La dama, el mujerón, la señora, la mamá, la abuela, la nana: la mujer

Ella era bastante alta, de tez muy blanca, aunque su pelo rizo revelaba que era una hermosa mulata. Nació en 1909. A sus cuarenta años, su vestimenta discreta la hacía ver mayor aunque su ímpetu al montar un alto caballo expresaba por sí mismo, que era una mujer con mucha fuerza y coraje.
Ella era capaz de desarmar a los hombres que se peleaban por cualquier cosa en el campo-les quitaba los cuchillos-.
Usaba un pantalón largo debajo de una falda también larga- para facilitar montarse como lo hacían los hombres- las mujeres no podían ni debían montar un caballo como los varones, a menos que usaran un pantalón debajo de la falda.
Se levantaba con el sol. Tomaba un machete, un termo de café y arriaba su caballo hacia una pequeña finca, el patrimonio que debía manejar para terminar de criar a sus seis hijos. Su esposo murió.
Entrada la tarde llegaba cargada de los insumos para la alimentación de la familia, que consistían en todo lo que se podía sembrar hasta que el cacao o el café maduraran para venderlo y así comprar los demás para vivir.
Era además modista, muy creativa; como en el campo la gente no cambiaba mucho de ropa, sus confecciones estaban destinadas a las jóvenes y mujeres que todos los meses iban a la misa que ofrecía un cura que visitaba la comunidad el primer viernes de cada mes. Sus hijas siempre estaban bien puestas, servían de modelos para lucirse en el patio de la capilla antes o después de oficiarse la misa. Cuando iba a la ciudad compraba “figurines”, así le llamaban a las revistas de moda y ella copiaba y adaptaba las modas que veía.
Además de trabajar la tierra, se dedicaba al arte de la moda, y para poder dedicarle tiempo a la zafra de fines de año, compró dos máquinas más para que dos de las hijas que aprendieron a coser la ayudaran.
Por razones que no puedo explicar en este espacio, ella debió vender su finca y emigró a la ciudad con su familia. Ya tres de sus hijos se habían casado. Compró una modesta casa y un “banco” en el mercado-así se le llamaba a los espacios adquiridos para vender frutas y vegetales-. Trabajaba jornadas extremas.
Cuando salía del mercado en horas de la tarde, recorría largas distancias para buscar la lechuga que debía vender al día siguiente en el mercado. Trabajaba como muy pocos hombres. Enviudó a los 32 años, nunca más se casó, porque todo su tiempo y esfuerzo era para sus hijos y siguió trabajando más para muchos de sus nietos.
Ella, llena de juventud, era cortejada, pero era en vano. Esa viuda era respetada. Su honestidad no tenía límites, su nobleza era digna de un gran título, su honradez, dignidad y entrega al trabajo la hicieron merecedora de que le llamara EL MUJERON. Esa fue mi abuela Gertrudis Mena, mi orgullo por formar un matriarcado en una época muy difícil, en la que el machismo se imponía, pero mi viuda y joven abuela lo doblegó.
Este 8 de marzo, rindo homenaje a mi abuela, la mujer que me marcó para toda la vida y junto a ella debo mencionar a doña Tata Toribio, mi suegra, Elena Cerveto, mi madre que ya no está, mis tías que viven, y todas las mujeres que debemos recordar en este día por sus aportes desde todos los ángulos. Se le sirve al país hasta predicando con el ejemplo.


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