La fábula del extraño delincuente

Fue sorprendido dentro de uno de los más grandes establecimientos comerciales del país; había destruido mercancía valiosa e incendiado varios locales internos. Le agregaron la acusación de intento de asesinato por golpear al vigilante.

Nada encajaba en teoría o en la práctica para explicar el incidente porque se trataba de un profesional sin problemas económicos. Hubo una hipótesis de que actuó con alguien que escapó de la escena, porque se perdieron muchas joyas preciosas y mucho dinero de cajeros destruidos, pero mucha gente ligó esas pérdidas a la actuación de oportunistas que llegan a escenas de desastres, incluyendo representantes de las autoridades con “debilidades” especiales.

Cuando leí la noticia recordé todos los planteamientos sobre el auge de la delincuencia, en particular aquel que la liga a la pobreza, los vicios y la grosera injusticia social que estimula el afán de muchos por cambiar de estatus rápidamente; pero de nuevo volví a mi reforzada creencia de que, por encima de esos factores está el abandono de los valores familiares, la ignorancia de por medio y el supremo irrespeto por la vida humana. Vale agregar, que se ha propagado el menosprecio a Dios y, según algunos teóricos modernos, “si Dios no existe, todo está permitido” y todos podemos ponernos el traje de él para hacer lo que nos venga en ganas, incluyendo acabar con otras vidas.

El extraño delincuente tenía un año en prisión y su caso ya nadie lo recordaba. Pero salió de nuevo a la luz pública cuando dos reclusos aparecieron misteriosamente asesinados en un baño del recinto penitenciario: Eran los criminales que hacía dos años habían asesinado a su hija.