La corrupción sistémica versus el ciudadano

Rafael Acevedo

La idea original era que el Estado protegería al individuo, y que el individuo estaría dispuesto a ceder parte de sus libertades y de sus derechos a cambio de esa protección y de una serie de libertades, seguridades y beneficios. El ogro bueno, el monstruo que representa esa maquinaria institucional, que monopoliza la fuerza represiva, el aparato del orden y la paz pública, tendría como fin principal e inalienable la felicidad individual y colectiva.
Hasta ahí el invento iba bien. Pero la corrupción, la acumulación de riqueza y poder y continuidad sin límites; pervierten todo ideal administrativo y aniquilan los propósitos de funcionarios que acaso alguna vez pensaron en hacer las cosas como Dios y la Constitución mandan.
Lo que se vive diariamente infunde un temor difuso sin límites de espacio y tiempo. Porque ni siquiera se ve por dónde ni cómo la frustración y el coraje podrían llevar a algún lugar.
Hemos arribado al momento en que la crítica social se ha hecho inexistente. La llamada oposición carece de capacidad de hacerse escuchar y respetar. Y su crítica es débil, opaca, inoperante.
Antiguamente, los medios de comunicación surtían efectos de consideración. Hoy día, el monopolio y la enorme diversidad de medios, y la atomización de las audiencias producen una situación de indefinición de las voluntades individuales; y ni los partidos políticos ni los movimientos sociales tienen vocación ni capacidad de canalizar los anhelos de la población.
Por su parte, los funcionarios parecen estar demasiado ocupados en reelegirse, reeditarse, o en todo caso salirse con las suyas; dejando muy poco espacio para las tareas de administrar y gerenciar las funciones correspondientes a sus cargos.
Los hay quienes utilizan todos los recursos a su alcance para cuidarse de lo que les pueda venir cuando alguna vez tengan que entregar el puesto.
Los subalternos, aun los de menor rango, suelen manifestar indiferencia, prepotencia e invulnerabilidad respecto a su abandono manifiesto de sus responsabilidad. Como quien dice: “Denúnciame, si quieres. Mi jefe está en lo mismo que yo y está obligado a apoyarme”. De hecho, la conducta permisiva, la discrecionalidad medalaganaria de los subalternos ha llegado a ser imposible de controlar por parte de los funcionarios de primer y segundo nivel. A menudo, amparados en mafias gremio-militarista, que desafían todo poder formal y estatal, a los ojos de todo el mundo sin que nadie se sonroje ni intente dar explicación sobre los habituales desplantes y sublevaciones contra el poder societal legítimamente establecido.
El problema, pues, no es meramente si eligen de nuevo o reeligen; o si viene alguien aupado por lo viejo.
Un panorama de anacronismos y asincronismos amenaza con profundizar la corrupción, pero muy pocos son intelectiva y emocionalmente capaces de imaginarse cómo sería la cosa en los próximos años si estas siguen el curso actual. No se ve, por ninguna parte, por dónde habría de venir una solución… o al menos una mejoría. Nunca como ahora vivió nuestro país una situación en la que la responsabilidad individual deba ejercerse con mayor sigilo y presteza.


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