Juancito Rodríguez recordado por su hija

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Mientras estuvo en el país durante la tiranía, representó una gran frustración para Trujillo que no podía matarla por su oposición furiosa pues a cada instante emisoras cubanas y venezolanas pasaban un mensaje interpelando: “¿Dónde tiene Trujillo a la hija del general?”.

Juancito Rodríguez, el hacendado más grande de la República, propietario de fincas ganaderas, de cacao y plátanos en Constanza, Barranca, Rancho Viejo, Los Guayos, Jima Arriba y Jima Abajo, Tamarindo y Las Canas, ganó ese elevado rango en los primeros meses de su largo exilio cuando patrocinó la abortada expedición de Cayo Confite, para la que también se entrenó.

 Pucha y sus hermanos José Horacio, Juan Porfirio y Elvira quedaron solos en los predios pues ya en 1935, un año antes del rompimiento de su padre con el dictador que prácticamente le obligó a aceptar las funciones de senador y diputado, había muerto María Vásquez López, su madre.

 Fue bautizada María Mercedes  pero pocos la reconocerían por esos nombres. El dolor endureció su carácter en aquellos tenebrosos años en que debió ser soporte familiar cuando el sátrapa mandó a allanar las propiedades del aguerrido exiliado y más de 15 mil cabezas de ganado huyeron despavoridas, la guardia tumbó las puertas  a fuerza de carabinas, asesinaron a “Polo” y a “Emiliano”, el ordeñador y su ayudante, amenazaron  y apresaron al personal que dejaron con vida. “Era el desastre. Es una película que todavía no me deja dormir”, cuenta la intrépida mujer, sufrida, itinerante, hoy sumida en precariedad contrastante con la opulencia de sus primeros años cuando los “Packard”,  “Ford”, “jeeps” rurales y otras marcas de autos de su padre eran novedad en los años 20.

 Gritó “¡salvajes!” a los guardias que le arrebataron al tío Julio que esputó sangre cuando  lo torturaron en la Fortaleza Ozama y murió de la tristeza que le ocasionaron el confinamiento de sus hijos en la isla Beata y los crímenes y persecuciones contra los Rodríguez.

 “El Jefe viene”, le dijeron en la puerta de la prisión en la que salvajemente golpearon al anciano de casi 70 años. “¡El Jefe de usted, no mío!”, corrigió al soldado.

 La confinaron a Moca cuando ya había terminado la carrera de medicina y sólo tenía pendiente la tesis. Vigilada, la capturaron frente al Convento de los Dominicos y la introdujeron a forcejeos en un “cepillo” del SIM. “Dígale a su Jefe que no sabía que yo era tan grande que él y yo no cabíamos en la ciudad”, increpó a sus verdugos y al pasar por el restaurante “El Ariete” voceó a los transeúntes: “¡Aquí me llevan, si me pierdo, ya saben!”

 La casa de otro tío, Doroteo, fue su cárcel. Pasó tres años encerrada, incomunicada, hablaba por señas con los vecinos y enviaba notas a Carmen Natalia Martínez Bonilla dentro de un lápiz labial. Sufrió lo indescriptible cuando envenenaron a Doroteo.

 El 10 de abril de 1950 logró irse a La Habana luego de una visita del embajador “Butler”, de Estados Unidos, a su padre, anunciándole su interés en “pacificar el Caribe” y la solicitud que haría a Trujillo de que dejara salir a su familia y a los sobrevivientes de la expedición de Luperón, de 1949, que Juancito también apoyó económicamente.

 La alegría de volver a ver al progenitor, de continuar los estudios de medicina y ejercerla, se esfumó con la muerte de Alcedo, otro tío que un día decretó que iba para su casa a morirse y le sobrevino un infarto. Como a Julio,  las arbitrariedades del régimen le afectaron.

 En 1959 Trujillo asesinó a su hermano José Horacio, expedicionario de Maimón, y el 19 de noviembre de 1960 se suicidó su padre. “Perdió toda esperanza de volver, no tenía un centavo, le habían matado a su hijo. Embargado por la tristeza, se pegó un tiro”.

 El relato de Pucha se hace extenso por el incontenible llanto que producen tantos recuerdos lúgubres.

Lo que vi.  Es la única de los hijos de Juan Rodríguez García y María Vásquez López que nació en Moca, el 11 de Julio de 1922.

Los demás vinieron al mundo en Barranca. A los siete años leía y escribía y a los once fue ingresada en el colegio Inmaculada Concepción, de La Vega,  hasta graduarse de bachiller.

 “La Pusha”, como le llamaba una religiosa española, fue abofeteada por “la madre Sención del Buen Pastor” cuando declaró frente a sus condiscípulas que todos los Trujillo eran unos ladrones.

Fue el discurso que aprendió a escuchar de su padre, por lo que “mamá vivía prendiendo velones”.

 Es historiadora, genealogista, escritora. políglota. Conoce defectos, virtudes, secretos del exilio antitrujillista en Cuba, Venezuela, Puerto Rico, México, Nueva York, lugares donde vivió mientras estuvo vigente la tiranía.

Narra la vida familiar, política y otras facetas de su padre que pocos conocen, como las causas de su ruptura con Fidel Castro, los trabajos y enfermedades de sus últimos años, su negativa a otros complots que no fuera el atentado personal contra Trujillo, el suicidio…

 Pucha casó con Horacio Julio Ornes Coiscou, sobreviviente de Luperón, el 27 de octubre de 1956. Procrearon una hija: Ileana María.

 “La grandeza de mi padre nada más la conozco yo. No se quejó, no se arrepintió de lo que hizo. Pasé una semana fuera de mi mente tras su muerte.

¿A qué grado de dolor y desesperación llegó para  llegar a quitarse la vida, un hombre de tanta fortaleza?”, pregunta. Y agrega. “A veces me desvelo. ¿Cómo se borran cosas tan grandes?”.

 Gracias a su memoria privilegiada, lúcida, podrá revelar tanta historia ignorada en un libro que ya tiene título: “Lo que oí, lo que vi, lo que viví”.

En síntesis

General Juan Rodríguez García (Juancito)

(Moca,  1886) era uno de los hombres más ricos del país. Junto a su hermano Doroteo, participó en la política en el bando de Horacio Vásquez. En 1930, temiendo sufrir represalias contra su familia, aceptó la postulación como senador del partido del dictador en ciernes.    En 1935 se resiste a firmar la condena del entonces diputado Miguel Angel Roca.   En el 1946  tuvo que exiliarse por no  conseguir apoyo dentro del país en su lucha contra el régimen y participó en todas las expediciones libertarias.