La delicada frontera

Gabriel García Márquez refiere en un cuento que el dentista le preguntó al alcalde, con ironía y una zurrapa criolla increíble: dónde le mando la cuenta ¿a usted o a la alcaldía? Y el funcionario con descaro y socarronería le respondió: da lo mismo.
Para el alcalde no existía la delicada frontera entre lo tuyo y lo mío, entre el patrimonio público y los recursos privados. No era una actitud personal, era una conducta aprendida del largo ejercicio de la corrupción que tiene como sombrilla la impunidad y la complicidad de todo el andamiaje del gobierno: Poder Ejecutivo Congreso Nacional, Poder Judicial.
Hay que sumar la callada y mansa actitud de los pueblos que soportan los golpes con que se maltrata a los burros, un palo al lado de las orejas, propinado por sus conductores para que vuelvan al camino.
El problema es viejo, forma parte de la terrible lucha entre el mal y el bien, en la cual lo mal hecho es premiado por cómplices inauditos y lo correcto encuentra tímidamente el reconocimiento que debía ser permanente.
Tengo que recordar la visión de Hipólito Mejía quien, para la campaña presidencial del año 2012, se refería una y otra vez al cáncer de la corrupción que corroe la hacienda nacional.
Puso el asunto en la agenda política nacional como prioritario pues sin la corrupción en el gobierno. el pueblo tendrá acceso a más obras públicas que benefician el bien común sin que los dineros del erario engrosen los bolsillos de ladrones poseedores de fortunas indecentes mostradas con el mayor descaro.
La corrupción es más que disponer de lo ajeno, desviar fondos públicos hacia las manos de delincuentes de cuello y corbata que actúan como perdonavidas.
La corrupción es un ejercicio que le resta respiración al pueblo, que requiere de recursos e inversiones que les permitan perseguir y conquistar el derecho a vivir feliz, a vivir sin temor.
Muchos se pierden en la hojarasca, en los pétalos mustios que se caen y manchan el recuerdo de la belleza de las flores, muchos apartan la vista para fijarse en la lejana y difícil paja que se pierde en el aire.
La corrupción invade todos los campos, corrompe todo el accionar de los gobiernos. Cuando se permite el desvío de los fondos no hay recursos para educación, salud, seguridad ciudadana, combate a la criminalidad, inversión en la agropecuaria y la silvicultura, en fin, para la inversión en la gente, en el bien común.
Ese es el problema principal, lo demás es divertimento para engañarnos, un amagar y no dar.
Eso tiene que ser erradicado de la vida nacional, aunque le pese al demonio y a toda su compañía, como decía mamá.


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