La calle Damián del Castillo en el recuerdo de José Alcántara Almánzar

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Cuando cierro mis ojos y veo mi calle Damián del Castillo, me detengo en sus casas de madera, con galería, que había que pintar todos los años porque Trujillo lo ordenaba para poder vender su pintura”.
José Alcántara Almánzar, laureado escritor que ha inmortalizado esa vía en sus historias y cuentos, se remonta a los años 1950 y 1960 para evocar infancia y adolescencia en ese lugar que se esfumó del mapa de la ciudad a partir de 1976 pero que no se ha borrado de sus recuerdos y vivencias.
Hoy es un pedacito de lo que fue, pero en los tiempos en que la habitó el sensible intelectual, era un reflejo en miniatura del país, poblada con gente sana que apostaba a la ilusión abonándose a un billete de la lotería, celebrando con moderación las Pascuas sorbiendo licor de menta o de anís, escuchando a Paco Escribano, y que tenía entre sus pobladores a Kali, la contorsionista del elenco del “maestro de la risa y archipámpano de la carcajada”.
José vivió allí desde los cinco hasta los 21 años. Sus evocaciones se volvieron trágicas cuando el régimen de Trujillo arrestó a su hermano mayor, Hugo Quezada Almánzar, acusado de participar en un complot para derrocarlo. “Recuerdo el desasosiego de mamá y papá, angustiados por el hijo desaparecido”.
Entonces comenzaron a atormentarlo las interrogantes sobre el hombre al que todos loaban.
Hoy, entrevistado sobre ese entorno desaparecido, piensa que el chino de la acera de enfrente casado con dominicana con la que procreó hijos y que un día salió y no regresó jamás, quizá fue muerto o desaparecido por “la Era”. O se suicidó, asfixiado por el terror.
Daniel Santos, Paco Escribano, Ramón Francisco, César Batista, encarcelado y torturado por sicarios trujillistas, el periodista Joaquín Suero y su esposa Albania, los padres de Jazmín Objío, los Hirujo y otros, afluyen a su mente como película que pasa por sus ojos, como chorrera inagotable matizada por la experiencia triste que fue mirar a su madre, Ana Almánzar, negada a marcharse de la Damián cuando Balaguer dispuso demoler sus viviendas, arrasarlas, para construir la avenida 27 de Febrero.
“Mamá se quedó ahí hasta que tumbaron la casa. No quería mudarse, se deprimió, tenía allí raíces muy fuertes. Hizo crisis, extrañaría a sus marchantes, al vendedor de carbón, a los vecinos, a muchas cosas que llevaba en su memoria, en su vida emocional”.
Es increíble el arraigo de José en esa calle y sorprende la precisión con que cita nombres, apodos, oficios, entretenimientos, sucesos, a pesar de que era el muchacho estudioso del colegio “La Milagrosa” y “Don Bosco”, en los que su padre José Dolores (don Lolo), propietario de guaguas que viajaba a Barahona, se esmeró en educarlo.
Desde la casa número cinco, ubicada entre las Jacinto de la Concha, París, Francisco Henríquez y Carvajal y Juan Bautista Vicini, Alcántara inicia el recorrido de cuanto vivió en ese trozo de Villa Francisca reflejado en “El muertico”, “Los demonios que habitan nuestros días”, “La humillación”, “Con papá en casa de Madame Sophie”, entre otros cuentos.
Viaje por la Damián del Castillo. “Doña Sofía vivía sola, tenía un billete exclusivo de la lotería, el 14272, lo recuerdo porque mamá lo repetía. Vivía en la casa número 12”, cuenta José, quien a todas las señoras antepone doña, pues el respeto se imponía hacia los mayores y entonces él era un niño.
En su acera residía Vitalia, cuya sobrina Guillermina se hizo monja. No está seguro del parentesco, pero doña Vitalia nunca se casó. Vivía en la única casa de madera de dos pisos. “Creo que Guillermina después colgó los hábitos”.
Seguían Obdulia, que vendía carbón, los Alcántara y la siete, una vivienda de tres piezas, con tres puertas, que habitaban distintas familias, entre ellas el poeta Ramón Francisco, la bailarina y contorsionista Kali, “la mujer serpiente”, que actuaba con Paco Escribano en el teatro Julia, dice. Kali, agrega, era una mulata alta, delgada, que atraía a muchos jóvenes. También ocupaba una parte Dalila, la mamá de Beatriz, madre de Jazmín Objío. Los padres de la cantante se casaron ahí y José estuvo en la boda.
En la número nueve vivía la familia Ríos: Ana María, Fefa, Ernesto, Carmela, El Rubio y Fernando (Nando), hijos del señor Ríos, que enviudó.
En otro domicilio de madera, de tres puertas, vivía doña Tavita con sus hijos Minerva, Ernesto, Bienvenido y Luis. También “La China”, madre de Gerardo, y una casa antes de la Juan Bautista Vicini, estaba la familia Hirujo: el sacerdote Santiago, Ramón (Monchy), ahora médico y su papá, Félix Hirujo, “que tenía un colmado”.
De la acera de enfrente dice tener recuerdos difusos. Vivía una señora, madre de Mackenzie, que sufrió un golpe cuando San Zenón y quedó un poco trastornado.
En la casa 10 residían los Stades, Juan, puertorriqueño, y doña Matilde, padres de Elena, casada con César Batista; Gladys, Celeste, Rafaelito, Carlos, y al lado de ellos “vivía doña Juanita, costurera, madre de Rosa Australia y Mireya Francis. Con su trabajo no solo vestía muy bien a sus hijas, sino que las hizo profesionales. Era poco frecuente que dos muchachas de ese barrio fueran universitarias”.
Estaba la compraventa de Objío, el padre de Jazmín, “que creo se llamaba Mario”, y hubo otro negocio, “El pequeño gigante”. El dueño “era Felito, pero fue posterior a los Hirujo”. En la Damián del Castillo con Abreu “había una ferretería”.
Doña Chela vivió allí con sus hijos Teresa, Guarín y Fafín.
Paco Escribano está muy presente en las evocaciones de José, no solo porque a veces asistía a sus presentaciones sino porque “era escuchado por todo el mundo, lo podías oír caminando por la acera”.
Menciona burdeles, celestinas, trabajadoras sexuales “de cortina” que iniciaban en el sexo a los adolescentes, la vida en los patios, el terror del trujillato y otros hechos que han sido inspiración para sus obras.
La calle. Comenzó su descalabro tras el ajusticiamiento de Trujillo cuando las turbas destruyeron bombillos, alcantarillas, postes del tendido eléctrico. El deterioro continuó durante la Revolución de Abril, pues la Damián del Castillo quedó en el cordón que separaba a los estadounidenses de los constitucionalistas. Finalmente, con Balaguer, la calle fue destruida, arrasada, desnaturalizada.
Dice que la última vez que la vio sufrió vértigos. “Es la degradación total, la imagen que veo no es la que tengo”.
Y acota: Vicente Aleixandre decía que la memoria de un hombre está en sus versos, pero la mía está en mi calle, donde me crie, soñé, estudié, pasé mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud”.