Jacinto Gimbernard, novelista

POR JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR
I. El autor

Mi primer contacto con la obra de Jacinto Gimbernard se produjo a principios de la década de los setenta, durante los inolvidables años de profesor en el Colegio Loyola, cuando usaba su libro Historia de Santo Domingo (1966), que tan sólidas enseñanzas dejó en una generación de chicos, hoy señores en la madurez que en su mayoría realizan funciones ejecutivas en oficinas independientes, consorcios privados o corporaciones estatales.

Eran tiempos de utopías y de modificaciones en casi todos los órdenes, pero sobre todo en el político –la contrainsurgencia, la feroz represión gubernamental–, el económico –aquel crecimiento que engendró espejismos y millonarios–, y el demográfico –el aumento poblacional y el éxodo masivo–, que en pocos años transformaron la fisonomía de campos y ciudades. En aquella época Jacinto se hallaba inmerso en la filosofía y la psicología y escribió dos obras de ensayo: La identidad del hombre (1968) y Acción y presencia del mal (1974), difíciles de encontrar ahora, pues no han vuelto a reeditarse, pero sin abandonar su labor pedagógico-musical ni sus memorables recitales en televisión, junto al maestro Vicente Grisolía que echamos tanto de menos en los días que corren.

Más tarde salieron otros dos libros que considero fundamentales en su trayectoria: Trujillo. Un estudio (1976), del que se han realizado varias ediciones, en el que profundiza sobre todo en la personalidad del dictador y los factores que contribuyeron al surgimiento y continuidad de su régimen; y Medalaganario (1976), libro en verdad delicioso, que sirvió para popularizar un término de uso corriente desde entonces y que constituyó un best seller en su momento. Es la biografía emocional de su propio padre, en la que despliega su poder de evocación y su maestría de narrador al elaborar una estupenda semblanza de la capital dominicana de principios del siglo XX.

Después de sus Siete historias de divorcio (1981), que tuve el privilegio de reseñar, junto con una entrevista al autor, en la legendaria Revista Ahora, Jacinto se puso a escribir sobre música y músicos, dejando un legado que permanecerá en la bibliografía nacional como hito referencial en la teoría, la crítica y la historia de la música, disciplina de la que se han ocupado sólo algunos maestros en nuestro país: Flérida de Nolasco, Manuel Rueda, Margarita Luna, Aída Bonnelly de Díaz, Florencia Pierret, Arístides Incháustegui (en colaboración con Blanca Delgado Malagón), Rafael Villanueva, Rafael Solano, Catana Pérez de Cuello, Julio de Windt Pichardo y Edith Hernández, entre otros. Las obras de Jacinto a las que me refiero son su texto didáctico Educación musical (1982); Rutas del arte musical (1995) y Rutas de la cultura universal (1997), estas últimas en casetes; Narraciones de vuelta al mundo (2000), en la que agrupa sus evocaciones cuando era concertino de ilustres orquestas, y Treinta relatos sinfónicos (2002), que se nutren de sus vivencias como director de orquesta.

Nuestro escritor es un artista polifacético, sobresaliente en cada una de las disciplinas que le apasionan. Niño prodigio en el más estricto sentido del término, fue violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional desde los trece años de edad, cuando era un muchachito delgado e imberbe, llegando a convertirse en Director Titular de esa entidad a principios de los ochenta, luego de haber ostentado los puestos de Primer Violín de las Sinfónicas de Dallas y Cincinnati, Estados Unidos, y de Konzertmeister en la Sinfónica de Hannover, Alemania. También domina el difícil arte del dibujo, siendo un creador de gran penetración psicológica, como lo prueban los rostros y siluetas hechos a plumilla, que aparecieron en las páginas del Listín Diario durante un lapso de espléndida conducción editorial de ese diario. Su destreza de fotógrafo de fina sensibilidad para captar matices, se muestra en toda su elocuencia en la cubierta de Los Grau, la novela que hoy se pone en manos del público.

Jacinto es ensayista de temas muy diversos, de preferencia culturales; historiador de las vicisitudes de nuestro pueblo en pos de su libertad y desarrollo, una historia que él ha reconstruido con meticulosidad de cronista. Es un memorioso viajero, habiendo escrito algunas de las mejores páginas dominicanas en ese género. Todos conocemos su acertado trabajo de editor en la revista Isabela hace algunos años y, por supuesto, de periodista de certera habilidad para mover la atención del lector con la creación de personajes jocosos que le sirven para satirizar el medio político y social (ahí están sus numerosos artículos en el desaparecido suplemento “Isla Abierta” del periódico Hoy), o para participar con altura en debates de ideas: recuerdo sus trabajos sobre Skinner, cuando aquí muy pocos manejaban la teoría del conductismo.

En un momento de plenitud, Jacinto fue diplomático de altos vuelos y, junto a su esposa Miriam Ariza –la gran pianista que todos admiramos–, dejó una huella indeleble en el ámbito cultural parisiense durante los años ochenta, cuando él desempeñaba la posición de Embajador de la República Dominicana en Francia. Esto fue posible, entre otras cosas, gracias al recital que ofrecieron en la Ciudad Luz, junto al tenor Arístides Incháustegui. Por fortuna, aquella presentación memorable fue inmortalizada en un disco de vinilo que aguarda su conversión en compacto. Desde hace años, Jacinto ocupa la dirección ejecutiva de la Fundación Corripio, cargo en el que Manuel Rueda parecía insustituible, habiendo enriquecido las colecciones de obras y ampliado la cobertura de autores y público que acude a nuestras actividades.

Estamos, pues, ante un artista más que completo. Jacinto es un autodidacta que se formó en su casa, sin ir a la escuela ni compartir con amigos de su edad, bajo la amorosa protección de su madre, doña Concepción Pellerano, y la celosa mirada de un padre vigilante y temperamental, don Bienvenido Gimbernard. No conozco ningún otro caso de un padre que haya significado tanto en la formación integral de un hijo. Pero el aparente perfil kafkiano de su progenitor, lejos de suscitar en Jacinto resentimientos y amarguras, es objeto de un culto que se renueva en cada anécdota, en cada frase dicha al azar, o a propósito de un hecho aleccionador, o de algún personaje que conoció en una época de carencias y forzosa austeridad, cuando el lujo, la ostentación y el derroche eran extravagancias inusuales en Santo Domingo.

Jacinto es un hombre de profunda espiritualidad, pero en su fe no hay atisbos de beatería religiosa, ya que sabe cuestionar, con reflexiones sesudas, los grandes dogmas que sustentan al cristianismo, o cuantas verdades absolutas pretenden imponerse en la conciencia de los seres humanos. Es también un erudito sin poses, un escritor culto cuyos conocimientos se asientan en lecturas de clásicos antiguos y modernos y que se revelan en citas en latín, francés, inglés o italiano; frases que en sus labios suenan naturales, sin asomo de pedantería, ya que representan para él símbolos de un mundo que trata de preservar contra viento y marea, enfrentándose a la pérdida de nociones y valores entrañables. Jacinto es, por otro lado, un conversador que contagia con su galante manera de contar y de traer al presente episodios que parecían extraviados en los laberintos de una ciudad sembrada en su corazón. Su jovial talante de muchacho enamorado e ingenuo no se ha desvanecido con el paso de los años. Su figura aún esbelta y ese rostro sorprendentemente juvenil en el que de vez en cuando asoman los arreboles de la timidez, constituyen facetas de un espíritu sensible, soñador, risueño, optimista, esperanzado en los poderes de una justicia sin privilegios y en los bienes que al alma humana prodigan la belleza del gran arte y la literatura de todos los tiempos.

 


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