LA FIESTA DEL CHIVO ¿MANIPULACIÓN O VERDAD HISTÓRICA?

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La primera condición de las novelas históricas es que las obras se presentan como inacabadas, es decir, que permitan y demanden que se las prosiga. Para Bajtín el “inacabamiento de principio” y la “apertura dialógica” son sinónimos. Para el autor ruso la obra “acabada” es la obra históricamente liquidada, la que ya no le dice nada al lector (al escritor) de hoy, lo que no le permite decir nada. La obra inacabada, por el contrario, es la obra prospectiva, la que avanza a través del presente y puja hacia el porvenir. La obra inacabada es la necesidad que tenemos de una invención, y comprobamos al respecto que el novelista crítico más exacto, el más respetuoso, es aquel cuya invención logra prolongar la del autor, hacer que este entre a tal punto en sí mismo que él sabrá hacer de su imaginación una parte del saber propio.

En la República Dominicana tal vez el caso más polémico de una novela escrita sobre un período histórico determinado, lo constituye “La Fiesta del Chivo”, del novelista peruano Mario Vargas Llosa, publicada en el año 2000. Dicho autor “cuenta la historia” de un déspota, (Rafael Leónidas Trujillo), que gobernó nuestro país durante más de treinta años, mediante los medios más oprobiosos del miedo, el terror y la sangre.
Vargas Llosa no solo narra un suceso vivo, aunque distante—tanto que todos los testimonios sobre él vienen ya de una tradición histórica–, sino que evoca simbólicamente su desarrollo en una época precisa de ese pasado. No es tanto la exactitud de los datos, desde luego el amontonamiento de estos, lo que define el carácter de la novela, sino la pretensión de recrear una “atmósfera históricamente violenta”, en general mucho más animada y coloreada que la que los escuetos datos de la historiografía dominicana suelen esbozar.
La ficción nos invita a una aproximación a hechos y personajes mucho más libre que la del relato histórico escueto. No son tanto los grandes hechos por sí mismos, sino que por la recuperación en la vida de los protagonistas (Pedro Livio Cedeño, Huáscar Tejeda, Zacarías, De la Maza, Imbert Barrera, Roberto Pastoriza, Estrella Sadhalá, García Guerrero, las hermanas Mirabal, entre muchos otros), que bien pueden ser héroes medianos, personajes atractivos, pero no aquellos que merecen un primer plano histórico, lo que el novelista nos cuenta, invitándonos a convivir con ellos sus penas y triunfos. O bien, si el protagonista de verdad es un gran héroe, un personaje de primer rango real, la novela nos ofrece una visión próxima, más íntima, más sentimental que las que registran las crónicas. Tanto en uno como en otro caso la peripecia dramática en “La Fiesta del Chivo” viene presentada en un contexto histórico que determina, en cierto modo variable, el destino de esos personajes, (víctimas y verdugos), visto desde una perspectiva de héroes atrapados en el dilema de una comunidad temeroso y cómplice.
El mundo de la novela histórica no es el de la realidad, aunque algo, más o menos, de esta espejee. Es un mundo donde el lector penetra a riesgo personal, y que puede resultar peligroso tomar por auténtico, como les ocurrió a Don Quijote y a Madame Bovary. Lo narrado en “La Fiesta del Chivo” es, decididamente, irreal, y tiene unas pretensiones relativamente modestas, si se las compara con otros géneros poéticos, para un público muy difuso y amplio, fuera del contexto sesgado de la República Dominicana.
En “La Fiesta del Chivo” hay una especie de “mala conciencia” respecto al poder de la literatura sobre la realidad; y este “realismo utópico” revela un conformismo social, que tal vez parezca un optimismo infantil, por su aspecto sentimental; pero que en el fondo descubre un pesimismo y una cansada desilusión de un conglomerado atrapado por los fantasmas y deseos de su propia libertad, a través de las sendas inciertas del porvenir.
La novela histórica, pues, juega a que juega. O mejor dicho, su verdadera propuesta sería: juguemos a que esto (que leemos) no es juego (sino “documento”). Vista así tal superfetación (como la llamaba desdeñosamente Balzac), resulta un complicado artificio. Lo que el autor-transcriptor propone al lector no es la realidad, sino (como diría Barthes) “un efecto de realidad”. En fin, ninguna definición convendría mejor a la novela histórica que aquella que Julia Kristeva aplica a la verosimilitud en general: “lo verosímil, sin ser verdadero, sería el discurso que se asemeja al discurso que se asemeja a lo real”. Este doble juego es la imagen misma de la convención narrativa que proyecta técnicamente “La Fiesta del Chivo”. El lector no se engaña. Su asentimiento, tanto como su lucidez, son indispensables para la consumación ficcional. Solo a condición de ambos se establece el circuito novelesco. Todo retaceo, en el uno o en la otra, provoca un cortocircuito. Si el lector se engañara—dice con razón Vargas Llosa–, “su contemplación sería imperfecta: como el oyente ficticio, y en su lugar, contemplaría solo al hablante y al mundo narrado”, y no “toda” la situación comunicativa; y aun esto imperfectamente, pues su pertenencia a aquel mundo y a aquella situación ficticia perturbaría su contemplación con inquietudes relativas a la verdad de lo dicho y a la actitud que ante ello debe adoptar.

Lo que he llamado carácter imaginario de la novela, ha dicho Ortega y Gasset, “se hace patente si comparamos a esta con el género lírico. Gozamos del lírico milagro viéndolo emerger sobre el fondo de la realidad como el surtidor artificioso sobre el paisaje en torno. O dicho con otras palabras más sencillas: novelista es el hombre a quien, mientras escribe, le interesa su mundo imaginario más que ningún otro posible. Si no fuera así, si a él no le interesara, ¿cómo va a conseguir que nos interese a nosotros? Divino sonámbulo, el novelista tiene que contaminarnos con su fértil sonambulismo”.

Yo llamo novela histórica a la creación literaria que produce ese efecto estético al que alude Ortega y Gasset. Ese es el poder mágico, gigantesco, único, glorioso, de este soberano arte moderno. Y la novela que no sepa conseguirlo será una novela mala, cualquiera sean sus restantes virtudes. Sublime, benigno poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece con demoníacas transmigraciones.

Ninguna novela histórica o de testimonio, elige los límites de uno u otro de estos géneros y es por eso que no son tan solo reescrituras de memorias míticas, o de relato de situación histórica. Más bien, en sus construcciones deciden cruzar dos o más de esas formulaciones genéricas con intensificación de la ficción.

A ello se añade otro aspecto nada desdeñable: la validez o invalidez histórica de cierta imagen producida tiene una estrecha relación con la posibilidad de evaluar cómo gravita, o esa qué peso tiene en la lectura de un texto de ese tipo un determinado saber; en suma, si juzgamos que lo histórico es inválido quizás leemos el texto con cierta dosis de cuestionamiento; si, por el contrario, consideramos que lo histórico es válido tal vez la lectura se reduzca a la colaboración.

En “La Fiesta del Chivo” se plantea un nuevo problema sobre la noción de “referente de validez”, a saber: ¿qué relación de “verosimilitud crítica” crea la novela de Mario Vargas Llosa en torno a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo?


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