JUANA: LA BELLA TRISTE

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“Y murmura al verme la gente que pasa:
“No veis que está loca? Tornadla a su casa.
¡Dice que en las manos le han nacido rosas
Y las va agitando como mariposas!
¡Ah pobre la gente que nunca comprende
Un milagro de estos y que solo entiende
Que no nacen rosas más que en los rosales.”

En las salidas fugaces, entre sesión y sesión de conferencias, la encontraba.
Siempre unos ojos tristes que contrastaban con lagasa rosada del vestido y la majestuosidad del óleo. ¿Quién será esa mujer?, preguntaba en medio de la visión impresionista de una miopía celebrada, porque me permite ver solo lo que elijo y vivir en medio de una amalgama de colores en movimiento, en un cuadro impresionista.
Atrapada por la cortedad del tiempo y la multiplicidad de imágenes que ofrece una ciudad cuando no la hemos visitado antes, arribé a Montevideo con el alma acongojada por el monumento a Alfonsina Storni, esa gran poeta, pequeña, “fea” y robusta maestra argentina, marginada de un ambiente cultural donde reinaban la delgadísima sofisticación de las Victoria Ocampo, y de las escritoras de pasarela. Poeta que en Mar de Plata decidió, emulando a la poeta inglesa Virginia Woolf, suicidarse.
La vi en el “shopping” más moderno de Montevideo, pero también en la Feria de Artesanos de la 18 de Julio. En la entrada de edificios hermosos, cuya herrería nos habla del tiempo cuando el Uruguay era el Uruguay, y en las ventanas de algunos apartamentos desde donde me miraba fugazmente algún habitante de una ciudad que nunca sabrá que por ahí anduve.
Son muchos, cada uno en su celda, su celdita bien alumbrada con lámparas beige y cortinas blancas; el sofá y los cuadros. Otro tipo de enmarcamiento distinto al de las salas con mecedoras, pañitos y flores plásticas de nuestros barrios, pero siempre con la persona, aquí o allá, acomodando con un poco de utilería la celda en que la encuadran.
En un balcón un hombre regando sus plantas y en otro, otro leyendo en un sofá. Una mujer abrazada a un niño. Gente que corre por la playa, ancianos tomados de la mano, sol y arena. Cierta luz y el taxista que me habla de Nueva York y de los bailes con Johnny Ventura y con una anónima mulata.
Y, en medio de todas las imágenes la mirada triste de Juana la Bella, Juana de Ibarborou, de la poeta sureña y pos modernista que es quizás la menos estudiada por la “normalidad” de una existencia donde en apariencia no hubo ni amores tormentosos, ni intentos de suicidio.
La reconocí, finalmente, en el Teatro Galpón, donde fui a ver “El Vendedor de Reliquias”, obra basada en las Memorias del Fuego de Eduardo Galeano. Intento de recuperar la alegría (y de resucitar a una ciudadanía que perdió el entusiasmo vital, el mayor logro de la dictadura) de su director Mauricio Rosencof, quien estuvo doce años preso en un aljibe junto con Sendic, después de Artigas, uno de los uruguayos más respetables.
¡Imagínate que perdí el empleo y me metieron presa por escribir en el suplemento cultural del periódico MARCHA!, me decía Graciela, entonces presidenta de la Unión de Escritores Uruguayos…Y yo le dije: ¡Pero si para cualquier intelectual eso era un honor!
Y, la reconocí, porque cuando estaba en la fila volví a verla y me acerqué a su afiche y a la dependienta del Galpón. “Soy dominicana y escribo. ¿Podría regalármela? Le prometo que la pondré al lado de su entrañable amiga Gabriela Mistral (quien se embarcó en una campaña mundial para que le otorgaran el Nobel), de Delmira Agostini, y Alfonsina Storni. Y la llevaré a una isla, plena de azul y verdes, donde siempre hay sol y no hay que esperar al invierno para que haya verano. Donde no lo imagino nunca, donde no pudo imaginarlo.
Y aquí la tengo, a esta poeta que tuvo tres problemas: Su belleza, convencionalidad, y su asimilación por el poder establecido, el cual la reconoció como “Juana de América”, y la condecoró múltiples veces: Medalla de oro Francisco Pizarro, del Perú; Orden del Sol, del Perú; Orden del Cóndor de los Andes, de Bolivia; Medalla de Oro del Ministerio de Instrucción Pública del Uruguay; Orden del Cruceiro del Sur, de Brasil; Cruz del Comendador del Gran Premio Humanitario, de Bélgica; Orden de Carlos Manuel de Céspedes, de Cuba; aunque Juana sabía que el poder real de una poeta no está en los galardones que recibe, se agencia o procura (a veces a costa de la negación de su ideología, o de orquestadas traiciones, o astutas alianzas) sino en su disidencia del lenguaje establecido, su rechazo a la absurdidad de una cotidianidad que la hace descubrirse siempre en un mundo ajeno y generalmente empeñado en ningunear a todo aquel, o aquella, que lo evidencia o cuestiona, y que vence con su creación.
Dije su belleza porque a Juana no le permiten envejecer. El último revuelo intelectual de Montevideo fue la confiscación de una antología de textos dedicados a ella porque tenía una foto de Juana ya mayor y eso aparentemente amenazaba el patrimonio cultural de la Nación. Y dije su asimilaciónpor el poder establecido porque aún hoy hay quienes, partiendo de las medallas y condecoraciones, no la leen y desconocen poemas como el que transcribo en este ensayo, de quien fue, de las poetas pos- modernistas, aparentemente la más quieta:

“Parpado gris, inmóvil, con arrugas de piel
El brocal de este pozo viejo y abandonado
Ostenta las pestañas de unos troncos de hiedra
Y la ceja herrumbosa de un arco mutilado.
En el fondo, la oblea del agua muda y quieta
En la pupila ciega de este pozo desierto.
¡Pupila siempre fija, por la angustia secreta!
De la imagen inmóvil bajo el párpado abierto!
O, este otro, donde habla de las limitaciones de ser mujer:
¡Si yo fuera hombre! ¡Qué hartazgos de luna,
De sombras y silencio me habría de dar!
…Si yo fuera hombre, ¡qué extraño, qué loco,
Tenaz vagabundo que habría de ser!
¡Amigo de todos los largos caminos
Que invitan a ir lejos para no volver!
¡Cuando así me acosan mis ansias andariegas!
¡Qué pena tan honda me da ser mujer!
Poeta de la “Última muerte”:
“Se me acabó la muerte
Que cultivé hasta ahora”…
Y del cansancio infinito de llamarse Juana:
¡Como mi nombre es repetido: Juana!
¡Como se ha dicho para el mal y el bien!
Juana en amor, y para el odio, Juana.
¡Ay Juana en los sollozos y también
En el triunfal alerta de la diana
Y en la añorante ola del llantén!
Ahora ya solo el eco de algún día…
¡Juaaana de una lejana epifanía.
¡Juaaaana del grito ronco del chacal!.

Juana de Ibarborou.

Poeta que bella o fea, condecorada, decorada, popular o impopular, ermitaña o cortesana, astuta o rural, experta o imberbe en la manipulación ajena, provinciana o snob, puritana o ninfómana, esquizofrénica o solidaria, paranoica o segura de sí, maldita o feliz, bondadosa o mezquina, amargada o hábil explotadora de contradicciones ajenas, sana o loca, siempre cumple años en la única verdad que de ella heredamos: la de su poesía.


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