KATYUSKA LICAIRAC ENTRE DRAMA Y COMEDIA

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Una mujer está sola, inmersa en sus cavilaciones en una reducida estancia, solo pendiente a una llamada que puede cambiar su destino, así el teléfono, el sonido del timbre esperado cobra protagonismo.
Se escucha un nostálgico bolero, introito entrañable de la puesta en escena del monólogo “Que no se culpe a nadie de mi muerte”, del dramaturgo mexicano Humberto Robles, interpretado por la actriz Katyuska Licairac, dirigida por la experimentada actriz Viena González.
El autor en su monólogo reflexivo nos presenta el drama de una mujer al límite, presa de una depresión que la ha llevado a tomar la decisión de quitarse la vida, pero deja un resquicio a la esperanza, cifrada en una llamada telefónica, y mientras llega, conocemos las causales, la vida tormentosa que la ha llevado a tal estado.
Víctima de una familia disfuncional, de una sociedad castrante, de doble moral, la tragedia que subyace es presentada por el autor, en una sátira cargada de humor negro y drama, ironía y sarcasmo, que divierte -no importa lo macabro del tema- a un público que busca en el teatro la evasión; así la obra sin duda de contenido, cumple con otra premisa del quehacer teatral: entretener.
Debemos reconocer que asistimos al Teatro Guloya de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, con cierto escepticismo, conocíamos poco a la artista que interpretaría el monólogo, y he aquí la gran sorpresa, Katyuska Licairac, se nos revela como una actriz con un gran potencial dramático, con una dosis de histrionismo que se decanta en cada personaje encarnado; estos personajes son los fantasmas que atormentan a “la mujer” –rol protagónico- y que la llevan a la decisión extrema. La actriz se reinventa, es “la madre” cuyo narcisismo la lleva a repudiar a sus hijas; es “la hermana” díscola, “la abuela” judía, sobreviviente de un Campo de exterminio, que no obstante, por su proceder, discriminatorio, racista, pareciera ser un verdadero nazi; el quinto personaje, en el que Katyuska, alcanza su momento de mayor dramatismo, es “la monja”, una especie inquisidor medieval que la acusa siendo una niña de siete años, haciéndola parecer ser más victimaria que víctima, de los abusos de que ha sido objeto, por parte de un cura perverso.
Hay otro personaje solo evocado depositario de su amor, es un fantasma más que la llena de frustración –la soledad de la infecunda-. La actriz no obstante los patéticos personajes, provoca en el público la risa contagiosa, logrando así con esta paradoja el propósito del autor.

Finalmente el esperado timbre suena…pero ya es tarde. El público absorto, en un acto reflejo se pone de pié y aplaude efusivamente, consciente de haber disfrutado de una excelente obra teatral que catapulta a una actriz, Katyuska Licairac y consagra a una directora, Viena González.


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