuvo también por finalidad presentar en sociedad al candidato vicepresidencial peledeísta, Leonel Fernández, como futuro candidato presidencial confiable en caso de que Balaguer, luego de 1994, no volviera a ser, por su impedimento físico, candidato, ya que en los mismos predios peledeístas, dado lo avanzado de la edad de Don Juan, este no volvería a terciar en las elecciones presidenciales. Es decir, que lo vivido en ese encuentro de Unapec era el resultado público de unos acuerdos que se negociaban en secreto y cuyo resultado público fue la gran crisis política que se destapó a raíz del fraude electoral reformista en contra de Peña Gómez.

Lo vivido en el recinto universitario, para quienes eran los protagonistas de ese encuentro, era una “mise en abîme” (anticipación) de lo que ocurriría después del 16 de mayo de 1994, como en efecto ocurrió, pues los negociadores llegaron a firmar el llamado Pacto por la Democracia, en virtud del cual Balaguer aceptó, ante el fraude electoral que montó, que se le redujeran dos años de su período presidencial y que se convocara a elecciones en 1996. Y fue aquí donde los protagonistas vieron certeramente lo que vendría: el acuerdo electoral de 1996, eliminados ya por enfermedad y vejez los dos líderes históricos, Balaguer y Bosch, conocido como Pacto Patriótico. Así se recompusieron la reacción conservadora y el poder oligárquico que amenazaban con resquebrajarse sin Balaguer y con un PLD que había apostado toda su vida a la liberación nacional y la lucha de clases conducido por un hombre que esa misma oligarquía había derribado del poder en 1963 al intentar imponer desde la Presidencia una Constitución y un orden burgués para el cual la mentalidad de aldea de la oligarquía no estaba preparada.

Es por eso que el encuentro político en Unapec pareció salido de una novela, pues solamente en la literatura se dan, como ficción, las obras que intentan legitimar una clase o un sector de clase que quienes controlan el poder no están en disposición de aceptar, pues ni mentalmente ni ideológicamente han asimilado la conciliación política que se les propone, sea por la vía pacífica o por la violencia.

Con ese encuentro en Unapec, ya el PLD de Bosch era un boxeador noqueado, si se me permite la metáfora de Rafael Estrella Ureña al claudicar ante Trujillo, luego de su regreso del exilio. Para la oligarquía dominicana, esa que tan bien describe John B. Martin en su libro “Overtaken by Events”, mal traducido al español como “El destino dominicano”, estaba excluido en 1994, y lo ha estado desde siempre, toda idea de instauración de un régimen burgués en nuestro país.

Pero el boxeador noqueado había caído de bruces, a través de lo que llamó “acuerdos tácticos”, no estratégicos, con la FNP de Vincho Castillo, como paso previo al gran acuerdo con Balaguer y la oligarquía. En el primer “round” el boxeador ratificó la tesis de que únicamente los Estados Unidos, a través del Pentágono, eran los únicos responsables del golpe de Estado que lo derribó en 1963. Y en un segundo “round” el boxeador noqueado exoneró totalmente de responsabilidad en el golpe a la oligarquía dominicana. Ahora podía el PLD negociar con ella. Para aportar la primera prueba irrefutable de la exención de culpa, el PLD, a través de sus regidores en el Ayuntamiento, negoció con los reformistas y los perredeístas  la designación de calles y avenidas con los nombres de los más conspicuos golpistas del 63, pero también se colaron nombres de calles y avenidas a conspicuos trujillistas emparentados con dirigentes del reformismo y del PRD. Con esa negociación táctica, el PLD demostró a quien tenía que demostrar que estaba en condiciones de ir más lejos que cualquier otro partido pequeño burgués dominicano en punto a acuerdos políticos estratégicos. Lo cual sucedió en 1996. 

Como las oligarquías ateniense o espartana, aliadas siempre al imperio persa, la dominicana no es capaz, aunque tuvo el tímido intento de Trujillo como ejemplo, de vislumbrar un desarrollo capitalista burgués independiente y nacionalista, centrado en sí misma como clase, pero sin la subsunción total al capital extranjero, el cual apuesta a la oligarquía como clase dominante a fin de extraer de ella la mayor parte del excedente o plusvalía que esta retuira, a su vez, de todas las clases sociales subalternas.

A ese proceso es que el etnocentrismo del capital extranjero y sus ideólogos llaman subdesarrollo. Allí donde fallan la cultura, la ideología y la mentalidad burguesa a causa de la no acumulación de capitales suficientes para pasar a instaurar un orden burgués, los imperios también imponen una visión de minusvalía a las oligarquías organizadas en frentes que aseguren a los persas en la antigüedad y a los norteamericanos en nuestra contemporaneidad la extracción de la mayor parte de los excedentes y la otra parte se redistribuye entre los oligarcas que se acogen a ese modelo económico.

A todo lo contrario de este panorama fue a lo que aspiró Juan Bosch y así lo atestiguan los análisis que realizó acerca de la composición social dominicana, del “desarrollo” económico del país, de sus clases sociales y de su mentalidad pequeño burguesa a gran escala y su rasgo pertinente de tomar la realidad por sus deseos o sueños y no ver más allá de sus narices. Este tipo de análisis explica que a pesar de la enorme acumulación de riquezas a través de la corrupción, de la alta burocracia política involucrada en estos afanes no ha salido el primer burgués peledeísta, pues nueve años en el poder no son suficientes para crear un burgués nato, ya que serlo supone haber pasado previamente por la historicidad y especificidad de la acumulación originaria. Y este paso se traduce en la historia personal del sujeto como burgués mercantil y luego como burgués a secas. Implica también una cultura del ahorro, del trabajo, de la previsión, de la confianza en sí mismo, de la incredulidad como elemento de la totalidad ideológica de esa clase, la separación entre religión y política y una decidida vocación para las artes y la literatura.

Es decir, que el aspirante a burgués dominicano –nuestro acumulador originario peledeísta, perredeísta o reformista- lo único que sabe hacer es cambiar en dólares el dinero de la corrupción y depositarlo en bancos extranjeros a fin de vivir plácidamente y tener una vejez asegurada cuando se jubile de la política y del poder.

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