La agresión contra Lescot

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Obra de Bernardo Vega relata los crimenes, intrigas y chantajes que caracterizaron la sangrienta enemistad entre Trujillo y un gobernante haitiano

 POR ÁNGELA PEÑA

No se trata solamente del relato de una peligrosa enemistad entre dos gobernantes de países vecinos enfrentados con tal odio que el  rumor general llegó a predecir guerra y hasta se trazó la ruta por donde entrarían las tropas de Trujillo. Más que la indignación manifiesta del dictador dominicano y de un presidente haitiano, “La agresión contra Lescot”, el tercer volumen de la serie “Trujillo y Haití”, que acaba de poner en circulación Bernardo Vega, es un inventario de crímenes, intrigas, sobornos, chantajes, cabildeos, presiones y violaciones por intereses personales, políticos, sentimentales, en el que tomaron parte alcahuetes y adulones de ambos bandos.

 El autor peinó los archivos particulares y el epistolario particular del Generalísimo, en el Palacio Nacional, documentos inéditos del exilio antitrujillista y registros norteamericanos e ingleses para ofrecer impresionantes revelaciones de una histórica disputa que aunque protagonizada entre 1939 y 1946 es reflejo de viejos resentimientos que en esa ocasión se airearon con crudeza.

 Aparte del conflicto, dramático hasta en la humillación de llevarse a suelo haitiano a la amante preferida de “El jefe” en Dajabón, y de ridiculizar a los de aquella población caricaturizándolos en el famoso texto de historia de José Alloza con aspectos casi de simios, cometiendo actos bestiales durante la ocupación de 1922, la obra permite conocer otros significativos acontecimientos ocurridos en la República, entonces sufriendo las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en la que los dominicanos, según se decía, favorecían a Hitler.

 Vega ofrece detalles inéditos de los asesinatos de Tancredo (Quero) y Clemente Saviñón, Arturo y Aníbal Vallejo, los hermanos Ramón, Ángel y José Rivera, Silverio Gómez, entre otros. También de las del opositor Ángel Morales y otros exiliados así como de la presencia en el territorio nacional de un selecto y privilegiado grupo de haitianos, activistas de Lescot, de Vincent o de Trujillo. Los más citados por Bernardo Vega son Edmond Silvain, Julio J. Pierre Audaín, Demóstenes Calixte y Fernand St. Amand, primero hospedados en el hotel “Presidente” y luego domiciliados en la calle  Braulio Álvarez. Pero las menciones de haitianos residentes en el país con fines políticos, son inmensas.

Antihaitianismo

 Mientras aspiraba a sustituir en la presidencia de Haití a Stenio Vincent, Elíe Lescot buscó el favor de Trujillo quien satisfizo todas sus necesidades de dinero hasta el extremo de cubrirle una considerable suma que le fue entregada para gastos oficiales y consumió en regalos a una amante. Cada centavo era registrado en los archivos del llamado “Perínclito” con el mismo celo que las emotivas cartas de agradecimiento del beneficiario quien, para su suerte, tenía a su hijo Gerard en “Ciudad Trujillo” como empleado de la legación haitiana.

 Después que Trujillo lo ayudó a tumbar a Vincent, al que sustituyó, Lescot se volvió contra su protector lo que dio lugar a una rivalidad que más que entre dos jefes de Estado parecía un pleito entre dos mujeres celosas de baja laya. Trujillo sacó todas sus cartas para desenmascararlo. Lescot aprovechaba fiestas patrias de su país para responderle como fiera, estimulando entre los haitianos un sentimiento antidominicano que los excitaba. “La prensa haitiana evidenciaba una amarga hostilidad hacia los dominicanos que apenas disimulaba”.

 Parte de esa disputa fue la campaña antihaitiana llevada a cabo por intelectuales como Manuel Arturo Peña Batlle, Tomás Hernández Franco, Moisés García, Joaquín Balaguer, Carlos Sánchez y Sánchez, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, entre otros que cita el historiador y que crearon, entonces, una considerable bibliografía antihaitiana. Ya antes de estos razonamientos racistas, Trujillo había mostrado interés en blanquear la raza. En un memorándum a Jacinto Peynado, “Presidente gomígrafo”, le decía que había que inyectar sangre nueva en la frontera, especialmente de raza blanca, recomendando enviar judíos y republicanos españoles a esa zona.

 Sin embargo, la política racista antihaitiana se inició cuando comenzaron las hostilidades contra Lescot, según Vega, quien afirma: “Peña Batlle pasó al trujillismo coincidiendo con el surgimiento de la enemistad entre el dictador y Lescot, lo que provocaría que por primera vez en el régimen se iniciara una campaña racista antihaitiana… Peña Batlle sería el portavoz principal de la misma. Su paso al trujillismo también coincidió con la vigencia en España y en América Latina de las ideas falangistas que enfatizaban la hispanidad y Peña Batlle las adoptaría para con ella atacar a los haitianos”. Especula Bernardo Vega que “si Peña Batlle se hubiese pasado al trujillismo en 1932 y se hubiese exiliado en 1941, probablemente nunca hubiese escrito sobre temas haitianos”.

 En el fragor del ataque a Lescot por sus diferencias con Trujillo, que el haitiano atribuía a que “El Jefe” se sentía celoso, Peña Batlle se pronunció en Elías Piña. Dijo que “El haitiano que nos molesta y nos pone sobre aviso es el que forma la última expresión social de allende la frontera. Ese tipo es francamente indeseable. De raza netamente africana, no puede representar para nosotros incentivo étnico alguno. Desposeído en su país de medios permanentes de subsistencia, es allí mismo una carga, no cuenta con poder adquisitivo y por tanto no puede constituir un factor apreciable en nuestra economía. Hombre mal alimentado y peor vestido, es débil, aunque muy prolífico por lo bajo de su nivel de vida. Por esa misma razón el haitiano que se nos adentra vive afectado de vicios numerosos y capitales y necesariamente es tarado por enfermedades y deficiencias fisiológicas endémicas en los bajos fondos de aquella sociedad.. El culto de los muertos lo ejerce un gremio de brujos y hechiceros que practican ceremoniales increíbles con los cadáveres humanos… Esa gente es nigrománticos, seres que emplean los cadáveres con fines mágicos”. Los demás intelectuales lo secundaron, aunque el que más abundó en el tema fue Balaguer con un trabajo que fue premiado.  Vega reproduce fragmentos de todos.

 Juan Bosch, desde el exilio, se fue a favor de Haití. Se dirigió a Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui Cabral y Ramón Marrero Aristy, recriminándoles su antihaitianismo. Después visitaría a Lescot quien colaboró con la causa del exilio obsequiándole 25 mil dólares de su bolsillo. Cuando el haitiano fue derrocado, y estuvo en la pobreza, el político dominicano le hizo llegar tres mil dólares. Después que Bosch llegó a la presidencia Lescot apeló a su generosidad en dos ocasiones, por medio de dos cartas. El gobernante no le contestó ninguna, apunta Bernardo.

Guerra abierta

 Los robos en la frontera por parte de los haitianos aumentaban durante el gobierno de Lescot, asesinaban militares dominicanos, se llevaban las mulas del ejército, los ganaderos se quejaban de la desaparición de sus vacas, Puerto Príncipe, consigna Bernardo Vega, admitía la existencia de “verdaderas bandas de merodeadores”.  Se sucedieron los asesinatos de haitianos y dominicanos en el litoral en tanto que Trujillo y Lescot se declaraban en franca guerra de palabras y denuncias. Trujillo reveló que había sobornado a Lescot y éste paralizó el envío de braceros haitianos a los ingenios dominicanos. Trujillo fue acusado de ladrón y de pro nazi. El “Benefactor”, por su parte, recomendó evitar el uso del creol en la frontera. Lescot planeó romper relaciones diplomáticas y su hijo, Roger Lescot, le llevó la amante al “Padre de la Patria” para territorio haitiano. El FBI reportó que actuó así para poner en ridículo al tirano. Vega ofrece nombre y apellido de la dama.

 Aquí se prohibieron el vudú, el luá y la “ona”, medida haitiana de peso, y se mandaron a Haití volantes clandestinos dando cuenta de las ayudas que Trujillo había dado a Lescot. En Ciudad Trujillo una emisora transmitía mensajes contra Lescot, sociedades culturales declamaban poemas antihaitianos, la prensa caricaturizaba al haitiano.

 Ramón Brea Messina predijo que “en unos 50 años la población de Haití excederá la cantidad de comida que ese país podría producir y sugería una presión cada vez mayor en la frontera dominicana”. El Arzobispo Pittini se alarmó porque lo que desde Haití lanzaba Lescot, no eran rosas. Conmemorando la creación de la bandera haitiana exhortó a los estudiantes:  “… Yo les ordeno odiar, odiar con toda su alma a aquellos que insultan a nuestra raza y a nuestro país”.

 Luego aprovechó el aniversario de la muerte del almirante haitiano Hammerton Killick, para enviar una indirecta a Trujillo. “El haitiano no puede olvidar ni los insultos ni la insolencia. Sabe tomar su tiempo para contestarlos y siempre sabe lo que tiene que contestar, y cómo debe contestar. Una virtud cardinal que poseemos totalmente, es el saber recordar. Recordamos lo bueno, pero también recordamos lo malo que se nos ha deseado o que han podido hacer contra nosotros, para, en el momento oportuno, devolverlo cien veces más”. Agregó que “a pesar de las apariencias, el haitiano se mantiene tan bueno como siempre lo ha sido, pero gracias a Dios, ha mantenido ese temperamento feroz y a veces salvaje que no titubea ante cualquier acción, no importa cuan feroz sea para proteger el honor del país y asegurarle su libertad e independencia”. Trujillo le respondió.

 Bernardo Vega escribe que días después de este segundo discurso antidominicanista de Lescot, Arturo Despradel entregó copia del mismo al embajador americano en República Dominicana, Avra M. Warren, quien lo envió al departamento de Estado con este comentario: “Es una pena que todos estos come fuegos de la isla no puedan ser utilizados contra los japoneses”.

 El libro, de muy bien cuidada y superior edición consta de 381 páginas y está ilustrado con numerosas fotos.