La aspiración insolente

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Leí que la política constituye un ejercicio inteligente para tragar sapos sin hacer la menor gesticulación de insatisfacción. Y no es fácil, porque los procesos de degradación de la acción partidaria impiden la distinción entre la vocación de servicio con el afanado militante deseoso de hacerse un espacio público seducido por la urgencia de movilidad social.
Desde siempre, y convencido de las taras históricas, la noción de una aspiración superior como la presidencia del país requiere de herramientas excepcionales. Técnicamente, todo ciudadano posee la facultad constitucional de competir por el puesto de mayor jerarquía en el tren gubernamental, pero el derecho a una aspiración está degradando el sentido de la competencia hasta colocarlo en un nivel de insolencia.
En la fase conchoprimesca de la nación era entendible que cualquier guardia sin formación, caudillo iletrado y oportunista de poca monta, hiciera de la aspiración presidencial su razón de ser. Ahora, es imposible. Y si bien es cierto, la casta tradicional de politiqueros se llenó sus bolsillos con fondos públicos, no faltamos a la verdad si los últimos referentes que marcaron el ritmo de la política con posterioridad al 30 de mayo de 1961 representaron una categoría de ilustración insigne que prevaleció en la arena partidaria como resultado de sus talentos incuestionables. Con los errores propios de la condición humana, eso sí, José Francisco Peña Gómez, Joaquín Balaguer y Juan Bosch poseían la instrucción y fortaleza en el conocimiento que llenaba de orgullo a sus seguidores.
La creciente tendencia hacia la aspiración presidencial tiene un defecto de origen porque genera la sensación en algunos de que, la calidad y talento indispensable puede sustituirlo el dinero. Tremendo error, ya que la fuerza de los recursos siembra sus posibilidades en ámbitos clientelares que en la medida que no se cubren con las herramientas formativas no tiene posibilidad de llegar a puerto seguro. El país que aumenta sus porcentajes en la franja de indecisos establece las bases de un deseo superior en núcleos ciudadanos ansiosos de establecer identidad y admiración por gente capaz de orquestar ideas capaces de impulsar cambios estructurales en la sociedad.
Nadie es bobo, y menos en un país politizado como el nuestro. Aquí se sabe deslindar los campos porque es innegable el esfuerzo desarrollado por ciudadanos decentes y hastiados de un modelo cuasi colapsado. Ahora bien, el club de rufianes que compran candidaturas, los directivos partidarios que venden por sumas millonarias el uso de sus símbolos, el que articula un proyecto para negociar, los que se adhieren a propuestas presidenciales para mantener su reconocimiento y la versión Morrobel para las elecciones del 2020, están contribuyendo al derrumbe del modelo político dominicano. ¡Muy penoso! Y de paso, la ausencia formativa y la dirigencia canallesca provocaron una noción de lo útil políticamente, sobre el criterio de no provocar ningún tipo de recelos al mesías o amo de turno. Aunque, también al dirigente con alta dosis de formación le urge “asegurarse” con un sí señor que le genere sumisión eterna.
El vendaval de reglas invertidas y las aspiraciones desmedidas tendrán consecuencias funestas en una sociedad en la que la mayoría de los ciudadanos se entienden presidenciables. Desgraciadamente, los partidos no estimulan sus escuelas de formación y enseñan que los bolsillos determinan “triunfos” que constituyen el caldo de cultivo de la mediocracia institucional. De seguir avanzado el fenómeno del asalto de los menos competentes a las tareas públicas estaríamos abonando el terreno para desgracias retratadas como vengadores sociales y redentores de franjas insatisfechas por el fracaso de la “política tradicional”.

Es el síndrome de Graco que anda pululando en el espectro nacional. Y es que el noble hombre corrió con vehemencia hacia las costas de la playa convencido de que los soldados llegaron en su auxilio, percatándose después que en realidad eran sus verdugos.

¿No constituye una locura, tanta gente sin formación aspirando a la presidencia del país?