Jacques Viau Renaud, poeta dominicano

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POR MIGUEL D. MENA
(Puerto Príncipe, 28 de julio 1941 – Santo Domingo, 15 de junio 1965)
“¿En qué preciso momento se separó la vida de nosotros, en qué lugar, en qué recodo del camino?
¿En cuál de nuestras travesías se detuvo el amor para decirnos adiós?”

Los versos iniciales de “Permanencia del llanto” (1965), de Jacques Viau Renaud, forman parte indefectible del imaginario poético dominicano.

Pocos poemas han logrado imantarnos desde un comienzo, lanzarnos a esa voz seca, reveladora de esas palabras que nos lanzan a lo más seco de la vida.

Viau Renaud es un poeta que extraña y asombra. Para sus contemporáneos permanece la imagen del profesor de francés. Él era el tipo tranquilo que puntualmente caminaba por la Zona Colonial con un aire de misterio, tristeza, como todo buen exiliado. Era también el autor no necesariamente implicado en los manifiestos y recitales de su tiempo, el poeta más que esporádico de Brigadas Dominicanas y la Revista Testimonio.

Al pensarlo, a la memoria vienen aquellos días trágicos de la Guerra de Abril de 1965, sus combates, sus piernas voladas, su agonía, muerte, uno de los entierros más sentidos y cantados por los poetas y artistas de su generación, como René del Risco, Miguel Alfonseca y Juan José Ayuso.

Cuando se lo lee, el contraste se acentúa. Una lectura de sus textos nos podría aconsejar que un poeta así no debería haber acabado de semejante manera. Estamos frente a un autor –uno de los primeros-, que en nuestra  poética reconoce al sujeto que se lleva y se sufre, un cantor no necesariamente milenarista ni realista ni de barricada, como entonces era costumbre. Al subrayar al poeta Viau Renaud estamos frente a los primeros mosaicos del desencanto postmoderno, el mismo que en estos días se nos presenta en toda su crudeza.

Caminar… ¿Hacia dónde?  /  ¿Con qué motivo?   /  Andar con el corazón atado, llagadas las espaldas donde la noche se acumula,  /  ¿para qué?, ¿hacia dónde?

Jacques Viau Renaud fue y es un autor incomprendido, ignorado, mal leído.

Incomprendido porque no se destaca el aliento existencialista de su poesía, más en la zona de un Albert Camus que en la de Jean-Paul Sastre. Ignorado, porque se le remacha eso de “poeta haitiano”, cuando todas las evidencias demuestran que si bien nació en el hermano país, fue tan dominicano como la bandera, por la cual murió.

Mal leído, porque se le incrusta en una poesía de pólvora y de combate de la que su poesía nunca fue esencialmente partícipe.

Jacques Viau Renaud todavía vive en el exilio: el de las antologías, los estudios, la valoración de nuestros fundamentos literarios modernos y de los programas de estudios escolares.

Su tumba en el Cementerio de la Avenida Independencia debería ser parte de un genius loci de esa textura urbana poética a la que nos negamos, sólo conserva el nombre del poeta porque manos piadosas no dejan de escribirlo con carbón, una y otra vez.

Haitiano de nacimiento (Puerto Príncipe, 1941), dominicano por adopción, pasó sus años fundamentales en el país dominicano. El idioma de esta otra media isla –el castellano- fue también el suyo. Vino a República Dominicana  junto a su familia, a los ocho años, como exiliado político, huyéndole a la represión política del país de sus padres.

En relación a sus compañeros de generación, fue un aventajado, al poder leer francés y asumir una amplia tradición en la que se conjugaban los existencialistas ya mencionados con autores de la Negritude caribeña y africana.

“Permanencia del llanto”, publicada en aquellos días inmediatamente posteriores a la Guerra del 65, fue, junto a “El viento frío” (1967) de René del Risco Bermúdez y “Los inmigrantes” (1969) de Norberto James, uno de los poemarios esenciales de la modernidad dominicana. Por desgracia, a sus contemporáneos no les fue fácil semejante lectura, por la tranquilidad de espíritu que la misma requería. Hay que recordar lo reciente que había sido la conclusión de la Era de Trujillo (1961), el derrocamiento de Juan Bosch (1963) y la misma Guerra (1965). “Permanencia del llanto” sucumbió frente a la tragedia de su autor. Al ser recordado por sus contemporáneos, se valoraba más su compromiso personal que sus propuestas poéticas.

Recién ahora es que estamos dispuestos a la asunción de semejante permanencia.

Jacques no solamente está en el comando recibiendo el mortero fatal. Ahora es el poeta que nos lanza por esas aguas de esa fatalidad histórica en la que hemos vivido pero que todavía no queremos asumir. Somos eso: tragedia, llanto, y lo peor es asumir una culpa por un pasado que en este presente es transformable.

“Hablo ahora para todos del agobio que se cumple en nosotros, del abatimiento de la luz en la morada del hombre.

Nos encerramos en nuestra anatomía, tapamos nuestros poros para que ni el aire saboreara el poco de luz heredado.

Hemos pagado caro nuestro miedo de morir.

Hemos pagado caro nuestro derecho de estar solos,  a no sentir y a no ver, a no escuchar siquiera.”

Al igual que Del Risco y James, Viau Renaud pudo verse a sí mismo, entrando y saliendo de las multitudes, encontrando a Whitman y a Neruda, pero también recogiendo el habla de los padres y abuelos.

“El poeta de una isla”, como justamente lo denominara Antonio Lockward Artiles –el gran amigo del poeta, albacea de su obra y editor de sus poemas en 1985-, no llegó a cumplir veinticuatro años de edad.

A pesar de ello, lo que queda es lo suficientemente denso como asumirlo como uno de los pilares de esta poética que nos asombra, que habla del sujeto y no se agota en la persona, entrando y saliendo de un yo y de un nosotros y lanzándonos, al final, por esas calles y laberintos del ser:

“Nada poseemos y sin embargo podemos modelar o levantar pirámides para cobijar el pasado quebrar el llanto que se cumple en nosotros”.

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