La equivocada e inútil búsqueda del mesías

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A lo largo de la historia, la existencia de grandes líderes ha sido determinante para el desencadenamiento y discurrir de la generalidad de los procesos políticos, económicos y sociales; eran los tiempos de la gran distancia que en términos de conocimientos separaban las élites dirigentes de la población. Con las grandes transformaciones que se ha producido en la generación y difusión del conocimiento en el presente, esas diferencias se han reducido enormemente, y con ella el redimensionamiento de las funciones de los grandes líderes e incluso de las condiciones para la aparición y funciones de éstos. A pesar de esa circunstancia, en nuestro país no deja de expandirse el lamento por la inexistencia de grandes líderes y la inútil búsqueda de uno que nos conduzca a la redención.
Muchos no calibran en su justo término que, final y afortunadamente los grandes líderes de opiniones y verdades incuestionadas e incuestionables son inútiles en estos tiempos, que la enorme capacidad de producción y circulación de conocimientos determina una necesaria y sostenida especialización en particulares ramas del saber y el final del monopolio del conocimiento de las élites, de un gran líder, de los centros académicos o de intelectuales. De ahí la imprescindible división del trabajo y consecuentemente, de nuevas formas de dirección o de liderazgo para la conducción de los procesos políticos, empresariales y comunitarios. Este fenómeno lo ha producido la sociedad en la lógica de su discurrir, y por eso hoy las sociedades modernas difícilmente producen esos líderes o mesías que tantos imploran, y que no pocos pretenden ser.
Los dirigentes o jefes políticos son indispensables para encabezar e impulsar los proyectos de transformación de las sociedades, pero éstos serán eficientes y efectivos en el presente si se convierten en líderes colectivos, como ya lo decía Antonio Gramsci hace ocho décadas. Sin embargo, aquí tenemos a algunos líderes o dirigentes que, desconociendo la diversidad y extrema cantidad de conocimientos, se muestran reticentes en escuchar las opiniones ajenas, sobre todo de aquellos que les están cercanos. Desconocen que la grandeza y eficacia de un líder político está en su capacidad de convencer a la población sobre la pertinencia de sus propuestas y que esta capacidad se aprende convenciendo, negociando y aprendiendo de sus cercanos. En eso Mandela ha sido el gran ejemplo.
El aforismo de otros tiempos: “ciencia es potencia”, saber es poder, cobra nuevo sentido en la sociedad moderna, mientras más conocimientos integra un dirigente a su proyecto en términos colectivos, mayores serán sus posibilidades de lograr sus objetivos y de crecer como tal. Sin embargo, la propensión de muchos dirigentes o líderes políticos sigue siendo la de sentirse a gusto principalmente con gente que no les cuestionen o de discreto talento. Por eso, la gente de mayor talento se aleja de la política, y los mediocres se multiplican en la conducción de la cosa pública, siendo esta una de las frecuentes críticas que hoy se hacen a la política y a los políticos.
En tal sentido, no necesitamos un gran mesías, sino líderes y liderazgos colectivos con capacidad de articular las fuerzas políticas y sociales realmente existentes para producir el cambio.


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